La política es el arte de lo improbable y tiene la capacidad de derribar certezas con la misma rapidez con que las construye. En la carrera presidencial chilena Evelyn Matthei lideró por más de dos años las preferencias. Luego, tras las elecciones primarias oficialistas de junio pasado, Jeannette Jara, irrumpió con fuerza en la carrera presidencial y José Antonio Kast tomó la delantera, dejando a Matthei en el tercer lugar y dando por hecho que la segunda vuelta presidencial sería entre la candidata oficialista y el líder opositor republicano. Sin embargo, en el último tiempo el escenario parece estar cambiando.
En los últimos días la hipótesis inesperada de que el balotaje sea entre los dos candidatos de derecha mejor posicionados en las encuestas ha vuelto a instalarse con fuerza en la conversación pública.
Y es que el estancamiento de Jara en los sondeos, más que un traspié pasajero, pareciera ser que es algo más permanente, que da cuenta de que la candidata oficialista tocó techo. Este panorama se explica en una serie de factores propios y particulares del sistema político chileno de las últimas décadas. Una querida amiga del mundo político me comentó hace algunos días que en nuestro loco país siempre gana la oposición en las elecciones, porque el voto de castigo es muy fuerte. Y tiene mucha razón. Si se analiza el historial electoral reciente, desde la victoria de Piñera en 2017 a la de Boric en 2021, se observa una clara tendencia a castigar al gobierno de turno, un fenómeno que se profundizó, tras el retorno del voto obligatorio.
Jara, al representar la continuidad de una administración con alta desaprobación, se arriesga a enfrentar directamente el voto de castigo del electorado. La alta desaprobación del gobierno de Gabriel Boric, que en las últimas mediciones se ubica consistentemente por sobre el 60% —según encuestas Cadem de julio de 2025—, sería un lastre difícil de superar. Esta situación la sitúa en la trampa de un laberinto autoinfligido. El oficialismo, en su intento por defender su legado y, a la vez, proyectar a Jara como el rostro de la renovación, se ha quedado a medio camino. Ni logra ser el cambio que prometió, ni el continuismo que necesita para movilizar a sus bases. El resultado es un dilema de identidad que el votante chileno, probablemente, no está dispuesto a resolver.
Si a lo anterior se suma que Jara es la primera candidata comunista a la presidencia en cuatro décadas (en un país anticomunista) sus probabilidades disminuyen considerablemente y es una realidad que comienzan a internalizar en las filas oficialistas. No es casualidad que varios economistas de la exconcertación hayan rechazado sumarse a su comando, que otros hayan anunciado que votarán por Matthei, y que algunos candidatos al Congreso no quieran sacarse fotos con la candidata oficialista a la presidencia. Su polémico programa y su falta de equipo económico amplifica las dudas y podría explicar su estancamiento en las preferencias de los votantes.
En este escenario, toma fuerza la posibilidad de que sea Matthei y no Jara la que pase con Kast a segunda vuelta. No es una locura pensar que muchos votos progresistas apostarán por la carta de Chile Vamos, Democrátas y Amarillos para evitar que el candidato republicano pase a segunda vuelta. No sería la primera vez que el electorado de centro se moviliza para evitar que gane una figura de un sector extremo.
Matthei, por su parte, ha construido un relato de “alternativa viable”, un polo de estabilidad en medio del caos. Si bien la candidata sigue en tercer lugar, hoy no se puede descartar que comience a ganar posiciones en la medida que se campaña (y entiendo que es lo que están apostando) se posicione como la alternativa más competitiva para enfrentar a Kast. Después de todo las alianzas con los partidos de centro izquierda, Republicanos y Amarillos por Chile, son pasos en ese sentido.
Si la segunda vuelta fuera entre Kast y Matthei, el progresismo chileno, además de enfrentar un derrumbe histórico, deberá decidir a quién apoyar. Su dilema será anular o contribuir con su voto para evitar que la extrema derecha llegue al gobierno en Chile.
Esta “hipótesis germano-alemana” (por la coincidencia de los apellidos Kast y Matthei, un guiño al origen de ambos) sería una disputa por el alma de la derecha y una lección de humildad para el progresismo.
ERM/MG