La memoria y los juicios a la dictadura militar Testimonio

Escuchar a una madre pedir Justicia 46 años después

Rodolfo Ortíz

Rodolfo era hijo de Genara y Zacarías, dos paraguayos que llegaron a Argentina perseguidos en su país después de que el Partido Colorado se hiciera con el poder. Aquel período, durante el cual comenzó una persecución a los miembros del Partido Comunista paraguayo, fue el caldo de cultivo para la llegada al poder de Alfredo Stroessner, la dictadura más larga que tuvo América latina. Duró desde 1954 hasta 1989. Zacarías era un miembro activo del Partido Comunista. Después de pasar un tiempo en Salta, donde nació Hugo, su primer hijo, Zacarías y Genara se instalaron en Lanús ya que tenían conocidos y alguna posibilidad de trabajo. Rodolfo nació el 6 de septiembre de 1949 en el hospital Pedro Fiorito de Avellaneda. Mientras Zacarías hacía trabajos de plomería, Genara cosía y se ocupaba de la casa. Cinco años más tarde nació Marta, la menor de los tres hermanos.

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Cuando Rodolfo tenía cinco años Zacarías fue víctima de una golpiza de una patota policial, fueron tantos los golpes que recibió que poco después se complicó una lesión en sus pulmones y murió en el hospital vecinal de Lanús. Los motivos de la golpiza nunca quedaron del todo claros, pero se habló de sus vínculos con el PC como una de las razones. 

A partir de ese momento, a Genara se le hizo difícil mantener a sus tres hijos, así que decidió pedir ayuda al estado y la solución fue enviar a Rodolfo y a Hugo al Instituto Torcuato de Alvear, un colegio pupilo en General Rodríguez. Los fines de semana volvían a su casa de Lanús y en la semana convivían con otros pupilos y con chicos que tenían causas en la justicia. Marta, que era bebé, se quedó con su madre. 

Genara, a quien se la conocía como Chiquita, consiguió trabajo en una sastrería como pantalonera. 

En el legajo donde figuran los informes escolares, que hace unos años mi hermana pudo fotocopiar y luego guardó junto con las pocas cosas que tiene de su padre, dice que tenía una enorme predisposición para el dibujo. 

Ahí puede rastrearse la elección por estudiar arquitectura cuando terminó el secundario. 

Entre los cinco y los diecinueve vivió en el colegio, de donde se recibió de bachiller y técnico agropecuario. 

Cuando Rodolfo volvió del colegio, Chiquita vivía en un departamento de la calle Laprida y estaba en pareja con un hombre que se llamaba Roberto, que después se convirtió en su marido. Roberto era experto en telecomunicaciones, trabajaba en Entel y terminó colaborando con la SIDE interviniendo teléfonos. Años después, Chiquita le contó a mi mamá que Roberto no podía dormir de las cosas que había escuchado y visto cuando trabajaba para la SIDE. 

En el año 1969, Rodolfo entró a la facultad de arquitectura, con una beca otorgada por el Consejo del Menor y la Familia y consiguió trabajo en Proartel, en canal 13. Su labor consistía en controlar el cumplimiento de los minutos de publicidad en las repetidoras del interior. 

En la facultad conoció a Viviana, mi mamá, en el 71, en medio de las protestas cuando Lanusse declaró prescindible a la facultad de Arquitectura y a la de Filosofía. Mamá había nacido en Lanús, como él. Vivía con mis abuelos y con mi tío Fernando en una casa cerca de la estación de tren, en la calle O´higgins. Su hermano mayor, Rolando, ya se había casado y vivía cerca también. 

Mi abuelo era inspector de seguros y mi abuela cosía ropa. 

