QUÉ VER
El romance (gay) está que arde en “Más que rivales”
Todo empezó con una señora de 37 en ese entonces, casada, dos hijos, periodista a la que le encantaba jugar al hockey y escribir ficciones, cuya formación literaria –citada por ella misma– la recibió en primer término leyendo El club de las niñeras, de Ann M. Martin, afamada seguidilla de relatos iniciáticos para chicas adolescentes que comenzó a editarse en 1986 (dando origen a un logrado film de 1995, y a una serie que salió por Netflix en 2020, siempre bajo el nombre del original).
Rachel Reid (1980) –tal el apelativo con que firma su obra esta redondita habitualmente con alegre sonrisa en las fotos, lejos de toda pose y más bien con aire de ama de casa aficionada a cocinar– terminó de escribir la novela Game Changers en 2018. Según declara, lo hizo movilizada por su gran interés de jugar al hockey sobre hielo (vetado a las mujeres cuando estaba en la secundaria), y por la indignación que le generaba la acentuada homofobia que notaba en ese deporte. Esa primera ficción se vendió bien y dio pie a una saga de seis libros (el segundo, Heated Rivalry, de 2019, quedó como nombre de la serie de tevé, en castellano difundida como Más que rivales).
En el proceso de escritura de Game…, Reid, venciendo su natural pudor, advirtió que, para contar una historia de amor entre varones (es la que se despliega en los caps 3 y 5 de la serie), correspondía narrar en detalle las escenas de sexo paralelamente a las de los partidos. Y arrancó publicando anónimamente fragmentos –que luego suprimiría en el libro– en sitios de fanfiction. Convencida del resultado final, pero aún con algún escrúpulo, presentó el manuscrito en Carina Press, sello LGBTQ+ de la editorial Harlequin. Y recién a los dos días se lo confesó a su marido Matt, que no se escandalizó ni nada por el estilo. Por fin, en las vísperas de la aparición de Game Changers en librerías, RR les avisó a sus padres.
La saga funcionó en su momento, pero sin llegar a los 650 mil ejemplares de fines del 2025, a partir del estreno –el 25 de noviembre– de la serie en Canadá, creada por Jacob Tierney, adaptador, guionista y director (que venía de laburar como actor y de dirigir unos pocos films y series sin excesiva repercusión). Jacob contactó a Rachel –que ya había recibido el diagnóstico de Parkinson– en 2023, con la idea de versionar algunos de los libros que trataban sobre relaciones íntimas ocultas de jugadores homo o bisexuales, sufriendo el temor al rechazo típico de los deportes masculinizados de élite. Obviamente, Jacob estuvo muy de acuerdo en dar detalles sin tapujos de los encuentros sexuales, a veces amorosos (salvando la exhibición de genitales).
La primera temporada (habrá pronto una segunda) de la serie Más que rivales se estrenó localmente durante febrero, culminando con el sexto episodio el viernes pasado, por HBO Max, con elevada audiencia in crescendo y tremendo eco en redes. Y para gente interesada en leer los libros que la inspiraron, la buena noticia es que se están traduciendo para el sello Montana de Penguin Random House.
Y Rachel Reid, que perdió el año pasado la poca vergüenza que le quedaba, anda con su Parkinson bien controlado y prosigue escribiendo sobre su temática favorita. Ahora fuera de la saga que le ha aportado celebridad, dólares y la satisfacción de haber producido ciertos efectos favorables en el descenso de la homofobia en deportes masculinos profesionales, en su país y probablemente en otros sitios.
El gran destape del director y de los actores que eligió
Casualmente de la misma edad que RR, tampoco es que Jacob Tierney fuera un desconocido en el cine y la televisión canadienses: entre sus labores como director, guionista, productor, etcétera, merece ser rescatada la serie en plan de comedia Letterkenny (2016-2023), siempre para la plataforma Crave, invadida por personajes queer en un lugar rural. Empero, nada realmente comparable a los logros artísticos y el impresionante impacto planetario de Más que rivales. Logros que se van superponiendo: el ojo infalible para descubrir que había una serie fuera de serie en la saga de Reid; la habilidad extrema para seleccionar, combinar, sintetizar personajes y episodios de novelas diferentes, potenciando el interés narrativo. Y antes de ponerse a grabar –con poca plata, alta eficacia y mucho arrojo–, escoger con insuperable acierto a dos perfectos desconocidos para encarnar a la pareja protagónica, a quienes hizo rendir de manera sorprendente…
Porque el texano Connor Storrie (a cargo de Ilya Rozanov) y el canadiense Hudson Williams (Shane Hollander), de veintipocos, con relativa formación y algunos papelitos en su haber, estaban trabajando de camareros cuando se presentaron al casting para los roles de capitanes de los Boston Bears y de los Montreal Voyagers, dos importantes equipos de hockey sobre hielo. Quizás sin saber que sus personajes iban a mantener un fulgurante romance clandestino que comenzaría por una imantada relación puramente física. Incluso maltratándose un poco verbalmente, y luego ir virando a sentimientos amorosos profundos. Que no menguarán la atracción de los cuerpos, pero sí harán lugar a la ternura y la revelación de las respectivas vulnerabilidades.
