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Detrás del “renunciamiento” de Massa, una novedad en el PJ: la fuga de presidenciales

Sergio Massa renunció. O algo así. Lo hizo en un escenario donde juega de local, Diputados, pero en un momento particular: cuando, como ministro de Economía, defendió el presupuesto 2023. Enlazó, como si fueran piezas de un mismo engranaje, ese proyecto con su futuro político. “Siento que estoy dando mis últimas pisadas en mi vida política”, dijo.

La frase tiene una precuela: a poco de asumir, en una charla con ruralistas, Massa aseguró -según contó Carlos Achetoni, de la Federación Agraria- que no sería candidato en el 2023 y que dejaría pasar ese turno para pelear en el 2027. Con las semanas, enmendó ese pronóstico: a sus allegados, con menos eufemismos, les planteó que de su derrotero como ministro define si le queda resto, y a los Diputados, en condicional, directamente sugirió una retirada de la política.

Massa ha sido un multi candidato. Casi ininterrumpidamente, compitió durante las dos últimas. Entre el 2005 y el 2019, el actual ministro de Economía estuvo en las boletas de todas las elecciones. La mayor de las veces para diputado -2005, 2009, 2013, 2019-, algunas para intendente -2007, 2011-, en 2015 para Presidente y para senador, 2017.

Hay un argumento bondadoso, que es naif y a su vez hiperrealista. Cualquier movimiento que haga Massa se traduce en clave especulación. El ministro, un hombre que entró a la política de joven, que prácticamente no dio ningún paso en las últimas tres décadas que no sea pensando en eso, asume un doble condicionamiento: esta, la de ahora, en medio del caos de un gobierno tricéfalo y una crisis galopante, asoma como su última posibilidad.

Antes de eso, resultaba curioso ver el esfuerzo desmesurado de Massa por entrar a un gobierno que, en el diván, se autopercibe sin destino. Una frase de un dirigente de primera línea lo explicaba bien. “Sergio quiere entrar a un gobierno del que muchos se quieren ir”. Hay, a la distancia, una explicación siquiera parcial: el lento, o no tan lento, declive del FdT arrastraría a Massa a un pozo negro. Tomar un rol ejecutivo, como ministro plenipotenciario, un cuasi primer ministro, le daba la oportunidad de tratar de incidir sobre esa caída o, incluso, más chiquito, mostrar que por el tiempo que sea, su tarea tuvo algún efecto positivo.

Chances

Pero, a su vez, las chances de que esta posibilidad salga bien depende, en gran medida, de que no se advierta que todo lo que hace lo hace para si mismo. Es pedirle demasiado a Massa, y a cualquier dirigente, que sus acciones no contemplen sus propios beneficios. Con Massa, a quien Mauricio Macri gatilló con el apodo de “ventajita”, cuya historia registra zigzageos, esa demanda luce potenciada.

En estos días, a casi dos meses de asumir como ministro, aparecieron algunos datos que sugieren que el posicionamiento individual del tigrense mejoró. “Muy marginalmente”, aclara alguien que lo conoce y conoce el mundo de los sondeos agrietados. Un informe de la consultora YAP, You Are Public, sobre la conversación en redes sociales, registró una baja en la negatividad sobre Massa. No mucho. Massa, ejecutor de un modelo que genera tensión con el kirchnerismo, sigue hundido en la grieta: los sectores que ajenos que podrían coincidir con ese perfil, le recelan; los propios que no les gusta el rumbo, también.

Pero el renunciamiento de Massa, real o ficticio, refleja lo que pasa en el Frente de Todos (FdT) que de lo que le pasa al tigrense por la cabeza. Es una paradoja infrecuente en el peronismo en el poder: Massa renuncia a una candidatura que nunca lanzó, pero visibiliza un vacío novedoso en el mundo FdT donde hay un desierto de aspirantes presidenciales.

El que estaba, Alberto Fernández, se fue o lo fueron corriendo. La que el sistema K pide, Cristina Kirchner, no parece tener intención de ser candidata. ¿No es el peronismo un partido de poder donde todos se pelean por el poder y ser presidente? Ahora no ocurre: para encontrar un peronista que se declare candidato presidencial hay que mirar a Guillermo Moreno o a Sergio Berni, dos ex kirchneristas.

Podría mencionarse a Jorge “Coqui” Capitanich y a Eduardo “Wado” De Pedro pero los dos parecen con otros planes. Ocurre algo notable con Axel Kicillof: cada vez que le sugieren que podría ser candidato presidencial, se abraza a su tardía pertenencia bonaerense.