En medio de la efervescencia pos cordobazo, cuando los estudiantes y los sindicatos empezaron a trabajar en conjunto, los dos pasaron a formar parte del cuerpo de delegados de la facultad que funcionaba en la Universidad Tecnológica Nacional de la calle Medrano. De hecho algunas cátedras funcionaban ahí, porque la facultad estaba cerrada. Mi mamá era delegada de tercer año de una cátedra de diseño y Rodolfo era delegado de prensa de esa misma cátedra. En el verano del 72 ambos, cada uno por su lado, pidieron ingresar al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

Mi mamá pasó a formar parte de una célula en Arquitectura donde también estaba Rodolfo. Ella empezó su militancia en la facultad, pero la política era un tema en la casa de mis abuelos desde que era chica. Mi abuelo era socialista. Se hablaba en las comidas, con los mates. Antes de entrar al partido, mi mamá hacía vida nocturna en los bares de la calle Corrientes, donde se juntaba con sus amigos y amigas a tomar ginebra y hablar de cine, de música, de libros. Discusiones intelectuales hasta la madrugada. Rodolfo no era tan bohemio. Le gustaba mucho dibujar. En la casa de mi mamá se conservan unos cuadritos con caricaturas de los Beatles que él había hecho. A partir de su ingreso al partido los días de mi mamá eran ir a trabajar - daba clases en una escuela en Villa Jardín, en Lanús, cerca del riachuelo- después facultad y después acciones del partido. Para Rodolfo era igual, trabajo en Proartel, facultad, militancia.  

Empezaron a participar de acciones del PRT juntos. Una noche de febrero les tocó ir a pintar las fábricas que están entre el Riachuelo y el hospital Churruca, en la zona sur de la ciudad, entre los barrios de Barracas y Parque Patricios. 

Rodolfo y mamá hacían de campana, uno en cada esquina. La señal para que los que estaban pintando supieran que venía la policía era que se tenían que juntar como si fueran una pareja, abrazarse. Un patrullero dobló una esquina, ellos se juntaron y los demás compañeros y compañeras se dispersaron. En el camino a una de las chicas, Nora, la detuvo ese patrullero. En un principio pensaron en llevarla por lo peligroso de la zona, las fábricas cerradas, las calles adoquinadas, las bocacalles a oscuras no eran lugar para una chica que parecía no pertenecer a ese universo. Ella les explicó que se tomó un colectivo equivocado y que estaba perdida y los policías ofrecieron alcanzarla hasta un lugar más iluminado. Cuando subió al patrullero se golpearon los aerosoles que guardaba en el morral. Ahí descubrieron que estaba pintando, y también vieron las pintadas en las paredes de las fábricas: la estrella roja de cinco puntas, las siglas del PRT. Se la llevaron detenida. Rodolfo y mi mamá la vieron subirse al auto. De forma inmediata le avisaron al responsable del equipo que a las tres de la mañana habían detenido a Nora. Mi mamá y Rodolfo sabían que se llamaba Nora porque eran compañeros de facultad, si no no hubieran sabido el nombre real. Mamá, para el partido, era Flavi. Rodolfo era el Pingui. Más tarde los dos pasarían a ser Mirta y Horacio, o Raúl. Muchas identidades. 

El responsable les dijo que no podían volver a sus casas, porque no sabían que iba a decir Nora en la comisaría. El partido les iba a conseguir la casa de un colaborador para quedarse. La familia de mi mamá, mis abuelos, y mis tíos, estaban en Necochea de vacaciones. Entonces mamá y Rodolfo fueron juntos a avisarle a la familia de Rodolfo que él no podía volver ahí. Ya no vivían en Laprida si no en Las Heras y Pueyrredón. Esa fue la primera vez que mamá vió a Chiquita y a Marta, la hermana menor de Rodolfo. Recuerda la fecha con precisión. 26 de febrero del 72. 

El lugar de reunión con la gente del partido era en plaza Las Heras. Ahí, sentados en los incómodos bancos de la plaza, entre los árboles que daban sombra y no dejaban pasar la luz del alumbrado público, mientras esperaban a que les digan qué hacer, empezaron su relación.  

Finalmente fueron a parar a un departamento en San Telmo, de un arquitecto colaborador del Partido. Además les dijeron que tenían que ir a la casa de Nora a avisarle a la familia que se la habían llevado llevaron presa. Los atendió la hermana, porque los padres de Nora estaban de vacaciones. La hermana les dijo que tenían que contarle al tío, que era militar. El tío les dijo que ellos eran los responsables y que entonces los iba a meter presos. Rodolfo y mamá se escaparon, en la cita con el partido contaron esto y el partido les dijo que tenían que cambiar su fisonomía. Rodolfo se cortó el pelo que le llegaba a los hombros y se afeitó. Mamá también se cortó el pelo y se hizo la permanente. 

