La guerra en Medio Oriente
Un militar expulsado, una charla sobre zapatos y un vuelo desesperado: cómo se gestó el ataque de EE.UU. contra Irán
Quizás el más inesperado de los numerosos extraños intercambios sucedidos en la antesala del ataque de EE.UU. e Israel a Irán fue la invitación del enviado especial de Donald Trump, Steve Witkoff, al ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, para que se reuniera con él y el yerno de Trump, Jared Kushner, en el portaviones Abraham Lincoln.
La idea de que Araghchi abandonaría las conversaciones sobre el futuro del programa nuclear iraní que se estaban celebrando en Omán para visitar el buque enviado al golfo Pérsico con el fin de desbancar a su Gobierno resulta peculiar, cuanto menos.
Pero también es una muestra de las maneras poco ortodoxas de Kushner y Witkoff a la hora de abordar las conversaciones nucleares, que se extendieron a lo largo del año pasado y el presente, y fueron interrumpidas en dos ocasiones por los bombardeos israelíes y estadounidenses.
Un diplomático de un país del golfo con conocimiento directo de las conversaciones y muy enfadado por el comportamiento de Witkoff y Kushner describió a la dupla como un “activo israelí que ha conspirado para forzar al presidente de EE.UU. a entrar en una guerra de la que ahora trata desesperadamente de desembarazarse”.
Witkoff no presume de ser un experto en la región; en una de sus últimas entrevistas se refirió al estrecho de Ormuz como “golfo de Hormuz”. En otra, reconoció que conocía solo a grandes rasgos el programa nuclear iraní, pero insistió en que era “competente para discutir sobre él” porque lo había “estudiado”.
Quizás fuese así, pero en las cinco sesiones de la primera ronda de conversaciones que se celebró el año pasado —antes de la guerra de 12 días de junio—, Witkoff apenas tomó notas y estuvo acompañado únicamente por Michel Anton, un ensayista y filósofo político de ideas guerreras que no conocía en detalle el expediente nuclear de Irán. Se entendía que Anton tenía en Washington un equipo técnico de apoyo y en alguna ocasión, como en mayo de 2025, este planteó exigencias técnicas muy sesudas, pero en las conversaciones nunca se dieron muestras de ese nivel de conocimiento.
Cuando se reanudaron las conversaciones en Omán, el 6 de febrero, Witkoff rompió el protocolo y, para sorpresa del ministro omaní de Exteriores, Badr bin Hamad Al Busaidi, se presentó en Mascate con el almirante Brad Cooper, comandante de las fuerzas de EE.UU. en Oriente Medio, vestido con el uniforme naval completo. La explicación de Witkoff fue que “justo pasaba” por ahí. Los anfitriones omaníes pidieron amablemente a Cooper que se fuese.
Este escenario contrasta con el que preparó el Gobierno de Obama para las conversaciones con Irán de Viena, en 2009. El equipo contó entonces con 10 altos cargos de cuatro departamentos diferentes, y las reuniones se extendieron durante tres días con sus noches, durante los cuales los negociadores estuvieron en contacto permanente con Washington para comprobar los detalles del acuerdo propuesto.
El modo en que fracasaron estas últimas conversaciones indirectas no solo es una cuestión de curiosidad histórica, o una vía para echar la culpa retrospectivamente a alguien por el estallido de una guerra tan desastrosa, sino para saber si ahora sigue cabiendo un acuerdo exclusivamente sobre materia nuclear, o bien si hará falta un pacto de más amplio espectro.
Es importante porque, si el Gobierno iraní resiste, está claro que crecerán las llamadas en el seno del país por hacerse con el arma nuclear. El supuesto comunicado de la semana pasada del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, no hizo referencia a si la fetua que en su día emitió su padre, el asesinado Alí Jamenei, para prohibir el uso de armas nucleares seguía vigente. A las puertas del ministerio de Exteriores, en Teherán, se han celebrado manifestaciones que han exigido que no se vuelva a negociar con EE.UU..
