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ORGANIZADO POR ANFIBIA

Arrancó Futuro Imperfecto Volúmen 3: un antídoto para los años crueles

Inés Estévez, Natalia Arenas, Daniel Schteingart, Denia Arteaga García y Alejandro Grimson formaron parte de la primera conversación del Festival Futuro Imperfecto Volumen 3.
13 de mayo de 2026 19:44 h

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La conversación que abrió el Festival Futuro Imperfecto Volumen 3 estuvo atravesada por la pregunta de cómo pensar los dilemas del presente más allá de la crueldad que marca el clima de época. Natalia Arenas, editora de Anfibia y anfitriona del primer encuentro, propuso una consigna a los cuatro participantes: enviar un mensaje a la Plaza de Mayo el día que Alfonsín recuperó la democracia, sin spoilers de futuro.

Alejandro Grimson, antropólogo y autor de ensayos como Los paisajes emocionales de la ultraderecha, eligió darle vuelta la frase más famoso de esa noche. Su mensaje, dijo, hubiera sido una advertencia: “Con la democracia no se come, no se cura y no se educa. La economía tiene que tener mayor relevancia. Sólo con democracia no se resuelve.”

Daniel Schteingart, director de desarrollo productivo sostenible en Fundar, fue más personal con su mensaje imaginario: “No crean a los que dicen que Argentina es el mejor país del mundo ni a los que dicen que es una mierda. Una lleva a la complacencia, la otra a la demolición. Cuiden lo común, los vínculos y la felicidad que hace posible que el país exista.”

Inés Estévez, actriz y activista por la industria cultural y la neurodiversidad, imaginó un mensaje para los que estaban en aquella plaza del 83 en el último momento analógico de la historia: “No cedan a la tentación del cinismo como valor cuando lleguen los 90. No declinen la ternura, porque el fin de la ternura representa el fin de los tiempos.”

Denia Arteaga García, politóloga hondureña e integrante de Oxfam, fue la más política: “Hoy están presenciando un momento histórico. Recuerden cómo y con quién llegaron hasta aquí. Lo que un día fue esperanza se convirtió en un impacto definitivo para las próximas generaciones y un faro para Latinoamérica. Nunca podrán robársela. Cuídenla.”

La mesa había abierto con una foto mucho más actual en la pantalla: la imágen ya icónica del cura Jorge “Chueco” Romero arrastrado por agentes de Prefectura en la marcha de jubilados de todos los miércoles. Grimson dijo que esa crueldad no empezó con Milei y apuntó a lo que vino antes. El ascenso de la ultraderecha, dijo, es consecuencia de fracasos propios: el peronismo se autocensuró la posibilidad de hablar de economía e inflación durante años, y la centroizquierda global está hoy en el mismo problema, sin propuestas, esperando que el rival caiga solo. “Nunca nos fue peor en economía que en los últimos 50 años, y nunca nos fue mejor en democracia que en los últimos 40. Todo mediado por la desilusión.”

Estévez llegó a un lugar parecido por otro camino. Lo que está pasando no es espontáneo ni nuevo, dijo: el Plan Cóndor de antaño se ejecutaba con armas, hoy se ejecuta con hambre y desilusión. Un pueblo embrutecido y hambreado es fácil de gobernar. Y en ese contexto, la ausencia de referentes no es un dato menor: “No hay líderes, no hay alternativas, no hay nadie que encarne una propuesta de futuro mejor.”

Arteaga García aportó la dimensión regional. El contexto argentino no es un fenómeno aislado sino un modelo que se replica en toda América Latina: élites empresariales que cooptan el poder público e instalan narrativas que conectan con mayorías a través del miedo. Outsiders refundacionales, simplistas y mentirosos que apelan a los miedos y la necesidad “de algo nuevo” de la gente.

