Autor de “Sedados” ·Entrevista

James Davies: “Sedar a la gente encaja maravillosamente con las necesidades del capitalismo”

Sandra Vicente

elDiario.es —

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James Davies es profesor de Sociología y Psicoterapia en la Universidad de Roehampton (Reino Unido) y ha ejercido de psicoterapeuta en el Servicio Nacional de Salud británico. Fruto de esta experiencia, conoce bien el estado de la salud mental en su país, donde una cuarta parte de la población adulta toma medicamentos psiquiátricos, una cifra que supone un crecimiento del 500% desde 1980. Pero esta realidad no es sólo aplicable a Reino Unido: España es el país del mundo en el que se toman más ansiolíticos. En la Argentina no hay cifras oficiales, pero un estudio del Defensor del Pueblo bonaerense estimó que el consumo de estos medicamentos se disparó durante la pandemia y que se registró que 1 de cada 4 personas comenzó con el consumo de alguno de estos medicamentos por recomendación de un familiar cercano o un amigo. Ante esta realidad, Davies tradujo al castellano Sedados (en España lo publicó Capitán Swing, 2022) una crítica a un sistema que ha colapsado y que ha generado una legión de personas “adictas a un medicamento que, lejos de curar su malestar, lo agrava”. 

Cuando empezó la pandemia estuvo aceptado estar tristes durante unos meses. Pero ahora que la economía mejora en Europa parece que ya no nos está permitido. ¿Sólo podemos estar deprimidos cuando la economía también lo está?

La depresión se considera un inconveniente económico porque la introspección y el ánimo bajo afectan a la productividad y aumentan el absentismo. En Reino Unido cuesta decenas de millones de libras al año, según se ha calculado. Durante unos meses se nos permitió estar deprimidos, sí, pero ahora hemos vuelto a la narrativa dominante que dice que el sufrimiento es una disfunción que debe ser corregida. Desde mi punto de vista, el malestar es una reacción racional a las circunstancias difíciles, ya sean históricas, actuales o una combinación de ambas. Pero al capitalismo no le gusta esta interpretación, porque implica tener mirada crítica sobre qué va mal en tu vida y puede ser muy perjudicial para quien se beneficia de ello. 

A raíz de la pandemia, muchos países como España implantaron políticas públicas en salud mental, pero ¿son la solución al sufrimiento o solo atacan la punta del iceberg?

Debemos reconocer la importancia de las políticas públicas y corregirlas donde es obvio que es necesario, pero no creo que debamos reducir la solución sólo a eso. Es cierto que si vives en una zona deprimida eres vulnerable a discriminaciones y tu riesgo de padecer problemas de salud mental crece mucho. Las políticas públicas pueden ayudar a paliar estas vulnerabilidades y a mitigar la discriminación de acceso al sistema de salud, pero los problemas emocionales son más profundos que eso. Además, hay que tener en cuenta que, tal y como está pensado el sistema de atención a la salud mental, la primera solución que se plantea es la medicación, una solución que, en muchos casos, enquista e incluso agrava el problema. 

Drogamos a la gente en lugar de ofrecerles terapia psicológica porque, como decía antes, se ve el dolor como una disfuncionalidad que debe ser corregida y la solución más rápida que se ha encontrado es la medicación. Pero con ella no arreglamos nada, porque se trata de químicos que sedan un sentimiento que actúa como faro: el dolor ilumina lo que está mal, algo a lo que debemos prestar atención. Desafortunadamente, investigar y tratar es más lento y menos rentable que medicar. En otras palabras, sedamos el sufrimiento para hacerlo compatible con las necesidades del mercado. 

¿Qué se recurra antes a la medicación que a la terapia, para ahogar el dolor en lugar de tratarlo, tiene que ver también con el estigma que rodea la salud mental?

La estigmatización y la vergüenza que sentimos hacia nuestra propia tristeza es consecuencia de que el sistema económico vea el sufrimiento como contrario a sus deseos, por eso nos dice que hay algo malo en no estar bien, que nos hace ser poco fiables, frágiles. Pero lo que realmente les preocupa es que el malestar es sinónimo de estar despertando, de cuestionarse cosas. Grandes cambios sociales y políticos se han dado gracias al sufrimiento. La liberación de las mujeres o el movimiento Black Lives Matter, por ejemplo. Y lo mismo podría pasar con el dolor tras la pandemia. 

