Entrevista

José Luis Manzano: “Lo que se haga en materia de tarifas será una decisión del gobierno”

Es un mito ingobernable con los genes del PJ. Dejó la po­lítica hace más de un cuarto de siglo, pero sigue en el poder. Es la expresión más alta de una generación ambiciosa que se agotó rápido en la primera línea de fuego de la frustración democrática y se recicló después en el mundo de los negocios. José Luis Manzano carga con un nombre que lo invalida para asomar la cabeza en el living de la moral televisada, pero le permite estar detrás de cáma­ra, encima del tablero de control donde se toman las decisiones. Peronista, como se sigue diciendo, conoce a Cristina Fernández de Kirchner desde la década del noventa y apuesta por un período largo de gobierno para Alberto Fernández, sin dejar de apañar nunca el proyecto prematuro de Sergio Massa (...).

A fines de 2020, justo en el Día de los Inocentes, Manzano sor­prendió con una jugada de altísimo voltaje. En plena discusión por un aumento de tarifas que el gobierno buscaba dosificar al máximo en el año electoral, se quedó con Edenor, la distribuidora eléctrica más grande de la Argentina, en una operación que enseguida se hizo acreedora de cuestionamientos y sospechas. Le compró la com­pañía a Marcelo Mindlin, uno de los empresarios más poderosos del país. Junto con Daniel Vila, el exministro de Interior de Carlos Menem armó un consorcio que contó con la participación de Mauricio Filiberti y de Global Income Fund Limited, un fondo constituido en Bahamas en 2018 que tiene como titular al ex Bank of America Ricardo Beroiza Contreras, un ingeniero chileno que ya era socio suyo en la distribuidora de luz de Mendoza (...).

En el tiempo quedó su sociedad inicial con el rabioso cubano anticastrista Jorge Mas Canosa. Hoy sus relaciones son múltiples, y así como está ligado a fondos de inversión estadou­nidenses, también oficia de lazarillo de los chinos.

Antes de que el covid­19 se extendiera en los cincos continen­tes, Manzano vivía arriba de los aviones. Un día en Ginebra, otro en Nueva York, otro en Londres y otro en Buenos Aires, lograr el contacto pleno con él era casi un milagro. Aparecía de a ratos con respuestas fugaces y volvía después al plano de lo inasible, donde se acostumbró a vivir de manera más que redituable (...).

–Mientras hay empresas extranjeras se van del país, usted y sus socios deciden invertir. ¿Por qué decidió comprar Edenor? ¿Piensa que es un buen momento para invertir en la Argentina o el precio de la empresa es el que justificaba la operación?

–Siempre es un buen momento para invertir en la Argentina, esta­mos en el sector energético hace catorce años y esta es una buena oportunidad de crecimiento. Creemos en la Argentina.

–¿Cuál es la apuesta del grupo en energía?

–Tenemos inversiones en petróleo y gas, generación y distribución eléctrica, distribución de gas, litio y uranio.

–Usted es un empresario del peronismo que apoya al gobierno. Conoce a Cristina, a Massa y a los dirigentes de La Cámpora. Muchos críticos de la operación dicen que hubo impulso del gobierno para que se concretara. ¿Qué responde?

–Que no hubo ninguna intervención política. Me llamó Marcelo Mindlin directamente. Al gobierno le informamos cuando ya estaba cerrada la operación. 

–¿Cuál es su expectativa en cuanto al aumento de tarifas que demandan las distribuidoras? ¿Las distribuidoras necesitan un aumento importante en 2021 o se acostumbraron a financiarse con la deuda que mantienen con la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa)?

-Hay que trabajar con el regulador con conciencia de que los ho­gares humildes y las pymes están padeciendo aún con la pande­mia. Lo que se haga en materia de tarifas será una decisión del gobierno. Nosotros vamos a entregar la información técnica que se nos solicite pero la decisión es del gobierno, que balanceará el mantenimiento del servicio y cuidar la economía de los hogares y de las pymes.

–¿En qué se diferencia el gobierno de los Fernández de ensayos anteriores del peronismo en el poder?

–Acá hay una construcción de unidad previa, de unidad en la di­versidad. Es una coalición del peronismo, algunos sectores de iz­quierda y sectores productivos. Hay una unidad del peronismo para llegar al gobierno y con una idea de qué hacer. (...) Es una coalición peronista de centroizquierda, muy distante, en las antípodas, del gobierno de Macri.

–Con Macri enfrente, ¿el peronismo estaba obligado a construir una alternativa de centroizquierda, como usted dice?

–No, yo creo que eso fue por la situación social. Si no se hubie­ra construido una coalición de centroizquierda que expresara las demandas de la gente, el corte hubiera sido horizontal. Se iba el sistema político para un lado y la gente para el otro. Acá la gente se vinculó al sistema político porque hubo una alternativa que decía “vamos a defender lo tuyo”, y la gente confió. Todo el mundo se está cortando horizontal. Acá hay brecha, pero una brecha vertical. Los de muy abajo miran a la cabeza del Estado y se sienten representa­dos. Es un milagro de la ciencia política.

–Más con el antecedente de 2001.

–Claro, pero acá es la cohesión de la base social que está expresada en esta coalición, que son el grueso de los trabajadores asalariados, desocupados, gente de la economía informal, pymes y los industriales nacionales excluidos del modelo financiero de Macri: todos esos miran al Estado esperando liderazgo. Es una reconstrucción que parece de hace cuarenta o cincuenta años. A eso te llevaron los cuatro años de Macri. Si los cuatro años de Macri no hubieran sido tan desastrosos, al­guien hubiera pensado en una coalición más de estilo socialdemócrata, mirando la experiencia de Pedro Sánchez o de Portugal. Acá, puro y duro: asalariados, desocupados, pobres, y después, bueno, la capacidad en eso más de Cristina de atraer la diversidad del movimiento feminista, el movimiento LGTB, porque el gobierno anterior era muy excluyente.

–¿Cree que hubiera habido una chance para el peronismo prolijo sin ese fracaso de Macri?

–Claro, hubiera habido una chance para el peronismo del medio. Pero cuando el problema es el hambre, la desocupación y el riesgo de fractura social, lo prioritario no es la prolijidad o la construcción de la socialdemocracia. Es poner pan en la mes (...) Pensá que en otros países salen a romper vidrieras y a putear. El sistema político, la capacidad de contener que ha expresado, es impresionante. Los que estuvimos en el 83 deberíamos sentirnos orgullosos. Todo lo canalizó la políti­ca, el 80% de la gente fue a votar.

–Suele decirse que el macrismo y el kirchnerismo son los hijos políticos de 2001.

–Yo no sé si el kirchnerismo es eso. El peronismo siempre ha tenido un componente fuerte de centroizquierda. La nueva situación demográfi­ca y el fracaso económico, el hecho de que cada vez hay más pobres y la exclusión golpea más en los jóvenes y los niños… todo eso es la base social para un peronismo de centroizquierda, muy mirando las necesi­dades de la gente. No es que el peronismo se fue para atrás. El país se fue para atrás. 

–Se dice que es la primera vez que llega el peronismo al poder con la bomba a punto de estallar. A diferencia de cómo llegó Duhalde o cómo llegó Menem.

–La bomba estalló. Yo creo que lo malo de un sistema con eleccio­nes tan abiertas fue lo bueno. Que hubiera tantos meses electorales mantuvo la expectativa sobre la elección. Perdimos 28 000 millones de dólares de reservas, tuvo costo…

–Se las gastó Macri.

–Se las gastó Macri y el país las perdió. Pero la atención y la expec­tativa de cambio se fueron sobre la política. Con esos niveles de desocupación y pobreza, tendríamos que haber tenido lo de Chile y Ecuador. No tuvimos lo de Chile y Ecuador porque el clima electo­ral empezó temprano, al principio del año. Todo 2019 la gente fue mordiendo el freno a esperar la elección, y el acto catártico fue la elección, ganar en primera vuelta.

–En 2015, lo entrevisté para el libro sobre Massa y usted me dijo: “La jugadora más importante no está en la cancha en estas elecciones”.

–Sin ella, no se hubiera podido hacer esta unidad porque ella era la que tenía más votos. Es una coalición en la que quien más votos tenía dio un paso atrás para permitir que se forme la coalición (...) Sin ella, era imposible (...) Ella ha mostrado una capacidad de sorprender única.

–Todo el mundo esperaba que fuera candidata y hacía planes a partir de esa certeza.

