SOY GORDA (ESEGÉ)

¿Con o sin emoción?

29 de agosto de 2026 09:18 h

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Con un padre marxista y actor, era frecuente escuchar en mi casa de la infancia algunas líneas de diálogo de los personajes de Bertold Brecht que le tocó interpretar.

Eran los ensayos domésticos que experimentábamos mis hermanas y yo, dando vuelta las páginas de los libretos tipeados en máquinas de escribir, para que nuestro padre probara la agilidad de su memoria, el buen desempeño en sus roles y cumpliera además con el deber de un militante materialista y dialéctico. El dramaturgo alemán era una sólida visita inmaterial, como si fuera el fantasma de un tío fallecido, que nos venía a revelar ideas luminosas, como que la Historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. En la Argentina de hoy, sería como farsa trágica.

De aquel hombre de flequillo y lentes, autor de Madre Coraje y sus hijos y de La Ópera de tres centavos, se cumplen setenta años de la muerte. Con esa excusa, la directora y docente teatral Julieta Grinspan tomó el aniversario para revisitarlo con las Jornadas Épicas: “Brecht aportó la idea de que existen otras maneras de ser y hacer en las artes escénicas, no sólo la tradicional. Y fue un pionero. Quisimos mirar de cerca sus pasos, motivados por la fecha. El teatro de Brecht busca desnaturalizar lo que percibimos como natural. Mueve a que podamos ver lo extraordinario en lo cotidiano y se asienta en la posibilidad de que la realidad pueda ser transformable. Ese es el camino largo ya no en línea recta, sino a los saltos, aunque no siempre exista la voluntad de transitarlo”.

El hombre que formó binomio creativo con el músico Kurt Weill, el mismo que jugaba metódicamente al ajedrez y tocaba el laúd en su primera juventud, comenzó a leer El Capital en 1926, exactamente hace un siglo, una obra monumental y situada, que ensambla la economía con la política y marcó para siempre su producción estética.

Como otros artistas compatriotas, