Las brujas de Bucha: las ucranianas que derriban drones rusos para vengarse de la ocupación
Recordar el asesinato de su hermana aún se le atraviesa en la garganta. Las tropas rusas la mataron durante los días de la ocupación de su ciudad, Bucha, símbolo de las atrocidades cometidas durante los primeros días de la invasión de Ucrania. Su asesinato es la razón por la que viste uniforme militar en vez de una toga. Es el motivo por el que abandonó los juicios por las guardias para derribar los drones que atraviesan su localidad. Por ella se convirtió en una de las conocidas como “Brujas de Bucha”. Fue jueza durante 35 años, hasta que Sanskia decidió cambiar la justicia por la venganza.
Poco más tarde de las 8 de la mañana, Sanskia y sus compañeras empiezan una guardia más en una de las casa donde operan las brigadas de voluntarios antidrones están preparadas para actuar en caso de que un dron atraviese su área de responsabilidad en la ciudad ucraniana de Bucha (en la región de Kiev). Hace casi cuatro años, blindados rusos atravesaban estas mismas calles durante los días de ocupación en el primer mes de la invasión de Ucrania, mientras Sanskia pasaba las horas encerrada en casa para evitar cualquier contacto con los soldados rusos. Ahora se dedica a perseguir drones.
-¿Por qué decidiste unirte a este grupo?
-Por venganza.
Ella era jueza, pero ya se ha cansado de la búsqueda de justicia. Ahora Sanskia quiere venganza. La mujer, de 52 años, desprende la autoridad del que fue su oficio. Sus órdenes son obedecidas por sus compañeras con rapidez. Su seguridad parece inquebrantable, hasta que nombra a su hermana.
Tras la liberación de Bucha, decenas de mujeres con familiares fallecidos durante la ocupación se ofrecieron voluntarias para reconstruir su ciudad. Recorrían sus bosques en busca de minas, participaban en formaciones militares y de primeros auxilios. Se hicieron llamar las Brujas de Bucha.
Según relata, abandonó la ciudad el 9 de marzo, antes de que existiera un corredor humanitario efectivo, después de pasar horas esperando unos autobuses de evacuación que, dice, “nunca aparecieron” y sin ninguna escolta que garantizara la salida. Recuerda que cientos de personas aguardaron desde primera hora de la mañana hasta la tarde y que, ante la ausencia de ayuda, acabaron organizándose por su cuenta. “La columna estaba limpia, sin escolta, sin nada. ¿Cómo salimos? Todavía no lo sé”, explica, insistiendo en que fue “pura suerte” y en la desorientación de los soldados rusos en los controles lo que permitió que muchos lograran huir. Describe escenas de confusión generalizada tras la caída de proyectiles en la zona y controles donde revisaban documentos y teléfonos, con civiles retenidos y algunos enviados a Rusia como prisioneros, de los que, asegura, “todavía hay gente allí que no puede ser liberada”.
Al volver a Bucha tras la liberación, asegura que lo que encontró fue “difícil de describir” y que ya durante la huida había visto “coches baleados con personas dentro” que no habían podido ser enterradas. Explica que las calles estaban destrozadas, con vehículos aplastados y casas dañadas, y que ni siquiera pudo llegar directamente a su vivienda porque las carreteras estaban intransitables. Relata que tuvieron que rodear zonas destruidas y que en el camino vieron un coche aplastado por un tanque con una persona aún dentro, una imagen que resume con una frase breve: “Fue horrible”.
Cuenta que las llamadas Brujas de Bucha surgieron casi inmediatamente después de la ocupación, dentro de los grupos de voluntariado que se organizaron en la ciudad. “Al principio eran sobre todo hombres, pero cuando empezó la movilización ellos se fueron a las Fuerzas Armadas y las chicas nos quedamos aquí”, explica. El nombre, añade, empezó como una broma interna —“era como decir que las chicas éramos brujas”— hasta que acabó consolidándose como una forma de identificarlas dentro de la unidad de voluntarios. Precisa que no se trata de una organización formal independiente, sino de un grupo femenino integrado en las brigadas locales: “Somos una unidad dentro de otra unidad, simplemente nos llaman las chicas”.
Con el paso del tiempo, su labor se fue adaptando al desarrollo del conflicto. Detalla que al inicio patrullaban la ciudad en busca de soldados rusos rezagados o grupos infiltrados y participaban en tareas de desminado y seguridad para proteger a los civiles. “Cambiábamos horarios y zonas para que la gente no entrara en lugares peligrosos”, señala. Más tarde, cuando comenzaron a sobrevolar drones, el grupo se especializó en su detección y derribo: “Al principio usábamos ametralladoras antiguas, Maxims soviéticas, y funcionaban. Luego empezaron a volar más alto y tuvimos que aprender y cambiar de armas”. Define ese proceso como “una evolución constante”, en la que ambos bandos se adaptan a la vez.
Sobre su decisión de dejar definitivamente la judicatura, sostiene que fue una cuestión práctica más que simbólica. Explica que durante un tiempo intentó compaginar las guardias en el tribunal con el trabajo en la unidad, pero que era imposible responder a casos urgentes —especialmente los que solo puede asumir un juez con amplia experiencia— mientras estaba de servicio operativo. “No podía estar aquí en la unidad y, al mismo tiempo, ir a ver un caso cuando me llamaban. Era incompatible”, afirma. Cuando reunió los años necesarios para jubilarse anticipadamente, decidió hacerlo: “Podría haber seguido trabajando, pero entendí que aquí tengo más oportunidades de proteger nuestros cielos”.
Desde entonces, describe una progresión dentro del grupo que empezó “desde abajo, con tareas muy sencillas”, pasando por oficial de servicio y funciones operativas tras recibir formación específica. Hoy controla operaciones relacionadas con drones y coordina al grupo vinculado al Ministerio del Interior. Subraya que la edad no fue un obstáculo, sino la voluntad: “No es cuestión de edad, es cuestión de deseo”. Y recuerda que su propia experiencia durante la ocupación, cuando incluso su coche fue tiroteado, influyó en su decisión final de quedarse y combatir desde Bucha: “Me salvé por instinto, quizá por mi formación previa. Por eso, cuando pude, vine aquí y me quedé”.
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