Cuando mis abuelos volvieron de Necochea les contó que estaba saliendo con Rodolfo. Tenían 22 años. 

La casa de Rodolfo de Las Heras y Pueyrredón se convirtió en lugar de reuniones del partido. Chiquita se casó con Roberto y se fue a vivir a otro departamento y los tres hermanos se quedaron ahí. Hugo, el hermano mayor de Rodolfo, también empezó a militar en el partido.

Rodolfo y mi mamá decidieron irse a vivir juntos. Mamá reconstruye la escena en la que se lo contó a mi abuela, que estaba sentada lavando la bañera. Según mamá, cuando le explicó a mi abuela que no iban a casarse se le cayó el alma dentro de la bañera. Esa noche le contó a Rodolfo lo que pasó con mi abuela y él le dijo casémonos entonces. La frase de mi abuelo fue ¿estás segura de que es lo que querés hacer? Si es así, sabés que yo estoy acá para lo que necesites. 

Consiguieron fecha en el registro civil para el 10 de abril. A menos de dos meses de iniciada la relación. 

No iba a haber luna de miel, porque eso era para la burguesía, en palabras de mi madre. 

Empezaron a buscar ropa, mi abuela le hizo un vestido que todavía permanece en la familia, guardado en un baúl al cuidado de mi hermana Fernanda en Alemania. 

El Negro iba de azul y celeste. Un pantalón y una chomba. Hugo y mi abuela fueron los testigos. 

La familia de Rodolfo y la mía se conocieron ese día. 

Después de la ceremonia fueron a almorzar a Negro el 34, un carrito de la costanera. 

Al terminar el almuerzo, mamá se fue a la facultad a inscribirse y Rodolfo a terminar los trámites para alquilar una casa. Pasaron la noche de bodas en un hotel alojamiento en Recoleta. La descripción de mamá incluye columnas doradas y señoriales. 

Al otro día alquilaron un chalet en Lanús oeste, cerca de la esquina de las calles Tuyutí y Catamarca. 

Ahí se mudaron con dos compañeras del partido. La polaca y Rita. También con el polaco, pareja de la polaca, que era del ERP. 

El responsable de esa casa seguía siendo el mono Castrogiovanni. Las reuniones políticas y de formación eran en la casa. 

Tenían bien delimitado quién hacía qué cosa. Uno cocinaba, otro lavaba la ropa, otra los platos, otra limpiaba el fondo.. Mi mamá trabajaba de maestra y Rodolfo seguía en Proartel. No tenían heladera porque no tenían plata para comprar una, entonces dejaban en el patio una palangana con agua y a la noche se enfriaba y ponían la manteca y las cosas que necesitaban frío. Lavaban la ropa a mano. Todas las noches lavaban la ropa de Rodolfo, que tenía solo una camisa y un pantalón para ir a trabajar. Tenían una caja donde ponían sus sueldos, los cinco. El diez por ciento era el aporte al partido. Después sacaban la plata que necesitaban para viajar y moverse. Después los gastos. Y después, lo que quedaba lo iban usando a medida que lo necesitaban. 

En la facultad, Rodolfo se convirtió en el referente del Partido. 

En septiembre del 72 mi mamá quedó embarazada de mi hermana Mariana. 

El día del nacimiento, 10 de junio del 73, mi mamá se fue a lo de mi abuela, Rodolfo tenía que hacer unas actividades relacionadas con el Partido. Cuando vieron que ya estaba para ir a la clínica mi abuelo lo fue a buscar y Rodolfo llegó justo antes del nacimiento de mi hermana. 