–O si no era candidata, que fuera Axel. Tenía lógica que fuera Axel. Era una candidatura natural. La performance de la provincia de Buenos Aires mostró que le entraban todos los votos de la coa­lición y más. Alberto, la tracción de Sergio, el abrir la puerta a to­dos los gobernadores, un proceso de construcción de coalición en meses impresionante.

–Cristina demostró una destreza como conductora desde la oposición que no tuvo desde el poder.

–Y bueno… ahora hay un desafío: si Alberto apuesta, con la ayuda de Cristina, a ampliar la coalición, o si la coalición para llegar es su­ficiente y se mantienen todos los vagones del tren, o si se pierden al­gunos vagones. Yo creo que hay que ampliarla y hay que consolidar una política para la región centro. La coalición de gobierno tiene una debilidad en la región centro.

–Ampliar a lo que representan, por ejemplo, Schiaretti y Perotti en Córdoba y Santa Fe.

–Es una política para esas sociedades, que Schiaretti y Perotti inter­pretan localmente muy bien, pero que las políticas nacionales no han podido contener. Igual es con Mendoza, igual es con las clases medias urbanas de Capital. Pasada la emergencia, si no hubo default y el país está funcionando, habrá que decir “bueno, vamos a ampliar la coalición con esa gente, vamos a tratar de agregarle un 8%, un 10% más de argentinos que por algún motivo no estamos pudiendo contener”, o “vamos a consolidar lo nuestro y dividir la oposición”. Durán Barba recomendaría lo segundo, a mí me gusta más lo prime­ro. ¿Qué es lo que van a hacer? No sé.

–¿Qué pasa con una sociedad política como esta que se acaba de constituir? ¿Cómo pueden convivir?

–Primero, se deben respetar mucho, porque él cuando tuvo disiden­cias las dijo muy fuerte y después se han abuenado. Si hay alguien que no se come la del títere es Cristina. Y si hay alguien que no se va a pelear con Cristina es Alberto. La vas a ver durante muchos años a esa sociedad política porque además se ha consagrado con el éxito. Creo que va a ser muy estable.

–Pese a las diferencias fuertes que tuvieron.

–Siempre ha sido sobre táctica política, sobre la amplitud de la coa­lición, sobre cómo relacionarse con los sectores. Me imagino que en eso todos los argentinos deben haber aprendido. Que Alberto y Cristina han aprendido, está claro. Si no, no hubieran ganado la elección como la ganaron.

–¿Pueden convivir dos liderazgos?

–Son dos cosas distintas. Alberto tiene el liderazgo del Estado y la jefatura del Estado. Cristina tiene un vínculo con la mayoría de los votantes que no es de naturaleza política: es un vínculo de confianza personal. Le tienen depositada su confianza porque saben que los cuida. Mirá lo que te estoy diciendo: esos no son el 48% que votó, pero debe ser el 80% de ese 48%. Esos que le confían no tienen motivo para no depositar en Alberto un liderazgo. ¿Quién va a ser Perón? ¿Cristina o Alberto? ¡No hace falta Perón! Han pasado seten­ta años (...).

–Pero él tiene que construir una relación con esa base social de Cristina, que es prestada.

–La tiene, la tiene, mirá la encuesta. No es prestada. Le han abier­to la confianza y por eso el gobierno mira tanto a los sectores más humildes. En eso yo veo en Alberto, Cristina, Axel, Sergio Massa y Máximo una claridad sobre el origen del mandato. Tienen claro el mandato.

–¿Cuál es?

–El origen del mandato es mucha gente que se sintió excluida, mu­cha gente que sintió que en el rumbo que había iba a ser excluida, mucha gente que sintió que no llegaba a mañana. Clase media em­pobrecida, pobres que se iban a la marginalidad, marginales que no tenían cómo sobrevivir, pymes que quebraban o se tenían que ir al negro. Y una cosa discursiva muy estridente: si vos te ponés a ver la cantidad de páginas en color que se imprimieron con fotos de la realeza europea y el matrimonio presidencial, es muy difícil que la gente se sienta atraída por eso. La gente tiene instinto, se siente excluida inmediatamente. Dice “acá no hay lugar para mí”. Yo creo que Cristina, intuitivamente, cuando salió del gobierno se refugió sobre eso, y que ese cuarteto del que te hablé tiene mucha claridad de que el mandato es ese. Todas las primeras medidas fueron para ese lado. Es restaurar. Es parecido al mandato médico: primero cui­dar, acompañar siempre y, si se puede, sanar. Vos mientras el médico te cuide y te acompañe, no cambiás de médico. No le exigís que te sane. El gobierno está mirando todo el día a su base electoral, a los que lo votaron. Después hay que ver cómo articular eso con el resto de los argentinos y cómo ampliamos esta coalición. Pero la emer­gencia es esa gente.

