ANTES DEL SCROLL INFINITO Opinión

A veces nos olvidamos

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Vivo en un país que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede. Como si las reglas, los compromisos, las obligaciones y todo el paquete completo del deber ser fueran cosas de otros. Acá, en esta tierra larga al sur del Sur, las cosas las hacemos como nos salen y cuando podemos: somos una masa viva e inabarcable de millones de hombres y mujeres que pelean cada uno por sus propias cosas y con sus propias armas, y que muy de vez en cuando, escuchan al mismo tiempo el eco de algo que les sacude las emociones y los pone a mirar para el mismo lado. Y eso pasa, únicamente, si nos convoca la ilusión o si nos golpea la puerta la desgracia. El resto de los días —los grises, los de siempre, los parecidos, la mayoría— nos olvidamos de nosotros mismos y vamos de un lado a otro atomizados, boyando por la existencia, sin tener del todo claro qué tenemos en común con aquel que camina por la vereda de enfrente o con el que nos saluda desde más lejos.

Pero resulta que ahora el resto del planeta, Mundial mediante, quiere contarnos a nosotros mismos cuáles son las cosas que sabemos hacer bien y cuáles las que hacemos mal. Y cada vez que nos traen la cuenta, el saldo nos da negativo.

Que no sabemos perder.

Que somos tramposos.

Que somos ordinarios.

Que somos racistas.

Que nuestro país es el peor del planeta…

La lista sigue. El “ruido de las redes” o la inocencia de un tuit marcando la agenda de la vida real. ¿En qué momento nos olvidamos que lo pasa en las pantallas no es la realidad? Lo habíamos aprendido bastante bien a inicios del siglo con la televisión y con el cine, pero pareciera que no pudimos hacer el clic con las redes sociales, y todo lo que ocurre únicamente dentro del teléfono empieza a echar raíces en la vida real. Y entonces, sí, hay que salir a defender la bandera de nuestro pueblo contra un enemigo que nació inofensivo pero que automáticamente deja de serlo apenas trasciende el algoritmo y se instala en la discusión política, en la organización de los pueblos y en la felicidad y el sentido colectivo de la sociedad.

“Vivo en un país que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede”, decía al principio de este texto. Esa frase, quizás con alguna palabra cambiada, se la robé Pupi Soldi, mi primer amigo muerto. Yo tenía quince y el cincuenta, y nos cruzábamos todas las tardes en el club donde aprendí a fumar, a jugar a las cartas por plata, a hacer carambolas en el billar o mentir una falta envido para ver si podía ganar el partido. Él tomaba ginebra y recitaba verdades que nunca eran ciertas, pero como pasa con todo lo que está mal, algo de verdad arrastraba. “Cuidate siempre del que te señala, eh —repetía Pupi mientras se le deshilachaba el hígado, el páncreas y el tiempo— y cuidá siempre a los tuyos”. Yo escuchaba inocente y él repetía como si fuera un mantra. “Los hijos de puta están por todos lados; pero estos son nuestros hijos de puta. Y si vienen de otro club a hablar mal de los nuestros, primero los vamos a defender”. No entendía del todo qué decía, pero por las dudas lo memorizaba.

Ahora estoy más cerca de la edad de Pupi y entiendo un poco más. Fue en este país y no en otro a donde llegaron miles de barcos plagados de gente que se escapaba de las guerras y del hambre en busca de una vida en colores, de un abrigo a la existencia y de un refugio ante la tragedia. Y fuimos nosotros, este pueblo tantas veces sometido a la necesidad de ser explicado, los que les abrimos las puertas a todos los que llegaban. Fue acá, en esta tierra, donde hicimos de la amistad un culto por sobre todas las cosas. “Un amigo es uno mismo con otro cuero”, dijo alguna vez Atahualpa Yupanqui citando a un paisano suyo. Porque acá, en este país en donde casi todas las cosas nos salen mal, nos llegan tarde o nos cuestan más, nos gusta creer que a veces podemos ser felices porque sí, sin más. Por cosas que no importan, por cosas que no sirven.

Ahora, que parece que nos portamos peor que nunca, que caímos en la aberración de haberle mostrado al mundo los dientes de nuestras carcajadas rotas de alegría durante el Mundial, somos arrogantes, irrespetuosos, soberbios y no sé cuántas cosas más. El único goce permitido, parece, es y será siempre el de los dueños del mundo; el resto, debemos medir nuestra alegría.

Los treinta y nueve días de tregua que vivimos desde el primero al último de los días del Mundial fueron eso: una celebración de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de soñar despiertos, creyendo que puede que todavía quede algo mágico e inexplicable que nos invite a abrazarnos con los nuestros, aunque sea solo por un rato. Y como pasa siempre que el roto se ríe, alguien lo juzga, subido al pedestal de una supuesta moral nacida en su propio ADN. ¿Quiénes somos nosotros para venir a estar felices? ¿A propósito de qué vamos a alegrarnos? ¿Cómo nos damos el lujo de mirarnos las caras y estar contentos? ¿Qué festejamos?

La contracara de la felicidad es —y ha sido y siempre será— motivo de bronca de alguien. Dos caras de una misma moneda que nunca es nuestra: no somos dignos de sentirnos felices; no estamos habilitados para morirnos de la risa y saltar bajo la lluvia, el frío, el hambre o cualquier otra desgracia que nos pase cerca.

Pero nosotros sabemos caminar con eso sobre nuestras espaldas. Festejamos, entonces, también eso: saber que podemos ser felices cuando queramos. Que si de repente se nos antoja vamos a emborracharnos de felicidad y festejaremos las veces que queramos, sin tener que pedirle permiso a nadie. Y que en medio de la fiesta, si uno se cae otro lo va a levantar. Porque la felicidad existe cuando nos reímos todos. A veces nos olvidamos, sí. Pero no existen días más felices para esta patria que los que nos damos cuenta de quiénes somos y cuán felices podemos ser, incluso por cosas que no sirven para nada.

NM/MG