Al poco tiempo empezaron a notar movimientos raros alrededor de la casa. El Polaco decía que los vigilaban y tenían que irse. Rodolfo y mi mamá se mudaron a Villa Jardín, cerca de la escuela donde ella era docente. Una casilla de un solo ambiente y sin baño que ellos arreglaron, a la que le pusieron cortinas, improvisaron una ducha en una esquina de la cocina, le cambiaron una ventana. Mi mamá se convirtió en la responsable legal del frente dentro de la facultad. Iba a todos lados con mi hermana a upa. A las reuniones, a las citas. Cuando volvían de noche a la villa, la policía bonaerense largaba los perros por los pasillos. Volver de noche se había puesto difícil. A principios del 74 se mudaron de nuevo. Se instalaron en un departamento que había detrás de la casa de mis abuelos. 

Era un momento en que el Partido decidió que sus militantes estaban demasiado aburguesados y los mandó a trabajar a fábricas. Rodolfo dejó Proartel y empezó a trabajar en Marby, una metalúrgica sobre la calle Vélez Sarsfield. Mi mamá fue a una fábrica textil, a ser pantalonera.

Los dos salían a las cinco de la mañana, antes dejaban a mi hermana en la casa de adelante, con mi abuela Sofía.

Mamá duró poco en la fábrica. A la tercera vez que la encargada le descosió un dobladillo para decirle que así no era ella la insultó y se fue. 

En cambio Rodolfo aguantaba en Marby, era tan bien predispuesto que querían hacerlo capataz. En febrero mi mamá quedó embarazada de mi hermana Fernanda. El partido ya le había encargado a Rodolfo hacerse cargo de formar a la Juventud a nivel nacional, entonces los cambiaron de frente. Mamá siguió en el universitario y Rodolfo pasó a Juventud. En palabras de ella, eso fue algo devastador. No podían hablar de sus actividades, no podían compartir información. Rodolfo empezó a viajar al interior. Mamá sentía que el Partido decía una cosa en referencia a la crianza de los hijos y hacía otra. Supuestamente los hijos debían ser atendidos entre todos pero la única que se hacía cargo de mi hermana en las reuniones o las actividades era ella. Y al enfrentarse al responsable de Capital, que era su responsable, perdió. Le quitaron responsabilidades y dejó de ser la encargada del frente legal. En eso pensaban distinto. Rodolfo le dijo en ese momento que las discusiones había que darlas desde adentro, que nadie podía aprender si las discusiones las daban afuera. Mamá reconoce que era tal el enojo que tenía que no le interesaba dar la discusión dentro, solo quería darla. 

Mi hermana Fernanda nació en noviembre del 74, y ya con dos hijas tan chicas se le hizo difícil, y las diferencias con el partido se profundizaron. Casi no se veían con Rodolfo, él viajaba mucho y tenían cotidianidades muy distintas. Mamá no sabía que él era el encargado nacional de la formación de la juventud, de eso se enteró bastante después. Su relación empezó a sufrir. Para el verano del 75 estaban separados de hecho, a pesar de que Rodolfo volvía a la casa y se llevaba a mis hermanas a reuniones o a salir con él. Mi mamá lo describe como una persona muy generosa, cuenta la anécdota de la vez que el mismo día que cobró entregó su sueldo entero porque un compañero tenía que alquilar una casa. También dice que se reía mucho y que era muy tranquilo. ¿Cuál fue el primer momento de quiebre entre ellos? A los pocos días de nacida mi hermana Rodolfo tuvo que irse, había postergado un viaje para poder estar en el nacimiento. Mi hermana se deshidrató y casi tienen que internarla. Mi mamá se vio a sí misma sola, con mi abuela, dándole un gotero de agua al costado de la cuna cada diez minutos. Ese momento sin él ahí fue demasiado. Así que en ese verano decidieron que estaban separados. 

En marzo del 75 volvieron a ponerse como meta equilibrar un poco los tiempos a ver si podían compatibilizar su relación y la militancia. Durante dos meses intentaron sobrellevar ese vínculo con los viajes, las cenas con mis abuelos y las salidas. En mayo se acercaba el cumpleaños de un tío de mi mamá, mi tío abuelo Jaime. Un evento familiar importante. Y Rodolfo no pudo ir. Mamá toma ese momento como un punto de inflexión. 

Según mamá Rodolfo estaba preocupado por su hermana menor, Marta, que estaba sola con su hija recién nacida porque su compañero se había ido al monte tucumano. 