–¿Cuál fue la principal virtud de Cristina durante los cuatro años de Macri?

–Hay de distinto tipo. En lo político, cómo se mantuvo en la relación con su base y su amplitud para construir una coalición tan amplia sin ser ella la candidata cuando podría haber sido. En lo personal, el estoicismo. No bajó un día, y en un contexto muy adverso en la co­municación, muy adverso en lo judicial y muy adverso en lo familiar, porque la hija no estaba bien. El estoicismo, la dureza de esa mujer.

–¿Qué pasó en esos cuatro años en Comodoro Py?

–Debe haber pasado de todo. Debe haber habido actividad judicial genuina, pero mucha intervención y manipulación desde la UIF y el Poder Ejecutivo, todo el tiempo. Y de la Jefatura de Gabinete, todo el tiempo. Nosotros en nuestra actividad empresarial lo vivíamos, imaginate a los políticos lo que les deben haber hecho. Mucho, mu­cho. Nunca vi tanto.

–¿No había también un sector del peronismo que la atacaba a Cristina desde Comodoro Py?

–No [se ríe]. Si alguien mira los teléfonos, va a ver de dónde salían los llamados.

–Quedó Bonadio como el emblema de ese peronismo.

–Sí, pero que alguien mire los teléfonos. Es fácil en esta época saber las reuniones con el Google Maps, esas cuestiones. No. Había un comando central y unidades de ejecución. La unidad de ejecución era la UIF y el comando central, vos sos periodista, averiguá dónde estaba, pero era central.

–Hablo del peronismo de Pichetto, Massa, Fepesna –la fundación del PJ no kirchnerista con llegada a Comodoro Py–, donde lo mencionaban también a usted. Un sector del peronismo que no tenía votos y la quería acorralar a Cristina de esa manera.

–Ja ja. No, para nada. Mucha fantasía. La UIF respondía al PEN, solo miraba para un lado de la cancha y tenía freno y acelerador. Quién era el conductor, no sé. Eso sería para una investigación periodística.

–Sería para charlar largo. Cristina dice: “Fui la única víctima y la gente más cercana a mí”. No fue contra todos.

–Por eso estoy diciendo. Miraba para un solo lado de la cancha. Y después habrá cosas  propias  de  los  expedientes.  Hubo  corrupción. Y todo esto de “somos todos corruptos, somos todos inocentes”, sin un Poder Judicial independiente, es muy difícil.

–¿Qué ve el poder económico del peronismo en la Argentina? ¿Qué tipo de peronismo quisiera el poder económico?

–Qué veo yo del poder económico. Le gusta más cuando el peronis­mo no está, y cuando el peronismo está, dice: “Bueno, por lo menos provee gobernabilidad”. En la última elección [2015], fueron todos para el otro lado.

–¿En 2019 también?

–Sí, obvio.

–A pesar de que habían perdido feo esos cuatro años. ¿Cómo se explica ese razonamiento?

–Los puede la ideología y la pertenencia demográfica. Salvo excep­ciones, grandes empresarios como Eurnekian, Sigman, Brito, que tuvieron una afinidad con el peronismo y se la aguantaron. En ge­neral, todo el establishment económico estaba del otro lado. Tenían todos los empleados en los cargos.

–Hubo un peronismo que fue socio en la gobernabilidad de Macri.

–¡Claro!

–¿Se equivocó ese peronismo?

–Era indispensable, indispensable. Y ojalá hiciera eso ahora Cambiemos. Ojalá. Fue todo el peronismo, si bien el paso inicial lo dio Sergio Massa cuando habilitó a Macri y lo acompañó a Davos. Hubo tres presupuestos votados por el peronismo, si no, el gobierno no tenía presupuesto. Yo creo que sí, que había que aportar a que funcionara, ojalá hubiera funcionado. Lo que pasa es que al princi­pio era medio híbrido, y después el modelo lo hicieron totalmente financiero. ¿Cómo creen que un país puede funcionar con tasas del 100%? ¡No hay manera de que funcione! Lo único que vas a produ­cir es una recesión atroz sin parar la inflación.

