“No lo puedo evitar, lo mío son los intelectuales”, escribió Luciana Salazar once años atrás en Twitter, cuando los rumores de romance con Martín Redrado recién estaban comenzando. Seis meses antes, en enero de 2010, el economista había sido protagonista de un escándalo Intrusos-style pero con la entonces Presidenta de la Nación Cristina Kirchner, quien lo destituyó de su puesto como Presidente del Banco Central a través de un DNU. Luciana, por su parte, estaba participando del Bailando por un sueño, una institución atemporal que siempre logra tener entre sus participantes al famoso del momento. 

La exposición se convirtió en un elemento clave dentro de la relación de Salazar y Redrado, y muchos consideraron que esto era señal de que su romance era falso o carecía de futuro. Sin embargo, se trata de un vínculo que se mantuvo a lo largo de más de una década y que si, les damos un voto de confianza a los protagonistas, les trajo bastante sufrimiento. Quizás sería interesante salir de una posición moralista que considera que la única forma de amor posible es la que existe dentro de las cuatro paredes de un hogar entre dos ignotos. Los famosos también tienen derecho a amar, y dentro de sus limitaciones hacen lo que pueden. 

Los rumores se alimentaban únicamente de los misteriosos tweets de Luli y sus “inocentes” comentarios en la pista del Bailando. “Estoy contenta porque estoy en un momento de pleno amor”, “No puedo contar nada”, “Cuando mi pareja quiera contarlo lo diré”, fueron algunas de las frases que entregaba la modelo al programa. Redrado, por su parte, recién se había separado de Ivana Pagés, la madre de sus hijos, y prefería llamarse a silencio, actitud que pretendió mantener durante la década siguiente. 

Todo parecía marchar de lo más normal, dentro de lo que se considera normal en la farándula local. Pero Luciana dio una entrevista donde contó que le encantaría conocer a los hijos del economista y formar una familia con él, y ese fue el principio del fin. Quizás porque el romance estaba tomando un carácter más público de lo que él esperaba, quizás porque hay cosas que prefería no mezclar (como si acaso eso fuera posible), lo cierto es que en febrero de 2011 el romance terminó. Pero comenzó una historia de amor que continua hasta el día de hoy.  

Mientras Redrado seguía manteniendo un silencio inquebrantable, Salazar comenzó a compartir con todos sus seguidores de Twitter los detalles de su ruptura, desmintió haberse querido suicidar y acusó a su ex de ser “una persona perversa”. La exposición de la vida privada es un modus operandi clásico, inevitable, de los famosos argentinos, pero Luli y Martín lo llevaron al extremo. 

En La intimidad pública, Beatriz Sarlo define al escándalo como género mediático con tres características: “(…) en primer lugar, convierte a alguien en personaje; en segundo lugar, coloca a ese personaje en un escenario dramático; en tercero, como vivimos en una época de atención breve, el argumento se resuelve en pocas acciones cortas”. Como en el final de Legalmente rubia, la modelo despampanante contradice lo planteado por la intelectualidad: pasaron diez años y el vínculo entre Salazar y Redrado está lejos de resolverse.

En noviembre de 2011 se reconciliaron. Se fueron a París y Luciana contó en lo de Susana que habían tenido sexo en un avión. Se los vio paseando por Ginebra, compartiendo San Valentín (o San Calentín, como lo llamó ella en Twitter), festejando cumpleaños. En 2013, para el cumpleaños del economista la modelo le hizo una torta con la tapa de su libro “Sin reservas” pero con un subtítulo más osado: “Hoy sin límites, pedí lo que quieras”. La imagen del pastel fue compartida en Twitter y él se limitó a responder con un seco: “Creativa”. 

Salazar soñaba con ser Primera Dama y compartía exorbitantes cifras sexuales de su intimidad con Redrado, pero el idilio no duró lo suficiente como para llevarla a la Casa Rosada (cabe preguntarse si él estuvo alguna vez cerca de Balcarce 50). En julio de 2014 la relación volvió a romperse. En primera instancia parecía que los motivos de la ruptura habían sido que Redrado no la llevó al Mundial de Brasil y que los hijos del economista la habían agendado en su celular como “Lucifer 666”. Pero luego salió a la luz un detalle que acompañaría a la pareja por los años siguientes: la posibilidad de tener un hijo. 

En una entrevista con la revista Gente, Salazar contó que con Redrado llegaron a visitar una clínica de fertilidad, pero que cuando estaban en la consulta con la médica el economista le confesó a la profesional que había ido “obligado”. El afán de compartir cada detalle de su intimidad ya no se limitaba a las redes ni los medios: ahora hasta la pobre doctora tuvo que enterarse de los vaivenes de su relación. 