En junio del 75 fueron juntos a un congreso en el interior y después de eso mamá dejó de militar en el partido y prácticamente ya no convivió más con Rodolfo. 

Rodolfo se perdió el primer cumpleaños de mi hermana Fernanda. Cuando mamá lo cuenta se le anuda la voz, dice que en el momento no se lo perdonó y que después no tuvo tiempo de perdonarlo. A ese cumpleaños sí fueron su hermana Marta y la mujer del hermano, ambas con sus hijos. 

En diciembre Marta se presentó en la casa de mi mamá y le dijo que tenía que ir a hacer una actividad importante. Le dejó a su hija y le dijo que si a ella le pasaba algo quería que la nena se quedara con ella. El 23 de diciembre ocurrió el copamiento del batallón de Viejobueno, en Monte Chingolo, en Lanús. El evento salió en todas las noticias. El ataque al batallón por parte del ERP fue un intento de hacerse con las armas que se guardaban ahí, para contrarrestar el golpe de estado que sabían estaba en ciernes. 

Cuando vieron la noticia, mi mamá y mi abuela se dieron cuenta de que esa era la actividad que había ido a hacer Marta. El 24 a la mañana apareció Marta para llevarse a su hija. Hablaron poco, estaba afectada, sucia, confundida. Rodolfo fue muy crítico de esa actividad. 

Esa navidad fue la última que pasaron juntos. Rodolfo estaba triste. Mamá también. Las cosas estaban mal. 

Una amiga la invitó a pasar un fin de semana a Coronel Juárez, y como se le complicaba ir sola con mis hermanas decidieron que ella se iba con Mariana y que Rodolfo se quedaba con Fernanda. Como él tenía cosas que hacer mi hermana se quedó con mi abuela. Ese domingo mi abuela se llevó a mi hermana a una quinta familiar en Alejandro Korn. Rodolfo llegó ese domingo y se encontró con la casa vacía. Se preocupó. Mi abuela le había dejado una nota en la que le decía que no se fuera, que ella volvía con mi hermana y que además quería hablar con él. Rodolfo escribió una nota a mi mamá en la que le contaba esto. En la nota dice que por primera vez siente que esa no es su casa. Mamá conserva esa nota todavía y dice que no sabe que habló mi abuela con él. Ninguno de los dos le contó. 

En febrero llegó el cumpleaños de mamá, Rodolfo estuvo ahí con ellas. Le regaló un libro con unos dibujos hechos por mis hermanas. Los dos sentían que no podían avanzar en su vida si no definían su situación. Así que otra vez intentaron estar juntos. Rodolfo empezó a ir a dormir una vez por semana. 

El 23 de marzo de 1976 es el último día que estuvieron juntos. Rodolfo le contó que tenía una actividad y que podría llevarse a mis hermanas con él, que iba a haber niños donde iba. Mi mamá le preguntó si las traía al día siguiente y él dijo que no, que eran varios días entonces mi mamá se negó. No quería estar sin mis hermanas varios días sin saber dónde iban. Rodolfo no podía decirle dónde ni qué iba a hacer. Antes de irse, Rodolfo le dijo que él iba a plantear la cuestión de que el partido había hecho mal en separarlos de frente, que eso les había hecho daño, y que creía que iban a poder trabajar en equilibrar la situación. Le dijo que iba a llamar el jueves, o quizás el sábado. Aquel martes durmió en la casa de su madre, Chiquita. El miércoles fue el golpe de estado. El jueves no llamó, el sábado tampoco. 

Mamá miró los diarios, no encontraba una noticia con la que relacionar el silencio de Rodolfo. El 29 de marzo a la noche sonó el teléfono. 

  • ¿Acá vive la esposa de Rodolfo Ortiz?
  • Sí, soy yo. 
  • Quería avisarte que el Negro cayó.