Contra ese diagnóstico, Schteingart llegó con datos que parecían contradecir el clima pesimista de la sala. Argentina no es un país infeliz: está por encima de la media regional en indicadores sociales, la tasa de homicidios es bajísima en relación al resto de la región, y en las encuestas de satisfacción con la vida los números subieron desde la vuelta de la democracia hasta 2015, cayeron en la pandemia y hoy se recuperaron. “No estamos en el peor momento de felicidad”, dijo. Su explicación apunta a algo que solemos ignorar como activo político: la densidad de los lazos sociales. Argentina es el segundo país más familiero del mundo y el 90% de la población dice tener alguien con quien contar en momentos difíciles. Eso, planteo, es una fortaleza que el progresismo no sabe usar.

El problema del progresismo

La conversación derivó hacia una pregunta que parece obvia, pero nadie hace: ¿por qué el progresismo nunca midió la felicidad? El INDEC no pregunta por satisfacción con la vida, casi ningún programa de gobierno usa el término. “El objetivo de las políticas públicas es básicamente que las personas se sientan mejor. ¿Y cómo no lo medís?”, planteó Schteingart. Hay una sospecha histórica de la izquierda hacia el concepto –demasiado asociado a la alienación o al pensamiento new age– que terminó siendo un error político. Y agregó un dato que conecta lo emocional con lo productivo: la sociabilidad fuerte tiene la capacidad de duplicar el PBI.

Grimson fue más duro. “El ballotage de 2023” dijo, “hay que leerlo como un voto de la sociedad argentina contra la inflación. Ignorar eso es seguir sin entender nada”. Y puso condiciones innegociables para cualquier propuesta superadora: “No debe haber lugar para corruptos, no debe haber lugar para quienes niegan el desastre inflacionario, no debe haber lugar para quienes subordinan la salida colectiva a sus ambiciones individuales.” La política profesional argentina, según Grimson, ha enfermado: perdió de vista el interés general y hoy carece de programa, de promesa de futuro, de crítica al neoliberalismo.

Estévez apuntó al problema de escala: mientras la discusión sigue en el plano micro –peroncho versus liberto, la cascada de adorni, que dijo la Campora– se pierde de vista quién es el verdadero enemigo. “Adorni es una figura política trivial”, dijo. Hay que correrse hacia lo macro, construir una conciencia social más amplia.

Tomás Perez Vizzon, director de Anfibia Podcast, junto a a Blas Briceño, CEO de Finnegans, en la grabación con público de un nuevo episodio de Todo es Fake.

Ser felices como acto político

Hacia el final de la conversación, Grimson planteó que la alternativa a las políticas libertarias y crueles no puede ser pendular ni nostálgica. Consideró que hay que articular justicia social con capacidad real de financiarla, ir a buscar la plata donde está –recursos naturales, economía del conocimiento, grandes grupos empresarios– pero con una condición que repitió con énfasis: “Un Estado donde cualquiera que robe vaya preso rápido.” Y bajó la propuesta a algo que sonó casi disruptivo en su simpleza: hacer un asado con amigos, juntar gente, es un acto de resistencia.

Schteingart conectó esa idea con su tesis central: “La felicidad está hecha para ser compartida. La felicidad individual sin lo compartido no existe.” La agenda progresista, dijo, tiene que poner el foco en restaurar los lazos sociales lastimados. Y señaló lo que considera la ventaja estructural del campo propio: “Nosotros creemos en lo común y ellos no”.

Estévez fue la más directa: “A estos mierdas los vamos a cagar siendo felices.” La resistencia, para ella, es hacer exactamente lo contrario de lo que esta realidad propone. No es ingenuidad, es estrategia. 

Continuidad

Antes de la mesa, la apertura estuvo a cargo de Mario Greco, director ejecutivo de Revista Anfibia, que recordó a Rosanna Reguillo, madrina y mentora anfibia, recientemente fallecida. Y continúo con una entrevista de Tomás Perez Vizzon, director de Anfibia Podcast, a Blas Briceño, CEO de Finnegans, en la grabación con público de un nuevo episodio de Todo es Fake. El festival Futuro Imperfecto continúa el jueves y viernes en Finnegans y El Picadero. Puede verse aquí toda la programación. 

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