OPINIÓN

Los amigos que perdí

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Nuestra sociedad es una de cal y una de arena. Por un lado, desacraliza algo, pero muy rápidamente, por el otro, idealiza otra cosa con una furia muchísimo mayor. Estamos lejos, realmente lejos, de experiencias que incrementen nuestra libertad.

Por ejemplo, en los últimos años se habló mucho de la maternidad deseada, en contra del mandato de procrear. No obstante, la nueva forma de ser madre es: si lo elegiste, tenés que hacer todo bien. Esto recuerda la frase de Jacques Lacan: “Lo que no está prohibido, se vuelve obligatorio”.

Y donde creemos que no estamos obligados, donde pareciera que actuamos por deseo, es que aparecen las normas más severas. La cultura contemporánea ya no tiene mandatos para ofrecernos, limitarnos, regularnos, sino más bien imperativos (la famosa “exigencia personal” por la que muchos consultan) con los que tenemos responder por nuestras elecciones.

Las estructuras no se están cayendo: son cada día más rígidas y así se multiplican las normas con que nos evaluamos a nosotros y los demás –sobre todo desde una perspectiva moral. Ya casi nadie puede decir algo sin estar haciendo una valoración axiológica. Alguien dice que se siente solo y, luego, agrega: “Pero también está bueno a veces estar solo, ¿no?”.

Mencioné antes a Lacan, quien también dijo alguna vez que el de la libertad era un “delirio moderno”. Todos quieren ser libres, pero no hacen más que esclavizarse más. Buscan la liberación en morales cada vez más restrictivas, con las que justifican sus fracasos para ser sujetos de deseo.

Un sujeto de deseo está sujetado al deseo, no conoce más libertad que la de su sujeción, por la que está dispuesto a perder y, llegado el caso, perderse. Un sujeto de deseo está herido por un destino que solo puede realizarse si no se tiene la expectativa de poseerlo. El delirio moderno es de creerse amo en un barco, a cargo del timón.

Toda esta introducción es para llegar al tema del que me interesa escribir hoy. De la misma forma que ocurrió con la maternidad, hace unos años se empezó a criticar a la pareja, como un tipo de vínculo basado en la hipocresía y una exclusividad impuesta. No me interesa tanto el desarrollo hacia el poliamor y las relaciones abiertas, sino la última versión de esta nueva orientación: la celebración de la amistad.

Es cierto que tradicionalmente la amistad fue vista como un vínculo de segundo orden respecto de la pareja. En un libro cuestioné este punto de vista, pero sobre todo para destacar que son experiencias totalmente distintas. El nuevo prejuicio está en proponer que la amistad es “mejor” que la pareja.

De esta forma se creó una nueva escala valorativa: la pareja es cerrada, la amistad es abierta; la pareja es restringida, la amistad es redentora; la pareja exige prioridad, la amistad es habilitante y así podría continuar la contraposición de rasgos que parece olvidar que la amistad también incluye motivos propios de la pareja, como los celos y la posesividad.

Se dirá que esta última no es la verdadera amistad. Y así se resolverá el problema de un modo trivial, duplicándolo: habrá una mala amistad (la que se parece a la pareja) y la buena amistad. En fin, este tipo de soluciones neuróticas no me satisfacen, porque vuelven a poner el problema en el origen: la necesidad de idealización como vía para enfrentar un conflicto.

Una de las represiones que facilita la idealización de la amistad está en suponer que el amigo es quien no le pone condiciones al vínculo, como si no hubiera miles de amistades basadas en que al otro le vaya mal

Es claro que en nuestra sociedad muchas personas tienen severos problemas para estar en pareja; sea por sus aspectos narcisistas, por sus fijaciones dependientes, por esperar que el amor sea una solución, etcétera. El pasaje a la celebración de la amistad es un refresco edulcorado, como los que Žižek suele decir que ofrece el capitalismo actual: café sin cafeína, cigarrillos sin alquitrán, sexo sin erotismo, etcétera.

En particular, una de las represiones que facilita la idealización de la amistad está en suponer que el amigo es quien no le pone condiciones al vínculo, como si no hubiera miles de amistades basadas en que al otro le vaya mal. En efecto, no son pocas las amistades que se inician con una desgracia compartida.

Si algo me parecía interesante de la pareja es que, durante todo este tiempo, fue posible poner de relieve que es un vínculo ambivalente, que aúna el amor y el odio, que la pareja es algo complejo y oscuro, a veces sórdido. Llegamos a este punto y, como puñal en la espalda, el moralismo contemporáneo ahora canta las purezas de la amistad.

Quiero aclarar: tengo amigos. Quiero a mis amigos, también a veces los odio y creo que no se puede ser amigo de alguien a quien no se odia un poco. Porque no se puede amar lo que no incluye alguna variación del odio. Un amigo no es un doble, una continuación con otro de la relación con uno mismo, nada más lejos de la amistad que la unión en la “causa común”.

El amigo es alguien a quien le permitimos el odio como vía de relación con aquella parte de nosotros mismos de la no queremos saber. Antes que la definición aristotélica de la amistad en términos de otro yo, prefiero la de Nietzsche, capaz de decir que es preciso odiar a los amigos.

Y esto último me lleva a una última consideración. Nada más perjudicial que la idea de que la amistad es “para siempre”. Así como el amor es finito, también algo muy importante de la amistad es que concluya, que implique sus distancias y alejamientos, no necesariamente a partir de algún conflicto, sino por efecto del tiempo –un buen amigo es, en última instancia, un buen recuerdo.

La nueva moral de la amistad hace recaer en este tipo de vínculo las expectativas más o menos frustradas en la pareja y, de aquí a un tiempo, lo va a terminar pudriendo. Porque eso es lo que ocurre con las idealizaciones, que primero presentan un paisaje hermoso y después nos damos cuenta de que son de cartón.

En estos días leí Los amigos que perdí, de Jaime Bayly. Soy un gran admirador de este gran escritor, sobre todo porque es capaz de ir hasta la fibra íntima de los conflictos que son propios de los vínculos, sin necesidad de matizarlos. Haber perdido amigos es una vivencia maravillosa. Conservar los mismos amigos toda la vida es la mejor señal de traición a uno mismo. Es creerse libre en una baldosa.

LL/MF