Día de la Memoria

El 24 de marzo contra la lógica del silencio

Militantes de organizaciones políticas, sociales, sindicales y de derechos humanos camino a Plaza de Mayo luego para participar del acto convocado por el Día de la Memoria.

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Cuando decimos que un pueblo recuerda, en realidad decimos, en primer lugar, que un pasado fue activamente transmitido a las generaciones contemporáneas a través de los canales y receptáculos de la memoria y que, después, ese pasado transmitido se recibió como cargado de un sentido propio. En consecuencia, un pueblo olvida cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando ésta rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo. Así explica Yerushalmi los entramados de la memoria y la necesidad de entenderla más allá de su dimensión puramente individual.

En ese sentido, cabría preguntarse –retomando las inquietudes de Ricoeur- ¿de qué hay recuerdo? Y ¿de quién es la memoria?

Vale la pena comprender que la memoria tiene siempre un carácter social, cualquier recuerdo, por muy personal que sea, existe en relación con un conjunto de nociones que nos dominan más que otras, con personas, grupos, lugares, fechas, palabras y formas de lenguaje, incluso con razonamientos e ideas, es decir, con toda la vida material y moral de las sociedades de las que formamos parte. En palabras de Halbwachs, no hay “dos memorias sino una, y ésta resulta de una articulación social”. 

No hay memoria en el vacío absoluto, no existen regiones de nuestro pasado hasta tal punto fuera de nuestra memoria que toda imagen suya no pueda relacionarse con ningún recuerdo, y sea una imaginación pura y simple, o una representación histórica exterior a nosotros. Están quienes sostienen, como Bergson, que todo el pasado permanece entero en nuestra memoria tal como ha sido para nosotros, pero ciertos obstáculos, en particular el comportamiento de nuestro cerebro, nos impiden evocar todas sus partes. Otros, como el propio Halbwachs, señalan que lo que persiste no son imágenes totalmente confirmadas en alguna galería subterránea de nuestro pensamiento, sino, en la sociedad, todas las indicaciones necesarias para reconstruir esas partes de nuestro pasado que concebimos de forma incompleta o indistinta o que incluso creemos enteramente salidas de nuestra memoria. Por eso, la memoria de los otros refuerza y completa la individual, pero siempre en un marco que habilita esa articulación.

De tal modo, podemos concebir a las memorias colectivas no sólo como una serie de informaciones o de imágenes del pasado, sino también como conjuntos de actitudes prácticas, cognitivas y afectivas que prolongan de manera irreflexiva las experiencias pasadas en el presente. Pero, surge con claridad, que estos comportamientos son posibilitados, resistidos –e incluso impedidos- de acuerdo a las condiciones políticas vigentes.

En Argentina, la transición democrática, con sus bemoles, apuntó fuertemente a la creación de un escenario propicio para el ejercicio de la memoria colectiva. El Juicio a las Juntas Militares de 1985 significó un emblema y una referencia para la gramática acerca del Estado de Derecho que aquí intentábamos reconstruir, pero también para los procesos de justicia transicional que afrontaron otros países. De igual modo, los juicios por la memoria, la verdad y la justicia, iniciados a partir del año 2003, configuran mojones insoslayables, no sólo por el impacto propio de las sentencias emitidas, sino también –y fundamentalmente-, por sus aportaciones a la reflexión común.

La contracara está dada por la denominada “lógica del silencio”, muy presente en ciertas coyunturas políticas –Chile, España o en la Francia de la posguerra- en la que la voluntad de reconstrucción es vivida como contradictoria con mensajes ligados a los horrores del pasado. Los silencios respecto del franquismo español acreditan con creces esta indicación, entre otros ejemplos incluso más cercanos en el tiempo. Ocurre, o se intenta que ocurra, lo que Yerushalmi llama el “olvido social”, apelando a una “necesidad de reconciliación” o de dejar atrás el dolor sufrido. Así, se fuerza una invisibilización que, más temprano que tarde, acaba fracasando, porque como sintetizan Francoise Davoine y Jean –Max Gaudillière “cualquiera sea el sufrimiento, cualquiera sea el silencio, hay una necesidad que conduce las historias forcluidas hasta el decir. Si por alguna razón esas historias no pueden ser transmitidas entonces serán dichas por boca de otro”.

Elizabeth Jelin nos enseñó que las fechas y los aniversarios son momentos de activación de la memoria. La esfera pública es ocupada por la conmemoración, en efecto, el trabajo de la memoria se comparte. Aparecen las voces de nuevas y viejas generaciones que preguntan, relatan, crean espacios intersubjetivos, comparten claves de lo vivido, de lo escuchado, o de lo omitido. Allí se inscribe nuestro 24 de marzo, como una, de las tantas “marcas o hitos de memoria”.

La paradoja de la memoria, explica Paolo Jedlowski, reside en que el pasado estructura el presente a través de sus legados, pero es el presente el que selecciona estos legados reteniendo algunos y abandonando otros al olvido, y que constantemente reformula la imagen del mismo pasado, contando siempre una y otra vez la historia. Por ello, es nuestro presente, necesariamente, un tiempo de memoria.

Profesor e Investigador de la Facultad de Derecho de la UNR

Master in Global Rule of Law and Constitutional Democracy

CC

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