Soy Gorda (Esegé) Narraciones

Brenda Mato, modelo Plus Size: “Por primera vez vamos a tener una tabla de talles que nos represente y torcer el camino hacia esa búsqueda de una belleza ajena”

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Ella dice:

Tenés derecho a recibir amor y respeto, y a vivir tu vida más allá del tamaño que tengas.

Los estándares de belleza también son violencia machista.

No te compares.

Ningún cuerpo es todo lo que está bien.

Para muchos ser gordo es peor que la muerte.

Nos tenemos.

Quien habla es Brenda Mato, de 32 años, una de las modelos Plus Size más reconocidas del país. Tiene casi 150 mil seguidores en Instagram, nació en Lanús, vive en Avellaneda con su marido, Santiago, y sus gatas, Sara y Francisca. Además de exhibir ropa colorida, atractiva y muy variada de distintas etiquetas, estudia sociología en la UBA, milita el activismo por la diversidad corporal y forma parte del Colectivo de Gordes Activistas de Argentina. Fue una de las impulsoras de la Ley de Talles Nacional. Logró así aunar la estética con una ética inclusiva.

Conocer historias singulares como la suya me convierte en testigo de procesos vitales de transformación de personas con figuras distintas a las que impone el paradigma dominante, gente que combate cada día contra esa tiranía y está construyendo otras formas bellas de estar y de pensarse a sí misma. Son personas que han podido conectarse con su deseo, correrse de la victimización a las que las condena la sociedad y empoderarse con la alegría que da la lucha por el derecho a una vida digna. Ellxs están escribiendo biografías que son un faro.  

Volvamos entonces a la historia de Brenda a quien la pediatra mandó a hacer dieta antes de cumplir el año de vida y que padeció bullying durante su adolescencia, pero cuyos atractivos outfits actuales incluyen la inspiración de la diversidad en diseños que, por ejemplo, remiten y homenajean a ciudades como Nueva York, Tokyo, Salzburgo, Positano y París, están lejos de la frivolidad hueca y nos muestran que la sensualidad no es patrimonio de unos pocxs.

El modelaje es su medio de vida y una manera de activar lo gordo, es decir “de cuestionar la idea de normalidad y de luchar contra la violencia sistemática y estructural que se ejerce sobre los cuerpos diferentes”, ese maltrato conocido como gordofobia o gordoodio. 

Ese activismo tuvo su origen histórico en los años 70, en los Estados Unidos. Nació vinculado a los movimientos de derechos civiles con la difusión del primer “Manifiesto Gordo”, el cual reclamaba derechos básicos para las personas con cuerpos disidentes, discriminadas por sus rollos, ese documento fue escrito por las fundadoras de Fat Underground, un grupo feminista que proponía distintas herramientas para iluminar y acompañar a las personas sufrientes por no tener un cuerpo como imponía la norma social. En la Argentina la lucha contra la discriminación corporal se inició aproximadamente en 2011, cuando a nivel local y regional se mezcló con otros activismos de diversidad corporal y sexual y empezó a desplegar acciones colectivas.

Brenda conoció primero el Body Positive, un movimiento que nació del activismo gordo, “pero que es su primo tibio, aunque súper necesario, porque a veces el activismo más duro puede resultar chocante y el Body Positive es un punto de partida con una gran llegada, aunque resulte insuficiente en algún punto. En fin, empecé haciendo activismo sin saberlo, compartiendo mi historia en redes sociales y en 2015 conocí AnyBody Argentina, de la cual formé parte hasta 2019”. 

“El activismo es un espacio que me permitió y me permite hacer muchas preguntas y encontrar algunas respuestas frente a cosas que me pasan. También es un canal para generar comunidad con otras personas que comparten las mismas vivencias y ese compartir nos une con el propósito de generar políticas de cambio reales, con un impacto auténtico en la vida cotidiana”.

El modelaje también fue una casualidad, dice entre risas. “Desde que tengo 4 años hago danza clásica, jazz, salsa, árabe, de todo” y en la adolescencia sumó la comedia musical cuando se entrenó también en canto y actuación“. En 2013, una amiga suya, dueña de una marca de ropa a medida, le pidió si se animaba a hacer unas fotos para mostrar otras corporalidades. ”Enseguida le dije que sí, como actriz es divertido jugar a ser personajes que jamás te imaginaste y aquello fue una locura. Al compartir las fotos, más y más gente se empezó a contactar conmigo y eso siguió creciendo sin parar“. Entonces descubrió que el modelaje ”es muy exigente con el cuerpo, pero no con las medidas sino con tomar conocimiento de él y saber manejarlo para compartir pasiones y transmitir emociones e ideas a través de las fotos“.

Brenda le dedica parte de su tiempo a crear contenidos que difunde a través de las redes sociales. “Tengo el privilegio de vivir de lo que me gusta y me encanta, sobre todo porque es difícil que el arte te ofrezca trabajo”. A muchos de sus colegas se les hace extremadamente difícil ganar dinero para sustentarse con el arte.

Sus charlas y capacitaciones sobre activismo corporal son muy disfrutables y despertadores de conciencia. En lo personal, las clases de danza y natación, y sus sesiones de terapia, “son espacios vitales imprescindibles”, asegura.

Si bien tuvo la oportunidad de trabajar con marcas poderosas, “a la mayoría de las grandes les sigue costando mucho abrirse a otras corporalidades. Me suelen contratar marcas chicas, independientes, emprendimientos que apuestan a la diversidad. Las modelos como yo representamos a una gran cantidad de personas que por mucho tiempo estuvieron invisibilizadas y eso me produce una gran responsabilidad. Todos los días recibo mensajes donde la gente me cuenta que, gracias a ver mis imágenes, se animan a usar ropa y maquillaje que jamás creyeron que podían ser para ella. Gente que, por primera vez en treinta años, se pone un traje de baño o una remera sin mangas impulsada por el hecho de verlos puestos en un cuerpo similar al suyo”.

Tiene claro que la transformación para una inclusión generalizada es lenta. “Estamos luchando para que suceda, pero aún las normas siguen siendo las mismas. Activo y hablo de estos temas porque soy optimista y confío en que los cambios ocurran, pero también veo que cuando se avanza surgen focos de mucha resistencia y reacción para que todo siga igual”.

Brenda hoy considera que su cuerpo es maravilloso. “Me fascina todo lo que puedo hacer gracias a él, es un instrumento de expresión y de vinculación con los otros, no sólo dentro del microclima del universo gordo”. De todos modos, en el pasado no fue la excepción a los mandatos generales. “Todas las personas criadas en este sistema somos gordofóbicas porque la sociedad lo es. Nadie está libre de eso. Crecemos aprendiendo a criticar las corporalidades ajenas y nos repiten todo el tiempo que ser gordo está mal y hay que combatirlo. En las redes sociales es constante el ataque que recibo. Desde mandarme a hacer dieta, intentar descalificarme usando la palabra gorda como insulto, hasta quienes en nombre de la salud intentan callarme. Me he quedado fuera de muchos trabajos por mi tamaño y conseguir ropa sigue siendo complicado. Ni hablar de la consulta médica en consultorios donde se focalizan en dietas preexistentes, ignoran el resto de los síntomas, no tienen en cuenta tus emociones, ni tu forma de vida”.

Su gordofobia interna “está bastante controlada desde que entendí que mi cuerpo vale, independientemente de su dimensión y de mi estado de salud. Si bien no considero que la gordura sea una enfermedad, si así lo fuera, nada justificaría la violencia contra las personas que tenemos tamaños más grandes. Al manejar mi propia gordofobia pude controlar la que yo misma ejercía hacia afuera y hace tiempo que dejé de hacer comentarios sobre el cuerpo de los demás”.

Una de las grandes esperanzas es que “por primera vez vamos a tener una tabla de talles que nos represente y nos muestre tal cual somos, con nuestra diversidad. Es un paso enorme para descolonizar las ideas y torcer el camino hacia esa búsqueda de una belleza ajena, eurocéntrica, que nos empuja a intentar ser algo que no somos ni seremos jamás. Se están abriendo puertas para nuevas políticas públicas antidiscriminatorias que hagan de la convivencia algo menos hostil”.

 

 LH