El “renunciamiento” de Massa, más allá del argumento de que debe sacar de escena su propio interés para tratar de que su plan funcione, encaja con esa estampida de postulantes. No hay indicio más claro, más público y visible, para leer la proyección electoral que hace el FdT sobre su propia suerte en el 2023 que esa desolación de candidatos presidenciales. Algo contrario ocurre en la oposición: hay, de mínima, cuatro anotados en JxC (Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Facundo Manes y María Eugenia Vidal) y la lista podría estirarse a seis con Mauricio Macri y Gerardo Morales.

“Si, por algún motivo, la cosa se ordena, Sergio (Massa) no va a tener que decir que quiere ser candidato, lo van a ir a buscar”, explica un entornista que, de todos modos, es muy pesimista sobre lo que puede pasar en los próximos meses. Ahí hay que leer si en los dichos del ministro en el Congreso estuvo contemplada la reacción posterior de Cristina Kirchner en Twitter que se tradujo como el primer alerta de la vice sobre el desempeño de Massa. Hay, como siempre, interpretaciones variadas: una indica que Cristina admite que, más allá del impacto en su propio sistema, la agenda masiva tiene que ver con la economía y que debe, si quiere empatizar, hablar de eso. Es decir: que su tuitazo no fue contra Massa sino para mostrar que está atenta a las demandas públicas que pasan, en esencia, por ahí.

Otra lectura teme que el hilo de tres tuits de la vice anticipen un malestar con Massa, lo cual invita a recordar lo que pasó en otros tiempos con los mensajes de la vice a Alberto Fernández y la escalada que terminó en un conflicto con Martín Guzmán. Si se trató de esto último, todo indica que Massa detectó señales de alguna hostilidad y, ante eso, buscó descomprimir y se corrió de una eventual carrera para el 2023.

PI

Sergio Massa renunció. O algo así. Lo hizo en un escenario donde juega de local, Diputados, pero en un momento particular: cuando, como ministro de Economía, defendió el presupuesto 2023. Enlazó, como si fueran piezas de un mismo engranaje, ese proyecto con su futuro político. “Siento que estoy dando mis últimas pisadas en mi vida política”, dijo.

La frase tiene una precuela: a poco de asumir, en una charla con ruralistas, Massa aseguró -según contó Carlos Achetoni, de la Federación Agraria- que no sería candidato en el 2023 y que dejaría pasar ese turno para pelear en el 2027. Con las semanas, enmendó ese pronóstico: a sus allegados, con menos eufemismos, les planteó que de su derrotero como ministro define si le queda resto, y a los Diputados, en condicional, directamente sugirió una retirada de la política.

Massa ha sido un multi candidato. Casi ininterrumpidamente, compitió durante las dos últimas. Entre el 2005 y el 2019, el actual ministro de Economía estuvo en las boletas de todas las elecciones. La mayor de las veces para diputado -2005, 2009, 2013, 2019-, algunas para intendente -2007, 2011-, en 2015 para Presidente y para senador, 2017.

Hay un argumento bondadoso, que es naif y a su vez hiperrealista. Cualquier movimiento que haga Massa se traduce en clave especulación. El ministro, un hombre que entró a la política de joven, que prácticamente no dio ningún paso en las últimas tres décadas que no sea pensando en eso, asume un doble condicionamiento: esta, la de ahora, en medio del caos de un gobierno tricéfalo y una crisis galopante, asoma como su última posibilidad.

Antes de eso, resultaba curioso ver el esfuerzo desmesurado de Massa por entrar a un gobierno que, en el diván, se autopercibe sin destino. Una frase de un dirigente de primera línea lo explicaba bien. “Sergio quiere entrar a un gobierno del que muchos se quieren ir”. Hay, a la distancia, una explicación siquiera parcial: el lento, o no tan lento, declive del FdT arrastraría a Massa a un pozo negro. Tomar un rol ejecutivo, como ministro plenipotenciario, un cuasi primer ministro, le daba la oportunidad de tratar de incidir sobre esa caída o, incluso, más chiquito, mostrar que por el tiempo que sea, su tarea tuvo algún efecto positivo.

Chances

Pero, a su vez, las chances de que esta posibilidad salga bien depende, en gran medida, de que no se advierta que todo lo que hace lo hace para si mismo. Es pedirle demasiado a Massa, y a cualquier dirigente, que sus acciones no contemplen sus propios beneficios. Con Massa, a quien Mauricio Macri gatilló con el apodo de “ventajita”, cuya historia registra zigzageos, esa demanda luce potenciada.

