Lionel Messi saldó la deuda y levantó su copa

No fue casualidad que una vez que se consumó el histórico 1-0 contra Brasil en el Maracaná todos sus compañeros fueron a abrazarlo. Lionel Messi no había tenido su mejor noche con la Selección, pero había hecho todo para llevar a Argentina hasta ese partido decisivo. Con sus cuatro goles, con sus asistencias y con la voluntad de jugar hasta el final aun con sangre en el tobillo la semifinal ante Colombia. Leo dejó todo para cumplir ese sueño que se le venía negando, aunque es justo decir que ya había escrito algunas páginas gloriosas que quedaron extrañamente en el olvido.

Aunque se dijo mucho lo contrario, cuando se revisa bien la historia queda claro que Lionel Messi no tenía ninguna cuenta pendiente importante con la camiseta argentina. Es verdad que como es un muchacho que cumple hasta por las dudas, este sábado 10 de julio canceló en Brasil, pese a que un tropezón inoportuno lo privó de su gol en la final, un pagaré imaginario que algún día le inventaron. Pero en realidad ya había hecho muchísimo como para que, salvo en una realidad alternativa, se creyera que lo que le faltaba era ganar, por ejemplo, una Copa América hecha a las apuradas.

Casi como a Marty McFly en Volver al futuro II, un día a Leo le explicaron que todo lo que creía real había sido una ilusión. Que los títulos que había conseguido cuando vestía la camiseta de Argentina no servían. Nunca habían servido.

Y es que a alguno le parecerá mentira, pero pese a la falacia que se instaló -y ante la falta de desmentidas enérgicas se mantuvo a lo largo del tiempo como una verdad tallada en piedra-, Lionel Messi sí había ganado títulos con Argentina. Y lo logró desde bien temprano en su carrera profesional: apenas había cumplido 18 años hacía poco más de una semana cuando ya festejó con una actuación extraordinaria su primera copa en el Mundial Sub-20 de Países Bajos en 2005.

Leo había aparecido en el radar de la mayoría de los argentinos futboleros a comienzos de ese año, cuando era suplente en los primeros partidos del Sudamericano juvenil porque el entrenador Francisco Ferraro entendía que debía llevar al chico de a poco, pese al reclamo de quienes sabían de las esperanzas que generaba en Barcelona y querían que tuviera más minutos de juego. No le duró demasiado la cautela al director técnico: cada vez que el pibe entraba y desparramaba rivales por todos los sectores de la cancha, dejaba claro que ya estaba listo para la oportunidad. Así, con un gol de Messi (claro) en el último partido, la Selección venció 2-1 a Brasil, quedó tercera y logró la clasificación a la Copa del Mundo. Fueron aquellos días los primeros en los que se escuchó hablar del “mesías”, que en la era post-Maradona venía otra vez a darle esperanzas al fútbol argentino.

Ya en las tierras de Johan Cruyff y Ruud Gullit, Lionel terminó de confirmar que en su esencia estaba el material del que se hacen los campeones: fue una pieza fundamental del equipo e hizo goles en todos los duelos mano a mano, desde octavos de final hasta el partido por el título -incluidos uno en la semi ante Brasil y un doblete frente a Nigeria en el choque decisivo-, y logró su primera coronación vestido de celeste y blanco. Por si cabía alguna duda, después del partido refrendó con una dedicatoria maradoniana sus lazos con ese país en el que ya hacía rato no vivía: “Diego me pidió la Copa, me había dicho que se la llevara. Y bueno, acá está. Esto es para él, para mi familia y para toda la gente en Argentina”.

Con una enorme participación suya, Messi ponía el 2 de julio de 2005 al fútbol de su tierra natal en lo más alto. En la inocencia de la juventud, no sabía el rosarino que le iban a pedir más. Mucho más.

En aquellos tiempos en que empezaba a notarse su perfil tan diferente al del anterior ídolo de la Selección, Martín Caparrós escribió una columna en la que manifestaba cierto estupor por una conducta que había empezado a notar en los distintos países a los que visitaba: en lugar del esperable “¡Argentina, Maradona!” cuando conocían su nacionalidad, ahora se encontraba con los “¡Argentina, Messi!” de los nativos. La noticia no le había gustado: sentía que por estos lados del mundo teníamos mucho más del carácter histriónico, a veces petulante y otras veces caprichoso del Pelusa que de las formas casi siempre correctas y apocadas de un chico al que la pasión en general le corría por dentro.

Acaso por esos modos, no terminaba de entrar en el corazón de la mayoría pese a su innegable talento. Así y todo ya en 2008, cuando ya era una indiscutida estrella del fútbol mundial, volvió a ser fundamental en otra alegría de la Selección (jugaban los menores de 23 años con posibilidad de incluir a tres mayores), en los Juegos Olímpicos de Beijing. La posibilidad de que Messi, ya encaminado a ser el mejor jugador del mundo, se moviera hasta China estuvo en duda hasta último momento. Pero a la Pulga no le importó la resistencia de su club a dejarlo ir ni la mirada de costado de unos cuantos hinchas argentinos que creyeron ver en la demora cierta desidia del crack para defender a la Selección, con la que había sido subcampeón en la Copa América del año anterior en Venezuela.

Hasta se generó una situación que al día de hoy parece mentira: por esos días, algunas encuestas de medios de comunicación arrojaron que la mayoría prefería que Messi ni siquiera viajara hasta el Lejano Oriente.

Pero Leo viajó y bastó que tuviera un rato la pelota en los pies para transformar la indiferencia previa en amor. La Selección de Batista avanzó a paso firme en el torneo, goleó 3-0 en la semi a Brasil con un doblete de Agüero incluido y se llevó el oro en fútbol, el segundo consecutivo de Argentina, que había tenido esa asignatura pendiente hasta cuatro años antes, gracias al 1-0 en la final con gol de Di María a Nigeria. Sí, el Fideo, como en esta noche mágica del Maracaná. Así Leo sumó otro título en clave albiceleste.

Será porque la definición fue de madrugada. Será porque pareció hasta fácil y eso le restó emoción. Pero la alegría por aquel título se evaporó rápido. ¿Y entonces qué pasó? Leo tenía que hacer más. “A ver cuándo gana con la Selección mayor”, le empezaron a apuntar, pese a que la victoria en los Juegos era de un seleccionado muy parecido al de la Argentina que jugaba las Eliminatorias.

Y como en una especie de profecía autocumplida, se logró convencer hasta al propio Messi –entre otras cosas, goleador histórico de la Selección- de que no había ganado nada con Argentina. Que ni siquiera importaba haber llegado a la final de un Mundial, honor reservado a un escasísimo grupo de selecciones –y que Argentina es el único equipo sudamericano en haber logrado desde 2006 para acá-.

Pero finalmente llegó el día. Ahí está el título de mayores que el destino le había negado. La pregunta ahora es cuánto falta para que el listón vuelva a subir y tampoco este logro, hoy tan festejado, sea suficiente. Con una Copa del Mundo a poco más de un año y el fantasma eterno de Diego dando vueltas, la respuesta parece fácil.

FK/MGF