Aquí es donde aparece un tercer personaje en la historia. Su paso por este escándalo fue breve pero interesante. Hablamos de Amalia Granata, quien tuvo un breve romance con Redrado a mediados de 2014. Años después, la mediática devenida en diputada recordaría que el economista, cual protagonista de Vértigo, le pedía que se vistiera como Salazar. 

En agosto de 2015, Redrado y Luciana se reconcilian aunque aclaran que es una relación “sin títulos”. La reconciliación fue confirmada por el economista cuando Marcelo Tinelli lo llamó en vivo por teléfono, mientras Salazar observaba todo desde la pista de Showmatch enfundada en un conjunto azul visiblemente incómodo.

Tinelli se rió del peinado de Redrado, consultó por el casamiento y le preguntó qué era lo que menos le gustaba de la modelo. “Le gusta tener siempre la razón, argumenta todo”, afirmó él. También le prometió al conductor que iba a ir al piso si su pareja llegaba a la final del Bailando, pero eso no estuvo ni cerca de ocurrir. Lo cierto es que Luciana quedó en segundo plano la mayor parte de la conversación, porque los dos varones acapararon toda la charla tirándose indirectas sobre cuestiones políticas. 

Otra vez se los vio paseando por el mundo y dedicándose románticos tweets. “Después de mi divorcio, Luli es la única mujer que amé”, afirmaba el economista en las revistas del corazón. Quienes no estaban tan contentos con la reconciliación fueron sus hijos. En agosto de ese mismo año, la familia protagonizó un escándalo en el aeropuerto de Ezeiza cuando Tomás, el primogénito de Redrado, se enteraba en la sala de embarque que su padre los estaba llevando a todos a Miami para encontrarse “con esa puta”. Los allí presentes se suman, como la médica experta en fertilidad, a la larga lista de inocentes que se enteran intimidades a la fuerza. 

Luciana y Martín tuvieron, desde un principio, una relación de a tres. Pero ese tercero nunca fue Granata, ni Lulu, ni Luis Miguel. Siempre estuvieron en un vínculo con la exposición. El mostrarse en público es inherente a su forma de amar.

En 2016 se va gestando el clímax mediático de esta relación. Durante ese año, Salazar y Redrado fueron vistos en varias ocasiones en Miami, donde la conductora congeló óvulos. La pistola de Chejov de esta historia siempre fue el deseo de maternidad de ella y la imposibilidad de concretarlo con el economista. Incluso cuando estaban en pareja, la conductora admitía que su única certeza era que quería ser madre. Con él o sola. 

Un año más tarde, en julio de 2017, Salazar confirmaba su separación de Redrado una vez más. A los pocos días, trae otra noticia: estaba esperando un hijo en Miami a través de un vientre subrogado, un óvulo de ella… y un espermatozoide que generó infinidad de dudas. 

Matilda Salazar llegó al mundo el 15 de diciembre de 2017 en Sarasota, una ciudad ubicada a 370 kilómetros de Miami. Pesó cuatro kilos y midió 53 centímetros. Su madre eligió su nombre por la famosa película de la niña fanática de la lectura que se vengaba de sus padres frívolos e ignorantes con sus poderes mentales. Un psicoanalista podría preguntarse varias cosas sobre esta elección, pero no hubo tiempo para pasear por el inconsciente de Luli porque la pregunta de todo el periodismo fue la misma: ¿Era Redrado el padre biológico de la recién nacida?

No hay tiempo para detallar la infinidad de idas y vueltas que hubo sobre este tema, pero tras varios meses de dudas apareció una versión oficial. Redrado no era el padre biológico de Matilda, pero había pagado de su bolsillo el costoso tratamiento de subrogación de vientre. Además, se comprometió legalmente a cubrir los gastos de la crianza de la niña por un total de trece mil dólares mensuales en sus primeros años de vida. La cifra iría disminuyendo con el paso del tiempo y el acuerdo económico terminaría cuando Matilda llegase a los 18 años de edad. Según Luciana, él quería ser “la figura masculina” en la vida de la niña. Más no su padre. 

Matilda, que ya tiene tres años, es el único aspecto de esta relación que roza lo ficcional. Si se la excluye, el romance de Redrado y Salazar carece de elementos llamativos más allá de la tendencia a compartir públicamente todos sus condimentos. El economista y la conductora no son los primeros ni los últimos en pelearse y reconciliarse constantemente, ni en tener sexo arriba de un avión, ni en discutir porque los hijos adolescentes de uno de ellos se llevan mal con su flamante madrastra. 