En estos días, a casi dos meses de asumir como ministro, aparecieron algunos datos que sugieren que el posicionamiento individual del tigrense mejoró. “Muy marginalmente”, aclara alguien que lo conoce y conoce el mundo de los sondeos agrietados. Un informe de la consultora YAP, You Are Public, sobre la conversación en redes sociales, registró una baja en la negatividad sobre Massa. No mucho. Massa, ejecutor de un modelo que genera tensión con el kirchnerismo, sigue hundido en la grieta: los sectores que ajenos que podrían coincidir con ese perfil, le recelan; los propios que no les gusta el rumbo, también.

Pero el renunciamiento de Massa, real o ficticio, refleja lo que pasa en el Frente de Todos (FdT) que de lo que le pasa al tigrense por la cabeza. Es una paradoja infrecuente en el peronismo en el poder: Massa renuncia a una candidatura que nunca lanzó, pero visibiliza un vacío novedoso en el mundo FdT donde hay un desierto de aspirantes presidenciales.

El que estaba, Alberto Fernández, se fue o lo fueron corriendo. La que el sistema K pide, Cristina Kirchner, no parece tener intención de ser candidata. ¿No es el peronismo un partido de poder donde todos se pelean por el poder y ser presidente? Ahora no ocurre: para encontrar un peronista que se declare candidato presidencial hay que mirar a Guillermo Moreno o a Sergio Berni, dos ex kirchneristas.

Podría mencionarse a Jorge “Coqui” Capitanich y a Eduardo “Wado” De Pedro pero los dos parecen con otros planes. Ocurre algo notable con Axel Kicillof: cada vez que le sugieren que podría ser candidato presidencial, se abraza a su tardía pertenencia bonaerense.

El “renunciamiento” de Massa, más allá del argumento de que debe sacar de escena su propio interés para tratar de que su plan funcione, encaja con esa estampida de postulantes. No hay indicio más claro, más público y visible, para leer la proyección electoral que hace el FdT sobre su propia suerte en el 2023 que esa desolación de candidatos presidenciales. Algo contrario ocurre en la oposición: hay, de mínima, cuatro anotados en JxC (Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Facundo Manes y María Eugenia Vidal) y la lista podría estirarse a seis con Mauricio Macri y Gerardo Morales.

“Si, por algún motivo, la cosa se ordena, Sergio (Massa) no va a tener que decir que quiere ser candidato, lo van a ir a buscar”, explica un entornista que, de todos modos, es muy pesimista sobre lo que puede pasar en los próximos meses. Ahí hay que leer si en los dichos del ministro en el Congreso estuvo contemplada la reacción posterior de Cristina Kirchner en Twitter que se tradujo como el primer alerta de la vice sobre el desempeño de Massa. Hay, como siempre, interpretaciones variadas: una indica que Cristina admite que, más allá del impacto en su propio sistema, la agenda masiva tiene que ver con la economía y que debe, si quiere empatizar, hablar de eso. Es decir: que su tuitazo no fue contra Massa sino para mostrar que está atenta a las demandas públicas que pasan, en esencia, por ahí.

Otra lectura teme que el hilo de tres tuits de la vice anticipen un malestar con Massa, lo cual invita a recordar lo que pasó en otros tiempos con los mensajes de la vice a Alberto Fernández y la escalada que terminó en un conflicto con Martín Guzmán. Si se trató de esto último, todo indica que Massa detectó señales de alguna hostilidad y, ante eso, buscó descomprimir y se corrió de una eventual carrera para el 2023.

PI

Sergio Massa renunció. O algo así. Lo hizo en un escenario donde juega de local, Diputados, pero en un momento particular: cuando, como ministro de Economía, defendió el presupuesto 2023. Enlazó, como si fueran piezas de un mismo engranaje, ese proyecto con su futuro político. “Siento que estoy dando mis últimas pisadas en mi vida política”, dijo.

La frase tiene una precuela: a poco de asumir, en una charla con ruralistas, Massa aseguró -según contó Carlos Achetoni, de la Federación Agraria- que no sería candidato en el 2023 y que dejaría pasar ese turno para pelear en el 2027. Con las semanas, enmendó ese pronóstico: a sus allegados, con menos eufemismos, les planteó que de su derrotero como ministro define si le queda resto, y a los Diputados, en condicional, directamente sugirió una retirada de la política.