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CINE DE TERROR

Reinas del grito listas para festejar Halloween

Scream 1, Drew Barrymore, sufriendo a grito pelado

Moira Soto

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Así, yendo directo a los bifes, arrancaba en 1996 la primera entrega de Scream, localmente subtitulada –tarde piaste– Vigila quién te llama. Un film en el que Wes Craven rompía su propia marca en la creación de mitos exclusivamente cinematográficos, luego de cerrar en 1994 la seguidilla de Freddy Krueger. Como cualquier amante del género sabe, una ficción acerca de la paranoia suscitada por el monstruo chamuscado de remera rayada y afiladas garras metálicas. Que, nada menos, culminaba sus tropelías invadiendo la propia vida del director que estaba haciendo ese film, rompiendo doblemente la cuarta pared: la criatura soñada, engendrada por adolescentes durmientes se volvía contra su creador y el equipo de filmación… Y acto seguido de ser aniquilado en el horno por Nancy (Heather Langenkamp), la animosa protagonista, ella encontraba una copia del guion de la cinta. Allí, con su firma, el mismísimo Craven le agradecía a la chica su valeroso gesto de salvataje. ¿A qué cineasta del rubro se le podría haber ocurrido una vuelta de tuerca más ingeniosa y subversiva?

Heather Langenkamp actuando las pesadillas de Nancy en Elm Street

Entonces, dos años después, cuando todo llevaba a pensar que no le quedaban a WC códigos ni convenciones del género por sobregirar, hace su aparición una nueva saga –anunciada en principio como trilogía– acerca de un recalcitrante asesino serial enmascarado, acuchillador de gente muy joven necesitada de un pasaje iniciático (para crecer de una buena vez o morir sangrientamente en el intento). Jóvenes rodeadas/os de padres inoperantes, profesores babiecas, policías ineptos.

Robert Englund como Freddy Krueger

Scream, primer capítulo, resultó una película de género sobre el género, colmada de homenajes y citas que se acrecentarían y renovarían en las tres ediciones siguientes, empujando el juego del terror, el erotismo y la muerte a zonas cada vez más enroscadas. Siempre sin dejar de lado un humor irónico que no solo desmontaba lugares genéricos establecidos sino que además le sirvió al cineasta para proseguir con su observación crítica de los aspectos más oscuros y violentos de cierto modo americano de vida, y de la propia institución de la familia, cuando, por el disparador que sea, desaparece el barniz de civilidad. Una mirada desencantada que había empezado a evidenciarse en la imbancablemente angustiosa primera ficción de este relevante pilar del horror que murió en 2015.

Wes Craven (1939) provenía de una estricta familia bautista que de niño le tenía prohibido ver cine. Ya adolescente, Wes pudo ver documentales de la Segunda Guerra que, según lo reconocería más adelante, lo pusieron en contacto explícito –antes de empezar a leer a Poe y a Dostoievsky– con la más cruda y abismal barbarie humana. Es decir, esa semilla que comenzaría a germinar prestamente en La primera casa a la izquierda (1972). “Nada de lo que yo lograse mostrar luego en la pantalla podría alcanzar el nivel de la crueldad, la truculencia, el ensañamiento, en fin, la inhumanidad histórica, paLpable que vi en esos registros fílmicos”, declaró veinte años más tarde, en ocasión del estreno de Gente detrás de las paredes, cuando se le censuró el tremendo grado de perversión de una pareja de blanca y blanco, clase media estadounidense, que secuestra y somete a niños en la vecindad del gueto negro de Los Ángeles.

Wes Craven, pensando en pesadillas

El escabroso camino de Freddy y Ghostface

En los tempranos ’70, con ganas de acercarse de alguna manera a oficios del cine, WC marcha a Nueva York, se hace amigo de Sean Cunningham –futuro hacedor de Viernes 13– que lo ayudará a abrirse camino para filmar La primera casa… Una cinta donde dos chicas son perseguidas, violadas y asesinadas por una patota de una ferocidad que, sin embargo, sería superada por los padres de una de las víctimas, cuyo hogar se convierte en cámara de suplicios inenarrables. Con poca guita, mucha audacia y certera intuición narrativa mediante imágenes, el novato Wes generó escándalo dentro y fuera de su país. 