Además de esta pareja que se reencuentra y vuelve a prenderse fuego cada tantos meses o semanas, según las fechas de los partidos donde rivalizan, hay otra historia romántica en la primera temporada: la que protagonizan Scott Hunter y Kip Grady, un jugador veterano no asumido todavía y un barista fuera del armario. Ambos roles actuados con notable sensibilidad por François Arnaud y Robbie Graham. En el episodio que les concierne hay que rescatar especialmente una escena inusual y muy emotiva: un hijo varón adulto llorando desconsolado en brazos de su padre, que lo comprende y arropa.
Aparte de sus talentos de cineasta integral, Tierney evidencia intrepidez para dar vuelta el esquema habitual del romance en cine y series: dispone primero el choque físico del dúo protagónico en los dos primeros caps donde parecería que pone toda la carne en el asador, acaso demasiada si no fuese porque sitúa posteriormente la etapa de la seducción, la dulzura. Es decir, el sexo como primer lenguaje que intercambian Ilya y Shane en escenas de una crudeza que posiblemente supera todo lo visto en ficciones queer de las pantallas. Aquí corresponde un elogio para la coordinadora de intimidad Chala Hunter, que preservó a los intérpretes y –sin duda con aportes del director– marcó la arriesgada coreografía de los encuentros muy cercanos. A tal punto que los actores han comentado que fueron más difíciles las escenas de juego del hockey -por el frío, el agotamiento, el miedo de que se notara que no era deportistas de verdad- que las de la intimidad física.
Entre las mejores escenas por la hondura psicológica, la actuación de Storrie y Williams y la formulación en imágenes: el momento en que el duro y arrogante Ilya, ruso con dificultades para el idioma inglés, le desembucha su frustración y su dolor a Shane –que intuye a través de los tonos– en su lengua materna, por teléfono.
Desmontando el bastión de la homofobia
Los actores Hudson y Connor, propulsados al estrellato de la noche a la mañana, muy reconocidos por el público gracias a sus roles en la serie, fueron invitados a llevar la llama olímpica en los Juegos recientes de Milán. Otra consecuencia favorable al cambio de mentalidad conservadora de esta producción que, ni lerdos ni perezosos, los directivos de HBO compraron raudamente ni bien se vio en Canadá. Y hoy ya se puede mirar en muy diversos países. También en Rusia, donde la homosexualidad es ilegal; pero, claro, la ven de contrabando…
En parte gracias a producciones como Más que rivales, que provocan algo de morbo, es cierto, pero que llegan directo al corazón, está cayendo de a poco, el retrógrado bastión de la homofobia en los deportes masculinos de élite. Hay personalidades que ayudan, como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que recomendó las novelas de Rachel Reid para ser leídas durante la última gran nevada (dando por hecho que mucha gente había visto la serie), ofreciéndola como e-book y audiolibro en forma gratuita por parte de la Biblioteca Pública de la ciudad.
Entretanto, las mujeres –de cualquier edad, estado civil, orientación sexual–, según las estadísticas siguen integrando la gran mayoría de los/as espectadores/as enamorado/as de Más que rivales. Opinators, que nunca faltan, dicen que esa preferencia femenina se debe a que presenta a personajes masculinos menos tóxicos, menos dominantes y más atentos al deseo del otro, a sus necesidades (por más que Ilya y Shane fanfarroneen bastante en los primeros capítulos). Asimismo, las reseñadoras feministas de la serie. en distintos países, aprueban el diseño de los personajes femeninos, cómplices, empáticos, desprejuiciados. Bah, los/as mejores amigos/as de los gays. Si hasta la madre de Shane, controladora e interesada en el rendimiento pecuniario de su hijo es capaz de bajar la guardia y disculparse.
MS/MG