–¿Cuál es para usted la constante del peronismo en el poder?

–La constante es que si el peronismo sabe cuidar el vínculo con su base social, va a ser una fuerza política muy activa en los próximos treinta o cuarenta años. Y si sabe abrirse a los fenómenos nuevos. En eso, la creación de La Cámpora, con todas las críticas que ha recibido, es, yo creo, una idea de reincorporar a los jóvenes en la discusión de la política, no fuera de la política. Los jóvenes en la política son el instrumento para articular los conflictos sin violencia. Si no, después de golpe salís, rompés la plaza y prendés fuego sin nada. No es fácil convocar jóvenes a participar. En el peronismo, La Cámpora, el Movimiento Evita y las organizaciones sociales han incorporado muchos jóvenes. Y la izquierda también. Me imagino que Cambiemos debería hacer una cosa parecida.

–¿Qué fue el menemismo? ¿Qué dejó, para usted?

–Fue un gran… un intento de bases económicas, en la construcción de Menem y Cavallo, con una idea de que construida la base de acti­vidad eso iba a incluir. Fue muy bueno para estabilizar, pero no para incluir. Yo me fui cuando terminó la etapa inicial de estabilización. Para mí fue un intento fallido porque se olvidaron el capítulo uno: estabilizar e incluir. Primero la locura de Bunge y Born. Después se produjo un artificio, que fue la Convertibilidad, y no el menemismo: ¡toda la Argentina! se enamoró de la Convertibilidad. Y renunció a tener  flexibilidad  monetaria.  Sin flexibilidad monetaria, perdimos la base industrial.

–¿Fue una anomalía el menemismo?

–No, bueno, nosotros queríamos hacer un gobierno… si estuviera Antonio Cafiero diría un gobierno so­cialcristiano, y yo diría un gobierno socialdemócrata –que era una gran diferencia que teníamos y la íbamos llevando–, donde habrían estado muchos de los que están ahora, casi todos, la Renovación era de casi todos. Y perdimos. Y Menem al otro día llamó a todos, con diferencias y una generosidad política… Todos los que estaban con Antonio terminaron de ministros. Menem flotaba a distancia, con mucha amplitud. Trabó una relación muy fuerte con el establishment económico y estaba convencido de que él estabilizaba, salía de la in­flación, venían las inversiones y con eso hacía una bisagra histórica. ¿Dónde falló? En el corte horizontal.

–¿Qué pasó con la Renovación? ¿Por qué se la consumió tan rápido el poder?

–Eso es un fenómeno electoral. Nosotros gastamos mucho capital en sostener a Alfonsín. Alfonsín perdió las de medio término, estaba terminado en el poder y lo sostuvimos. Eso lo consumió a Cafiero, a mí, a De la Sota. De la Sota se reconstruyó. Yo necesitaba transfusio­nes cotidianas [se ríe fuerte].

–¿Dice que la Renovación cayó víctima de su alfonsinismo?

–No, víctima no. Cumplimos una función. Y yo creo que ahora toda esta cosa de la construcción de consensos, de un peronismo que mira, hay mucho de la Renovación. Hay mucho de la Renovación. Si vos mirás, una gran cantidad de los dirigentes que hoy están en el peronismo se formó en la Renovación con nosotros. 

–¿Le puede traer costo al peronismo  no haberse renovado en esta oportunidad?

–¡Cómo que no se ha renovado! ¿Y qué te parece que es Alberto, Sergio, Máximo, La Cámpora? ¡Kicillof! ¿Te parece que no es la renovación? Es un chico joven brillante.

–Pero son dirigentes que ya habían estado en el poder.

–¿Pero no te parece una renovación absoluta? ¡Mirá las edades!

–Quiero decir que no surgieron desde la oposición, después de la derrota.

–Es que estamos en el poder la mayoría del tiempo, los últimos se­tenta años. ¿Qué querés? En eso, la creación de La Cámpora hay que reconocerla. Otros dicen que lo habrían hecho distinto, pero es el único intento orgánico de incorporar a los jóvenes a la política en los últimos veinte años.

DG