Pero no basta solo con que haya malestar para que se dé un cambio, sino que tiene que ser canalizado de forma colectiva. Por eso, durante los últimos 40 años, el modelo que ha predominado es el de la medicalización, para dominar el sufrimiento. Sedar a la gente encaja maravillosamente con las necesidades del capitalismo. Es por eso que continuamos medicando a la gente, a pesar de que hay evidencias que demuestran que sólo empeora los problemas. 

Sedar a la gente encaja maravillosamente con las necesidades del capitalismo

En el Reino Unido hay ocho millones de personas a las que se ha prescrito medicación y sólo un millón a las que se ha prescrito terapia. ¿Estas cifras tienen que ver con la relación entre la industria farmacéutica y el sistema de salud?

Hay muchas industrias que sacan beneficio del sufrimiento, de la moda a las clínicas de fertilidad, pero la que más se lucra, sin duda, es la farmacéutica, con ganancias de 50.000 millones de dólares al año. Los vínculos entre médicos y farmacéuticas son muy estrechos; empezaron a serlo en los 90, momento en el que se transformó la psiquiatría. Hasta entonces había sido una especialidad relativamente pequeña y poco financiada, pero pronto se convirtió en una de las más influyentes. Y todo gracias a la medicalización, que fue una revolución económica basada en que ya no hacía falta pasar por el trámite de ir a terapia si tenemos una droga que resuelve el problema por nosotros. 

Hubo una gran campaña en el Reino Unido en los 90, llevada a cabo por el colegio de psiquiatría, que hablaba de los beneficios de la medicación. La llamaron 'Campaña para vencer la depresión' y aseguraba de que se estaba infradiagnosticando, basándose en el hecho de que no se vendían suficientes antidepresivos. Parece un argumento demasiado simple, pero funcionó. Y gracias a eso, hoy sólo 1 de cada 8 personas que tratan su malestar lo hacen con terapia. Pero eso no significa que la gente no quiera ir al psicólogo; de hecho, los estudios muestran que la mayor parte de la población prefiere soluciones que pasen por el habla, pero el acceso a la terapia está muy restringido. 

¿Por qué es tan difícil tener un buen programa público de salud mental?

Porque el modelo dominante desde hace 40 años ha sido el de la medicalización y todo el mundo, tanto la política, la economía o la medicina, ha suscrito este modelo. No se han planteado alternativas porque el sector no tiene incentivos para invertir en otra manera de hacer las cosas. Aun así, esto va a cambiar a medida que vayamos siendo más conscientes de las consecuencias nefastas de la medicalización. Va a requerir de mucho tiempo e inversión pública, pero no va a quedar otra, porque se ha demostrado un método fallido. 

En el libro cuenta que el tiempo que una persona pasa medicada es muy superior al que dura el estudio sobre un medicamento. ¿Somos realmente conscientes de sus efectos secundarios?

La mayoría de medicamentos de uso público tienen un periodo de estudio de dos o tres meses, mientras que la gente los toma durante años. La industria sólo investiga lo necesario para que su producto salga al mercado, porque no le interesa buscar los efectos secundarios a largo plazo. Pero ahora que han pasado los años, ya tenemos una gran muestra de personas que llevan mucho tiempo medicándose y sabemos lo que esto puede suponer. Y no es bueno. Cuanto más te mediques, peores serán los efectos secundarios y, cuanto más tiempo lleves haciéndolo, más complicado será que resuelvas el problema por el cual empezaste a tomar fármacos. 

Esto es muy preocupante porque, aunque estemos viendo estos datos por primera vez, también estamos en el momento en que más se está prescribiendo medicación a la gente. En Reino Unido hemos llegado a un punto en que hay un cuarto de la población a la que se receta fármacos, a la vez que el tiempo de exposición se ha doblado en los últimos 15 años. 

La mayoría de medicamentos de uso público tienen un periodo de estudio de dos o tres meses, mientras que la gente los toma durante años

La realidad nos puede hacer reconsiderar el modelo, pero ¿estamos listos para ayudar a personas que han estado tanto tiempo medicalizadas y que, según asegura en el libro, han generado adicción?