Los participantes en las negociaciones dicen que al avance de la guerra contribuyeron los malentendidos sobre el funcionamiento del programa nuclear iraní —por ejemplo, sobre la función y la demanda de uranio del Reactor de Investigación de Teherán, el alcance de los planes para el futuro programa nuclear o los ofrecimientos para que empresas estadounidenses tuviesen un papel en la economía del país.
Witkoff también estrujó el calendario de manera que el 17 de febrero también celebró conversaciones con Ucrania, lo que dejó únicamente tres horas y media para departir con los iraníes. Dado que, por petición iraní, las conversaciones iban a ser indirectas, los intercambios fueron muy cortos, para frustración de los participantes.
Los iraníes dicen ahora que creen que las conversaciones no eran más que un subterfugio diseñado para dar tiempo a EE.UU. a reunir a su armada. Wikoff dijo, a su vez, que los iraníes estaban siendo “falaces”, dados a las “tretas” y que siempre hubo “gato encerrado”.
“No por haber tenido más tiempo y mayor conocimiento habríamos visto garantizado el acuerdo, pero habría venido bien. Puedo decir que, de todas las explicaciones que se han dado, los iraníes son los que normalmente han dicho la verdad”, dice un diplomático del Golfo.
La oferta de Ginebra
Irán debe asumir cierta responsabilidad. Nunca ha hecho pública su oferta para el nuevo acuerdo, un documento de siete páginas con un anexo que enseñaron a Witkoff durante la ronda de conversaciones final en Ginebra, pese a los llamamientos a que lo hiciese.
Araghchi ha dicho que confía en que la verdad de lo que sucedió el día definitivo, el 26 de febrero, se conozca pronto. Pero él mismo podría hacerlo si publicase la oferta iraní —aquella que el asesor de seguridad nacional de Reino Unido, Jonathan Powell, que estuvo presente en las reuniones, entendió como aceptable—. Kushner admitió que se podía haber presentado un acuerdo mejor que el que suscribió Obama en 2015.
Quizás también fue un error no permitir a Witkoff que guardase una copia de la oferta, que luego podría haber enseñado a cargos con más competencia técnica en Washington. Según el enviado, esta reticencia era señal de que los iraníes no buscaban el acuerdo, sino ganar tiempo.
Pero la directora del departamento de política de no proliferación de la Asociación de Control de Armas, Kelsey Davenport, entiende que es comprensible que los iraníes no quisieran entregar copia de su posición negociadora habida cuenta del historial de Trump, que acostumbra a publicar material confidencial en su cuenta en la red Truth Social, de la que es dueño.
“Si yo fuese Irán, daría por hecho que Trump compartiría los detalles de las negociaciones en Truth Social y con [Benjamin] Nentanyahu y que habría una presión concertada de los israelíes para hacer descarrilar el proceso diplomático”, indica Davenport. “No me sorprende, por lo tanto, que Irán no quisiese compartirlos”.
Pero el núcleo de lo que se proponía en Ginebra empieza a conocerse lentamente. Cargos británicos informados de su contenido indicaron que les parecía un buen acuerdo, algo sobre lo que trabajar. En parte porque, al contrario que en el acuerdo nuclear de 2015, no incluía una fecha de caducidad.
De los documentos había desaparecido la mención al plan para crear un consorcio regional de enriquecimiento encabezado por EE.UU., que había sido una de las bases de las rondas previas de conversaciones. Se había alcanzado un acuerdo general para el regreso de la supervisión de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA). Bajo la supervisión de la agencia, Irán se desharía de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% de que dispone. Este material, que se cree que está bajo los escombros de la planta de Fordo, no se exportaría, como se había planteado anteriormente, sino que se empobrecería, un procedimiento que se entiende generalmente como irreversible.
