¿Para qué sirve enojarse?
Pareciera que existe un debate actual en torno al enojo. Si es una pasión legítima o una mera reacción. Según el punto de vista, se habla a favor o en contra.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, esta escisión se corrobora. Están quienes dicen que es una forma destructiva que debe ser interpretada como tal, mientras que otros autores le conceden una fuerza espontánea.
En el relato de su análisis con Winnicott, Margaret Little escribió lo siguiente: “En una de nuestras primeras sesiones sentí que nunca lograría hacer que entendiera nada. […] me lancé sobre un florero con lilas blancas, lo hice trizas y lo pisoteé”.
La respuesta del analista, luego de irse del consultorio durante unos minutos, cuando regresó y la encontró ordenando el revoltijo, fue decirle: “Podría suponer que haría eso [aquí no queda claro si ordenar o romper], pero más adelante”.
Podría decirse que el analista no incentiva la acción agresiva, pero sí la encauza. Es en otra ocasión que la misma paciente cuenta que explotó con su madre: “Le dije exactamente lo que sentía: que ella era cruel y ridícula, que no debió haberse casado o haber tenido hijos”.
En este punto, la respuesta del analista es: “Se lo debía a usted misma desde hace mucho tiempo”. Es interesante que el analista no sanciona crítica ni moralmente la agresión, aunque tampoco le concede un valor de verdad.
Con esto último me refiero al giro contemporáneo por el que a veces se considera que el enojo establece que su contenido es verdadero. Es posible que se trate de un gesto propicio, pero no por eso está justificado irreflexivamente.
La cuestión es qué hace alguien después de enojarse; si puede volver sobre su acción y darle curso a otra actitud, o si la usa para ensimismarse y declararse en posición de víctima incuestionable.
Dicho de otra manera, el enojo (la rabia, la ira, la furia, etcétera) es impensable si no va de la mano con una actitud de reparación. Aunque tenga razones para enojarme, igualmente me cabe una responsabilidad por ese acto. Margaret recogió los pedazos de jarrón.
Por esta vía es que pueden proponerse diferentes tipos de enojo. El más interesante es el que venimos declinando, en relación a una reparación posible; el más improductivo es el que toma un carácter narcisista y se posiciona en términos de un “Nada te debo”.
El enojo en psicoanálisis se asocia también a una diversidad de pacientes en la consulta. Por un lado, están los que vienen a análisis a hablar de síntomas que requieren desciframiento y eventualmente una reactualización en el vínculo. Por otro lado, están en los pacientes que buscan un analista menos para una elaboración que para lo que –en términos generales e imprecisos– podría llamarse una “reparación”. Es en estos casos que, por lo general, el enojo ocupa un lugar destacado.
No me refiero a la fantasía neurótica de que el analista se enoje (“me vas a matar”, dice un paciente que llega tarde a una sesión) sino a un enojo en acto asociado a situaciones que traen una frustración.
En estos casos, la expectativa no es la de que el analista interprete (un trabajo alrededor del sentido) sino que haga lo que el paciente necesita; lo central del tratamiento pasa a ser la cuestión de la falla en el vínculo y su tolerancia progresiva.
Si nos remontamos a la temprana infancia, el enojo ocupa un lugar destacado. Un bebé feliz es uno chinchudo, que arroja cosas, las golpea, que se encoleriza con la madre. Un bebé demasiado dócil es quizá uno que no está creciendo.
Para crecer, un bebé necesita rechazar, desplegar su agresividad como apoderamiento (cuando le saca las cosas a otro), afirmarse. El aspecto afirmativo de la hostilidad es un punto a favor de su ejercicio.
El psicoanálisis de pacientes graves confronta con la situación de personas que no han sido validadas en sus sentimientos tempranos y cuyo enojo ha sido objetado y reprochado (“Eh, siempre estás llorando o quejándote de todo”).
Por este motivo en los tratamientos es común una regresión a esa instancia dependiente en que se reviven las inhibiciones primarias, en busca de una rectificación. Este es el sentido específico en que puede proponerse un uso analítico de la agresión.
Este uso de la agresión no se confunde, como dije antes, con la justificación narcisista del odio como manera de hacerle sentir al otro lo que nos pasa, como si tuviéramos derecho a enojarnos solo porque sufrimos.
LL/MF
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