Para nada. No estamos preparados. Los efectos después de haber estado tomando psicotrópicos durante tantos años pueden ser muy dolorosos. No se trata sólo de tratar los efectos de la abstinencia de manera eficiente, sino de brindar acompañamiento emocional para que su problema de depresión, que la medicación ocultó, pero no curó, no empeore irremediablemente. Pero es muy difícil que estas personas puedan entrar en los servicios de tratamiento de adicciones porque, si tomamos la definición estricta de lo que es una persona adicta, técnicamente no lo son. Se les considera más bien dependientes, aunque si dejan de tomar los fármacos experimentan efectos adversos terribles, tanto a nivel físico como emocional. Están enganchadas a un medicamento que, lejos de curar su malestar, lo agrava. 

Y esto es muy perverso, porque hay personas valientes que han decidido dejar la medicación, pero sus doctores no han interpretado sus síntomas como abstinencia, sino como un empeoramiento de su depresión. Así que les culpan por haber interrumpido el tratamiento y los empujan de nuevo a él, eternizando el círculo. 

Uno de sus argumentos contra la medicación es que el diagnóstico de problemas como la depresión es subjetivo, al no haber ningún marcador biológico claro detrás de ella. 

Correcto. Si te duele la espalda, te hacen una radiografía. Si tienes tos, con un test sabes si tienes Covid. Pues con la depresión no hay ninguna prueba médica que arroje resultados objetivos para poder respaldar un diagnóstico. Y, aun así, recetamos químicos potentísimos, basándonos en un diagnóstico subjetivo y muy tendencioso. Si un doctor ha sido educado para encajar una colección de síntomas en un trastorno particular, te diagnosticará en base a ello y tu sufrimiento será medicalizado. 

En el libro habla del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, el libro más vendido en Amazon, que en cada edición aumenta el número de enfermedades registradas y, por ende, crece el número de malestares que son susceptibles de ser medicados. 

Se trata de una guía para que los médicos puedan encajar síntomas con un desorden que ha sido descrito y catalogado con un procedimiento científico muy dudoso. Y, obviamente, los trastornos que aparecen en este libro son tratados con medicación. A cada edición que pasa, aumenta el número de desórdenes que aparecen. Sólo en las últimas décadas, han crecido en 400. Estamos inventando trastornos mentales para medicalizar más y más dimensiones de la vida humana, sólo para beneficiar a la industria. 

En las redes sociales, las nuevas generaciones cada vez hablan más abiertamente de qué les molesta y reconocen sin tapujos ir al psicólogo ¿Cree que la gente joven superará el estigma de la salud mental y la medicalización? 

No se trata sólo de decirlo en alto. Las nuevas generaciones tienen que repolitizar el sufrimiento porque está bien reconocer que sufres, pero tienes que enmarcarlo en un contexto sociológico, político y cultural. Quizás, la solución para tu malestar es tratar un trauma del pasado, o quizás es organizarte con gente que sufre como tú para lograr el cambio. Vuelvo a la liberación de la mujer: se juntaron para dar forma a ese sufrimiento y encontrar la manera de rebelarse contra lo que lo causaba. Esto es lo que tienen que hacer las nuevas generaciones, porque tenemos unos índices de depresión nunca antes vistos y no es casualidad. Es normal que se depriman si el mundo adulto en el que están a punto de entrar es menos benevolente de lo que era. Sus oportunidades de tener un hogar, un trabajo y una estabilidad han disminuido. La precariedad asusta y deprime. Por eso, deben unirse. No basta con publicarlo en redes sociales, tiene que haber un apoyo común para politizar el dolor. 

Entonces, ¿no podemos superar la depresión sin superar el capitalismo?

Al menos no sin superar el hipercapitalismo que domina hoy. No sugiero que abolamos el capitalismo totalmente, porque hay muchas maneras de llevarlo a cabo. Se trata de pensar maneras creativas de remontar la economía sin perder ciertos valores y, sobre todo, sin acabar con la salud mental de la gente. Hay otras maneras de hacer las cosas sin tener que comerciar con el sufrimiento.