Ghostface, diseño del artista Loren Gitthens, para la compañía de disfraces Funworld, 1991

Lejos de arredrarse y al margen del prestigio que daban en esos años los géneros “serios” que se proyectaban en Cannes o en Venecia, WC prosiguió en la onda de terror shocking, entre colinas de ojos malditos, obsesiones fatales y cosas del pantano hasta que consideró que había llegado la hora de entrar a saco en los malos sueños que dejan huellas mortales en la realidad. Y si bien en su filmografía vinculada al género hay chicas que no consiguen zafar de ataques brutales, en las dos sagas que sacaron al público de sus casillas codificadas –las Pesadillas y las variaciones de Scream–, nuestro director va virando en torno de una preferencia notoria por las heroínas que luchan con denuedo para no rendirse, y les da una oportunidad; luego se las renueva.

Neve Campbell en el rol de la valiente Sidney Prescott

 Al cuco de garras de acero (¿legadas de Nosferatu?) y al matador perseverante Ghostface, con esa famosa máscara derivada de la pintura de Munch, los desafían, respectivamente, dos chicas bravas que consiguen esquivarlos, crecer y conducir la acción. En Woodsboro, Sidney (perfecta Neve Campbell) se va fortaleciendo, recupera el equilibrio emocional, supera sus queridas pérdidas. Ambas están en las últimas entregas de esas exitosas sagas. Una, Nancy, defendiendo a su hijito; la otra, Sid, atendiendo a mujeres en crisis.

El grito, Edvard Munch, 1893

En el devenir de los capítulos de Scream, Wes Craven no se priva de abrir reflexiones, bien vigentes en estos días, sobre un mundo tomado por el voyeurismo tecno, se discuten las versiones filmadas de Puñalada (la serie de libros firmados por la trepadora periodista Gal, en la recordable actuación Courtney Fox) ¡basada en los propios crímenes de Woodsboro! Morochas, rubias y castañas discurren sobre la calidad de las adaptaciones, sus reglas y contravenciones. Inevitablemente, alguna pagará con su sangre el haber desdeñado “toda esa basura posmoderna de autoconciencia que ya estaba en la primera parte, de 1996”.

Scream, film en el que Wes Craven rompía su propia marca en la creación de mitos exclusivamente cinematográfico.

Del mismo modo que Craven elige a mujeres como protagonistas capaces de valerse por sí mismas en situaciones de alto riesgo, y de pasar por todas las pruebas iniciáticas de estas sagas que desarticularon vertientes del terror para pensarlo y revitalizarlo, así también alude en su filmografía, en general, la violencia de género. Lo que no le impide presentar a personajes femeninos tan siniestros como la Mujer de Gente detrás de las paredes (film donde, por otra parte, hay una niña que enfrenta a un padre acosador, el Hombre).

Asimismo, Wes Craven deposita en Nancy y en Sidney una cierta esperanza en valores humanistas, de reparación del mal, de coraje y preservación de la vida.

Luego de la muerte de WC, conocido por su actitud benevolente y su generosidad, se acumularon en redes mensajes de gente amiga elogiando a la persona y al artista con sentidas palabras. Rose McGowan, la actriz que hizo el rol de Tatum en la primera Scream, la mejor amiga de Sid que muere tratando de salvarla, anotó: “Fue el más gentil, el más dulce, el más inteligente”. Y el más pillo, se podría añadir cariñosamente, tan calificado como para poner a la adorable Drew Barrymore en ese insuperable prólogo de Scream 1, a punto de mirar una de terror, recibiendo la llamada fatal, sufriendo y gritando como una de las mejores scream queens de la pantalla. Con el pochoclo y un VHS esperando en vano.

Scream 1 y 2 en Netflix, plataforma que también está estrenando otra maravilla digna de Halloween, reseñada por elDiario.AR, Sinners (2025), imperdible gema gótico-vampírica de Ryan Coogler. Y si desearan vérselas con más herederos de Drácula, en HBO Max figura el genial western del maestro John Carpenter, sencillamente titulado Vampiros.

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