El mayor impedimento era la negativa de Irán a renunciar al derecho a enriquecer uranio en su programa nuclear futuro, y esto requeriría, llegado el momento, de disponer de 30 centrifugadoras, muchas menos de las actuales. Esto podría presentar una amenaza en la medida en que el régimen de inspecciones no fuese el mejor. Irán aceptaba que, vista la destrucción de las plantas de enriquecimiento de Fordo y Natanz, este no se reanudaría durante varios años. En el último día de las conversaciones de Ginebra, Irán ofreció una moratoria de entre tres y cinco años, más allá del término de la presidencia de Donald Trump. Pero tras una consulta telefónica con el presidente durante un descanso para comer, Witkoff insistió en que el plazo debería ser de 10 años. EE.UU. dijo que pagaría por importar combustible nuclear durante esa década.
En esa jornada decisiva —dos días antes de que EE.UU. e Israel lanzasen el ataque— los dos equipos negociadores también habían llegado a un acuerdo para levantar el 80% de las sanciones que pesan sobre Irán, según una fuente implicada en las conversaciones. Omán dijo que habrían hecho falta al menos entre tres y cinco meses para cerrar los flecos.
Así que la cuestión estaba, sin ninguna duda, más cerca de allanarse que con las exigencias de máximos de EE.UU. el 29 de mayo del año pasado, dos semanas antes de que Israel emprendiese la guerra de 12 días contra Irán.
Antes de las conversaciones finales, Irán hizo saber que EE.UU. se beneficiaría de una “bonanza comercial” si firmaba el acuerdo. Hamid Ghanbari, viceministro de Exteriores, dijo a empresarios iraníes este mes que en las conversaciones con EE.UU. se había hablado de “intereses comunes en los campos del petróleo y el gas, incluidos campos conjuntos [con países limítrofes], así como inversiones en minería e incluso la compra de aeronaves civiles.
Con el fin de las conversaciones de Ginebra, tras las que ambas partes se limitaron a firmar un comunicado sobre los avances realizados, el ministro de Exteriores de Omán vio como obvio que la guerra era inminente, y viajó apresuradamente a Washington para explicar que veía muy próxima la posibilidad de un acuerdo. Pero su propuesta de reducir el almacenamiento a cero no tenía tanta potencia como la del cese total del enriquecimiento.
Ese viaje a la carrera a través del Atlántico da muestra de la impresión de Omán de que Witkoff y Kushner, por pura ignorancia o adrede, no estaban contándole a Trump la realidad sobre el avance de las negociaciones. Tampoco tenían muy clara la capacidad de concentración del propio Trump. Un intento anterior por informar al presidente del estado de las conversaciones se fue al traste cuando el presidente cambió el tema de conversación por uno de sus favoritos: los zapatos. Visto en retrospectiva, quizás hubiese sido mejor idea haber enviado a un emisario de mayor rango para captar la atención de Trump. La guerra empezó al día siguiente.
“Podrían haberse resuelto muchísimos problemas”
Witkoff ha alegado que Irán experimentó una situación análoga a la de los antagonistas de Perry Mason (un acerado abogado de la literatura y la ficción televisiva estadounidense) cuando se descubrió que el régimen había sido descubierto almacenando uranio enriquecido en su reactor de investigación. Pero estas pruebas eran conocidas desde hacía tiempo.
La documentación estadounidense desde el arranque de las hostilidades también ha mostrado discrepancias al respecto de si el programa de misiles balísticos de Irán era una línea roja que debía formar parte de las conversaciones.
Katariina Simmen, profesora adjunta de la Universidad de Defensa Nacional de Finlandia, opina: “El Gobierno de Trump es insondable. Es un circuito cerrado. La comunidad estadounidense dedicada al control de armas ha tenido grandes dificultades para ofrecer su opinión experta sobre física nuclear, al equipo de Trump parece no interesarle. La mayor de las frustraciones es, probablemente, que el acuerdo habría permitido a la IAEA regresar a Irán, y podrían haberse resuelto muchísimos problemas”.