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CINE

“Tres adioses” o cómo saborear felizmente cada segundo de una vida con los días contados 

El personaje de Marta en el film de Coixet. Un helado, un momento de total felicidad

Moira Soto

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Apartándose de toda facilidad lacrimógena, Isabel Coixet dirigió en 2003 la odisea secreta de una joven, trabajadora de la limpieza, madre de dos niñas a quien, en un control médico, le diagnostican un cáncer que apenas le asegura dos meses de vida. La chica decide vivir a pleno ese corto tiempo, cumplir deseos personales y dejar organizada la vida de quienes la van a echar en falta. En Mi vida sin mí, Ann se sienta serenamente en un bar a anotar diez cosas para llevar a cabo antes de morir. Ella no llegará a cumplir del todo ese programa, pero lo intenta de corazón. 

La mirada tan profunda que rescata en primer plano la directora

Se trata de una historia que IC tomó de un cuento de la norteamericana Nancy Kincaid, modificándolo con la anuencia de la escritora, que estuvo presente en el rodaje en Canadá. La cineasta eligió que la protagonista -que en el relato original le contaba su situación a medio mundo- guardara reserva total sobre su enfermedad.

Coixet, que actualmente tiene en su haber, sumando ficciones, documentales y cortos, una treintena de films –entre los cuales, los recordados La vida secreta de las palabras y La librería–, conduce desde 2020 el programa semanal de radio Los domingos por la tarde deberían prohibirse, donde chamuya y pasa sus discos favoritos. Dicho título pasó a ser recientemente el de una serie francesa, Quelq’un devrait interdire les dimanches après-midi, en la que participaron Jeanne Balibar y Tim Robbins, que la catalana escribió y dirigió en 2025. Amante de la literatura y la música, ha aplicado al cine estas preferencias, inspirándose a veces en novelas o cuentos, ofreciendo siempre en sus películas in mejorables bandas sonoras.

 Coixet también se caracteriza por sus aciertos al escoger intérpretes para sus películas, de España o de otros países. En la antes citada Mi vida sin mí tuvo el excelente tino de convocar a la muy joven Sarah Polley, a Mark Ruffalo, a Deborah Harry (sí, la mítica Blondie)… Luego de ese film, la trayectoria de la catalana no se detuvo, recibió importantes premios, se permitió la libertad de rechazar la propuesta de Steven Spielberg de dirigir Memoria de una geisha, retrucando, a quienes le aconsejaban que aceptara, que su modelo era Agnès Varda, no hacer una producción de 50 millones de dólares.

Diciéndole adiós a su barrio romano en bicicleta

23 años después, otra mujer ante la adversidad

En el caso de Mi vida…, vale mencionar que, tiempo antes de actuar en esta cinta, Ruffalo había recibido el diagnóstico de un tumor en el cerebro y optó por guardar silencio porque su mujer estaba embarazada de seis meses y no quería preocuparla ni opacar el momento feliz del nacimiento. Afortunadamente, se produjo la curación del actor y esa experiencia le sirvió para empatizar fuertemente con el personaje de Ann. A quien ve por primera vez en el lavadero donde ella, junto a la máquina, se ha quedado dormida. El se sienta a mirarla con cierta ternura, acerca su silla, la observa un buen rato como si entrara en el sueño de esa desconocida que lo atrajo. Después, cuando la relación se va afirmando, él le leerá un fragmento de la novela Hacia la boda, de John Berger, el gran escritor y crítico de arte que fuera amigo y colaborador de IC.

Y así llegamos al reciente estreno Tres adioses (Tre Ciotole –Tres cuencos– en el original, ya que se trata de coproducción hablada en italiano) una narración fílmica que, en el arranque, va despacito, como tanteando a su personaje principal, a los otros personajes, el terreno donde se mueven… Se diría que después de las triviales discusiones de una pareja que desembocan en la partida de él, no pasa nada altisonante: Marta –la mujer dejada por Antonio– no anda llorando por los rincones, da sus clases de gimnasia en un colegio secundario, se encuentra con otras mujeres, se cruza con un profesor más joven que la mira bien, muy bien; va y viene en su bicicleta…

Pero Marta empieza a sentirse mal físicamente. Algo digestivo, vómitos, inapetencia. Consulta con una médica amable que llama a un oncólogo: cáncer de riñón, estadio 4. Tratamiento, que parece funcionar en principio. Pero no, los dados están echados. Y Marta, que se ha apropiado de la silueta de cartón tamaño natural de un cantante de K-pop, disfruta de su compañía, le conversa. Empieza a deleitarse conscientemente con otras cosas cotidianas, le vuelven las ganas de comer y usa los tres cuencos que se compró aquella noche de la discordia con Antonio. La noche en que él se fastidió y se negó a contarle, como siempre, un chiste antes de dormir.

La última noche que pasó con ella, la singularmente hermosa rubia de ojos rasgados que –ya con el dictamen médico irrevocable– decide con cuánta espontaneidad y alegría, con qué intensidad va a relacionarse con la gente que le gusta; advierte que todavía tiene tiempo de acercarse a otra forma de amor con el colega más joven que le habla con pasión de Ludwig Feuerbach, filósofo alemán del silo XIX que se anticipó a Marx. O, más simplemente aún, se lanza a seguir el impulso de comer por la calle un cucurucho rebosante de helado de chocolate y frutilla, con la fruición dichosa de una niña. O a estudiar coreano porque sí.