En ese sentido, esta relación expone la hipocresía de una gran parte del público. Al fin y al cabo, lo que ocurre entre Luciana y Martín no deja de ser una forma de amarse. Quizás no parece fácil, y carece de esa tranquilidad que muchos buscan a la hora de formar pareja, pero cualquier crítica real que pueda hacerse cae en un juicio moral francamente berreta. Lo único que distingue a Redrado y Salazar de otra pareja de su misma clase social es que a alguien le importa lo que ellos hacen en su vida privada. 

Firmes a su costumbre, Redrado y Salazar se reconcilian a principios de 2018 y se vuelven a separar dos meses más tarde. La ruptura fue anunciada por ellos mismos a través de dos tweets exactamente iguales, que cada uno publicó en su cuenta de Twitter cual comunicado de prensa. “No resultó. Ya no hay más amor de parte de ambos, por lo tanto es definitivo”, afirmaba el mensaje que ambos postearon en sus redes, llenos de una certeza que no coincidía con su historial. En ese momento, Luciana aprovechó el éxito de la serie de Luis Miguel para recordar su affaire con el Sol de México, a quien había conocido años atrás en una fiesta organizada por Marley.

En este punto de la historia es menester hacer un punto y dejar que la lectura sedimente. Este ir y venir constante, que implica un total de cuatro reconciliaciones, puede ser demasiado para el lector virgen en estas temáticas. Lo que podría ser agotador en la vida íntima se vuelve casi inentendible en el plano mediático, y es comprensible que quien no esté acostumbrado a este tipo de relatos se vea sofocado por la infinidad de acontecimientos que se acumulan. Pero no tema, porque lo importante siempre es lo mismo: una relación que no puede (ni quiere) evitar ser pública. 

En agosto de 2018 todo vuelve a comenzar, aunque en este momento empieza lo que podría llamarse la fase Stephen King. A partir del mensaje de una seguidora, Luciana Salazar denuncia en Twitter que Redrado le hacía brujerías. A los pocos días, subió a la misma red social un audio que grabó desde la casa del economista, en el momento en que descubría su nombre congelado adentro de un vaso de agua.

“¿Qué es esto, Martín? Por Dios. Estoy temblando, es una brujería. Eso lo pusiste vos. No puedo creer que esté pasando esto, no me toques. Yo tengo una beba, no me pueden hacer esto. ¿Qué es esta maldad?”, se escucha decir a Luciana en el audio, mientras de fondo se oye a Redrado afirmando que “no sabe” lo que hay dentro de su freezer.

¿Por qué un audio y no una foto? ¿Por qué se le ocurrió grabar ese momento antes de saber qué había en el freezer? Es mejor no hacerle muchas preguntas al mago. Pero hay que mirar el lado positivo: este episodio le dio trabajo a un centenar de expertos en magia negra, que se pasearon por los canales dando consejos para evitar ser víctima de una brujería. 

Todo se repite de nuevo: Redrado arrancó el 2019 con otra mujer llamada Lulu Sanguinetti (Lulu y Luli, otra buena oportunidad para llamar a un analista). Pero no se alejó completamente de Salazar. Durante ese año se los vio juntos en salidas a plena luz del día y con Matilda siempre en el medio. 

Durante un tiempo se pensó que la paz era posible, pero el 2021 trajo una sorpresa. Sobrepasando los límites de lo verosímil, y completamente inmersos en lo ridículo, Redrado y Salazar se reconciliaron. Pero por pocas semanas. Cenaron juntos en Miami para Reyes, se contagiaron Covid, tuvieron intimidad (“contacto estrecho-estrecho”, afirmó ella) y después se volvieron a separar porque él se fue a hisopar con Sanguinetti, la otra Lu. Y Luciana dio un largo móvil a Intrusos donde lo acusa de las peores cosas, incluyendo el detalle insólito de que cada vez que iban de viaje dormían en hoteles distitnos. Él respondió a todo esto con una carta documento en la que la acusaba de hostigamiento. 

Mientras en Intrusos daban la noticia de este último recurso legal utilizado por Redrado, Luciana recibía en su casilla de mail un mensaje del economista invitándola a pasar unos días en una paradisíaca villa utilizando las ofertas que le ofrecía una tarjeta de crédito. Él negó todo y hasta desmintió tener esa tarjeta. Y no hay motivos para desconfiar de su palabra, excepto que sería bastante extraño que Martín Redrado no tuviera una American Express. 

Llegamos al final y correspondería hacer una conclusión. Pero resulta imposible pensar en una resolución a este relato cuando el vínculo entre ambos protagonistas sigue tan vivo y en constante movimiento. Así que, al igual que Redrado y Salazar, recurriremos a lo que ya conocemos y retomaremos lo que dijimos al principio: no hay una sola forma de amarse, y los famosos hacen lo que pueden. 

JG