Análisis

El legado económico de Menem: del fin de la hiperinflación a una herencia explosiva

0

En un contexto de caída del comunismo en el mundo y de hiperinflación en la Argentina, Carlos Menem pudo pisar el acelerador a fondo, no sólo para llegar en su Ferrari a Mar del Plata en poco más de horas, sino para aplicar la receta neoliberal que por aquellos años estaba de moda en todas partes del planeta. En sus primeros dos años doblegó los precios como nadie antes e instauró después ocho años de estabilidad basada en la promesa de la convertibilidad de que un dólar valdría siempre un peso. En su década (1989-1999) abrió el comercio exterior, desindustrializó, privatizó todo lo que quiso, mejoró el funcionamiento de los servicios públicos, atrajo empresas extranjeras, achicó el Estado en muchas de sus funciones esenciales como la educación y la salud, pero agrandó el déficit fiscal, la deuda externa, la desigualdad social y dejó el desempleo en cotas altas nunca vistas en la historia argentina. La pobreza bajó respecto de la hiperinflación, pero Menem dejó en herencia un modelo económico que la haría batir récords tres años después.

Menem llegó al poder con la promesa de revolución productiva y salariazo. Pronto abandonó las tradicionales banderas peronistas y puso la economía a cargo de economistas del grupo Bunge & Born, después de Domingo Cavallo (1991-1996) y finalmente del ortodoxo Roque Fernández. En efecto, provocó una revolución, aunque no productiva, en una estructura económica argentina que marchaba vetusta y permitió que muchos gozaran de un salariazo en dólares, que les permitió viajes al extranjeros y el consumo de productos importados, mientras otros muchos se quedaban sin trabajo, comenzaban a cortar rutas y pasaban a bautizarse piqueteros.

En 1989, Raúl Alfonsín dejó el poder cinco meses antes en medio de la hiperinflación y los saqueos. Aquel año, los precios subieron 4.923%. Para 1991 ya era del 84%; en 1992, del 17,5% y desde 1993 en adelante siempre permaneció por debajo del 10%, el objetivo ahora tan anhelado y esquivo. La economía creció a más del 8% entre 1991 y 1993, después vino el efecto tequila desde México, se desaceleró en 1994, cayó en 1995, con un desempleo que saltó al 18,5% (era del 7,1% en 1989), pero la población igual reeligió a Menem. Era quien había derrotado la híper, estabilizado el dólar, se hablaba del “voto cuota” de aquellos que compraban a préstamo, incluso había surgido el crédito hipotecario, y las privatizaciones, así como supusieron negociados con empresarios nacionales y extranjeros y ajustes masivos de personal, también mejoraron algunos servicios como los de telefonía -antes había que esperar años para la instalación de un fijo- y luz -se acabaron los cortes diarios programados-, muchas veces basados en tarifas elevadas en la comparación internacional. Las privatizaciones también incluyeron industrias, bancos y el sistema previsional, que quedó en manos de las AFJP. Menem dejaría el poder con una caída del PBI del 3,4% en 1999, por el contagio de las crisis del sudeste asiático, Rusia y Brasil y los problemas intrínsecos que arrastraba la estructura económica que él había moldeado.

A pesar de la venta de empresas deficitarias, la instalación de peajes en las rutas, el cierre de ramales ferroviarios o los recortes en escuelas, universidades y hospitales, el gasto público siguió subiendo 143% en el primer gobierno de Menem y 36% en el segundo. La corrupción crecía y había que sostener el proyecto político de un presidente que reformó la Constitución en 1994 para permitir la reelección y que buscó sin éxito hacerlo de nuevo para la re-reelección en 1999. Para financiar las erogaciones recurrió a nuevas privatizaciones, como el remanente estatal en la YPF que cotizaba en bolsa y que terminó en manos de la española Repsol, pero también echó fuerte mano del endeudamiento, que se disparó de US$ 63.000 millones en 1989 a 147.000 millones diez años después. No había casi déficit primario (antes del pago de la deuda) sino sobre todo un rojo ocasionado por los elevados intereses de la deuda. Su sucesor, el radical Fernando de la Rúa, llegó al poder con la promesa de mantener la convertibilidad y pagar el pasivo, pero su rival en las elecciones, Eduardo Duhalde, rival interno de Menem en el peronismo, ya anticipaba que ninguna de ambas promesas sería factible de cumplir. 

En la década menemista llegaron US$ 180.000 millones de inversión extranjera, sobre todo por las privatizaciones, pero también en sectores como la energía, la industria automotriz -que dejó de producir el Ford Falcon para comenzar a exportar autos más modernos al Mercosur, nacido en 1991- y el complejo de granos y aceites -la exportación dejó de estar en manos del Estado y pasó a las de grandes multinacionales al compás de la sojización-. Sin embargo, la inversión bruta interna fija (IBIF), la medida de la inversión real en equipos de producción y construcción, nunca sobrepasó el 20% del PBI, que era el nivel que tenía entre los 60 y mediados de los 80, y que es la que requiere el país para un crecimiento sostenible. En el kirchnerismo bajó aún más. Al compás de la competencia importada, en los 90 cerraron fábricas y quedaron obreros en la calle.

Las pymes sufrían, pero el establishment local e internacional estaba encantado con Menem, el FMI lo ponía como ejemplo, los popes de la CGT, muchas veces sacando beneficios de las privatizaciones, hacían oídos sordos al creciente desempleo y a la flexibilización laboral que se introdujo, mientras surgían gremialistas rebeldes como los de la CTA o Hugo Moyano. En 1989, con el impacto desequilibrante de la hiperinflación, el 10% de los argentinos con mayores recursos ganaba 23 veces más que el 10% más pobre. En 1999, pese a la estabilidad de precios y por el efecto del desempleo y la ausencia de paritarias, había subido a 24. Claro que la pobreza había bajado del 40% al 30% en diez años. En 2002, cuando Duhalde asumió en el lugar que dejó el renunciante De la Rúa, alcanzaría el 57%. No por nada al año siguiente, Menem fracasó en su intentó de volver al poder. 

AR