Instrucciones para convertirse en fascista (2018), uno de los libros de Michela Murgia.

La feminista que llegó de la Italia profunda

Nacida en un pueblito de Cerdeña en 1972, de ella habría que averiguar qué no hizo en sus 51 años de vida: desde profesora de religión a directora de una empresa termoeléctrica o a portera de noche, de candidata a presidir su región natal a dramaturga, de crítica literaria a novelista premiada, de conductora de radio a presencia habitual en la tevé o dando charlas en cualquier espacio… Pero, por sobre todo, una persona comprometida íntegramente con el movimiento feminista y el activismo antifascista, muy cercana de la gente y dando generosos frutos en su conducta y en su obra de esta fervorosa militancia. Los títulos de sus ensayos dan cuenta de su humor satírico: Y la Iglesia inventó a la mujer (2014), Instrucciones para convertirse en fascista (2018). A Michela Murgia le gustaba citar a la destacada periodista, escritora y ministra de Cultura francesa François Giroud, también muy joven miembro e la Resistencia durante la Ocupación en su país: “Así empieza el fascismo. No dice su nombre, sobrevuela, flota en el aire. Cuando por fin muestra su nariz, no falta alguien que se pregunta: ¿Les parece? No hay que exagerar. Y se dan cuenta cuando es demasiado tarde para expulsarlo”.

En mayo de 2023, MM declaró al diario Corriere della Sera que sufría cáncer avanzado de riñón, con metástasis en el pulmón, los huesos y el cerebro. Y que le quedaban pocos meses de vida. En julio de ese año, se casó civilmente con el actor y director Lorenso Terenzi con el único objetivo de dejarle los derechos hereditarios. Murió al mes siguiente en Europa, no sin haber mantenido actividad hasta último momento, yendo a la tele para ser entrevistada con bonita ropa, bien maquillada, la cabeza pelada cubierta por turbantes de seda o sentadores sombreritos, Habitualmente negándose a emplear lenguaje bélico porque “no me reconozco en esas palabras: lucha, batalla, en la trinchera. Yo solo estuve tratando de estimular la respuesta del sistema inmunitario”. Asimismo, Michela reiteró en sus últimas apariciones conceptos tales como: “No me resigné nunca a la idea de que la felicidad no me pertenecía. Tengo 51 y he vivido diez vidas. He sido muy afortunada. He hecho cosas que ni yo sabía que quería hacer. He conocido a personas maravillosas. Reconocer la felicidad es una forma de inteligencia porque muchas veces pasa de largo sin ser advertida, apreciada. Sí, tengo cáncer, me queda poco tiempo de vida como a todo el mundo, el mío, quizás más breve. Se supone que tal situación debería hacerme menos feliz. Pero mi felicidad no ha dependido nunca del qué, sino del cómo. Y ahora puedo elegir el cómo”.

Una bienaventurada fusión

Cuando le ofrecieron, le rogaron a Isabel Coixet que filmara algunos relatos del libro póstumo de Michela Murgia, Tres cuencos, el primer reflejo de la cineasta fue negarse. Por un lado, pensó que ya había hecho muchos años antes, su película sobre cómo vivir la proximidad concreta de la muerte. O sea, Mi vida sin mí. Y, por otra parte, Coixet sabía que Murgia era un icono absoluto para la mayoría de las feministas, para buena parte de la izquierda italiana, muy amada por mucha gente. A lo que se sumaba el hecho de que había muerto hacia relativamente poco… 

Michela Murgia

Pero leyó el libro en cuestión y percibió que había dos cuentos que se podían ensamblar. Y que uno de los relatos, dictado por Michela días antes de morir a su editor Beppe Cottafavi, tenía esa parte autobiográfica donde una mujer con el destino sellado determina -así como lo hizo la escritora- cómo iba vivir esa etapa final.

Cabe aclarar que solamente en esa actitud del personaje de Marta en una de las dos narraciones que amalgamó Isabel, la película tiene tintes autobiográficos. Porque ni en su oficio ni en su aspecto físico, Marta y Michela guardan semejanzas. Pero desde algún cielo de santas feministas –no olvidemos que la escritora y activista era católica a la manera de Pasolini– Michela Murgia debe estar encantadísima de que la divina Alba Rohrwacher, con su pelo despeinado y su cara lavada y su ropa casual, sea la intérprete cabal de su voluntad de beberse la vida tan contenta hasta el último trago.

La vida y el arte, Alba Rohrwacher (Marta) y Elio Germano (Anotonio) en Tres adioses

¿Hace falta a esta altura de los 9600 caracteres decir que Tres adioses es una cinta hermosa, rebosante de poesía, con Mina y Nina Simone cantando en el momento justo, discretamente elíptica y más que recomendable? Para salir del cine con el corazón prieto y los ojos empañados, ciertamente, pero con intenciones de valorar y degustar las cosas mejores de la vida, y de -en lo posible- mejorar las peores. Aunque no lo cumplamos fielmente, ya sabemos que la intención tiene su valía. Y que el personaje de Marta encarnado por Alba nos va a acompañar mucho más allá de dar vuelta en la esquina próxima.

Salas: Atlas Patio Bullrich, Cinépolis Houssay, Cinépolis Recoleta, Multiplex, Lorca.

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