Unos días antes del golpe dos parejas alquilaron una quinta en Moreno llamada La Pastoril. En aquella quinta iba a realizarse una reunión del comité central del partido. Cuando se produjo el golpe, las parejas que habían alquilado la quinta dijeron levantamos la reunión, pero el comité decidió hacerla igual. A lo largo de los días fueron entrando de a grupos pequeños. Una vez que entraban a la quinta no tenían más acceso a teléfonos. Hicieron vida de quinta unos días, jugaron a la pelota, tomaban mate en ronda. Había niños. Sergio de siete años, Ximena Villarreal que tenía cuatro, el nene de los Viale Ferreyra que tenía dos, y una bebé de meses. La quinta tenía dos manzanas. Una entrada por la calle Monsegur y una salida detrás a otra calle de tierra. Además estaba la casa del casero. 

El lunes 29 de marzo después del mediodía, un policía de la zona se acercó hasta la casa del casero y le dijo a la mujer que se fueran, que iba a haber disparos. La mujer del casero se fue a lo de una vecina. 

Momentos después, un grupo de gente de civil con armas largas se acercó por una tranquera lateral.  

Cuando entraron al terreno en la casa estaban de sobremesa, algunos dormían la siesta, en la terraza estaban los que hacían guardia. Uno de los sobrevivientes contó que los primeros balazos dieron en la puerta de la cocina e hicieron saltar la pintura. Tardaron en reaccionar y cuando lo hicieron ya tenían encima al ejército y a la policía. 

El bureau, los cuadros políticos más importantes del Partido, salió primero apoyado por un equipo de seguridad. Los que pudieron escaparon por atrás. 

En la quinta murieron cuatro personas. Tres escaparon en un auto con Sergio, el niño de siete años. Los persiguieron. Se entregaron. Los fusilaron. 

El niño quedó a cargo del comisario. 

A cinco se los llevaron vivos. Rodolfo Ortiz,  Leonor Herrera,  Juan del Gesso, Villarreal y  un uruguayo del que nadie recuerda el nombre. Con ellos había dos niñas, que quedaron con el ejército. A los muertos los enterraron como NN en el cementerio de Moreno. 

Villarreal y el uruguayo fueron a parar a Villa Martelli. 

Rodolfo, Leonor y Juan fueron a parar al centro clandestino conocido como Puente 12. Rodolfo estuvo cuarenta y cinco días soportando las torturas hasta que el 12 de mayo le metieron dos balazos y dejaron su cuerpo sin vida en una esquina de Bernal, junto a los cadáveres de dos hermanas. Esos tres cuerpos fueron enterrados como NN en el cementerio de Avellaneda. Durante muchos años no supimos esta historia. Mi mamá pensaba que Rodolfo había muerto en la quinta y había sido enterrado en Moreno, como los otros.

En diciembre del año 1998, el Equipo Argentino de Antropología Forense llamó por teléfono a la casa de mi mamá. Mi hermana Fernanda se había ido a vivir a Alemania unos meses antes detrás de una carrera como bailarina contemporánea, mi hermana Mariana vivía en el Chaco dirigiendo una compañía teatral y dando clases, mi abuelo materno había fallecido hacía unos días víctima de un cáncer de colon. Mamá atendió el llamado, la escuché decir bueno, salgo para allá y despues entró a la cocina donde yo estaba con amigos para decirme que habían averiguado algo del Negro. Así nos enteramos del calvario sufrido por Rodolfo en Puente 12. En el año 2006, y después de que les extrajeran sangre a mis hermanas, se identificó el cuerpo. Cuatro años más tarde, y en mi ausencia, pudieron hacer un funeral y esparcir sus cenizas en el río, frente a la facultad de Arquitectura, donde mamá y Rodolfo se habían conocido y habían comenzado su lucha política. 

Hoy, a 46 años, durante el juicio tenemos que escuchar a los abogados defensores decir que los familiares no son víctimas, que lo que sucedió fue en el marco de una guerra y que Rodolfo y sus compañeros y compañeras eran terroristas y asesinos. Mientras mi mamá declaraba nos sentamos detrás de ella con mi hermana Mariana para formar una especie de muro, para que los comentarios y las miradas del único abogado defensor presente en la sala no le lleguen, no le hagan más mella de la que ya le hizo la historia. 

Aún esperamos que el juicio termine para poder saber si esas personas que secuestraron, torturaron y mataron, van a recibir una condena. Aunque no alcance, aunque no haya reparación que valga, aunque la Justicia después de tanto tiempo deje de ser Justicia. 

FPL

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