Testimonio

El Neustadt de los pobres

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A comienzos de los 90 un hombre se suicidó en vivo en un programa de Mauro Viale. Horror. Telebasura, dijeron las buenas almas. 

En aquellos años, yo era jefe de espectáculos en Página/12 y docente de la carrera de Comunicación en la UBA y allí partí a esperarlo a Viale a la salida del edificio de Figueroa Alcorta. 

Claro, las cosas no eran sencillas en ATC si uno venía de Página/12: un pequeño equipo de investigación del diario había publicado las notas sobre triangulación de publicidad que terminaron en la justicia federal (Comodoro Py era otra cosa, quien diría) y con la gestión de Gerardo Sofovich en el que todavía era el canal más poderoso de la Argentina. 

Gruñendo, como siempre, Mauro me dio la nota. Discutimos; me respetó lo que le dije; respeté lo que él dijo. La titulé “El Neustadt de los pobres” y traducía el asombro de nosotros, gente progre, universitaria, frente a esos dramas televisados en vivo. Desde la academia uno siempre pensaba que se podía hacer otra cosa. Que detrás de esa televisión brutal había una mano negra oculta que así distraía a los auditorios de las cosas realmente importantes, tales como el desguace del Estado que estaba haciendo la dupla Menem /Cavallo. 

Con los años comprobé que las cosas eran mucho, pero mucho más matizadas. 

Una, fundamental, que los auditorios siempre, SIEMPRE, eligen qué quieren ver y no hay mano negra que valga para manipularlos. Cuando uno ve la aceptación o el rechazo de los temas propuestos en el minuto a minuto del tablero de audiencias recibe un cachetazo de realidad: la gente mira lo que le da la gana. Y está bien que así sea. Los contenidos pueden ser políticamente correctos o no. No importa; cada uno elige. Pero no hay mano negra.

Y eso lo sabía Mauro mejor que nadie. Y lo sabía —visto desde hoy parece imposible— antes de que existiera el minuto a minuto. Eso, en este laburo, se sigue llamando olfato. Mauro era un pragmático: si medía un escándalo de chimentos, ahí estaba; si medía un caso de corrupción, también iba a estar. 

Mauro era una televisión que te agarraba del cuello y no te dejaba ir. Te quedabas viendo por curiosidad, por interés o por morbo. Mauro no pretendía perdurar, sólo entretener, que nadie dejara de verlo. 

Y estar, siempre estar. 

Mauro era una televisión que te agarraba del cuello y no te dejaba ir. Te quedabas viendo por curiosidad, por interés o por morbo. Mauro no pretendía perdurar, sólo entretener, que nadie dejara de verlo. Y estar, siempre estar.

Estuvo en los últimos 40 años de nuestras vidas: relatando mundiales en los ’80, haciendo programas de alto impacto en los 90, abriendo micrófonos para todas las voces en estos últimos 10 años de grieta política.

Le gustaba medir mucho, claro que sí, pero más le gustaba estar. 

Estar en cámara, en radio, estar, como un piloto que vuela y, aunque ya veterano, sigue disfrutando de acumular horas y más horas de vuelo.

La televisión es como una ventana más de las casas. Por esa ventana entran vecinos a los que los auditorios quieren o detestan pero a los que, con los años, con el ESTAR, se van acostumbrando. 

Pero un día esos vecinos que tanto estuvieron se van. 

Y uno, que se había acostumbrado a discutir con ellos, queda estupefacto. 

Mauro Viale llevaba 40 años (¡¡40 años!!) de estar y discutíamos lo que hacía, pero estaba.

Ahora ya no está más.

Con Maradona pasó algo similar: siempre estaba, más gordo, menos gordo; más kilombero o más tranquilo, siempre estaba. Ya no está más.

O Menem: más joven, más viejo; más mentiroso o menos, siempre estaba. Ya no está más.

Con Mauro Viale, con Maradona, con Menem se va una época. 

Uno está tentado a decir “los 90”. 

En todo caso se va una manera de hacer las cosas basada en el instinto, el carisma, la simplificación y la sintonía con lo popular. Ellos tres la tuvieron. Y los amamos u odiamos. 

Ya no están más.

RG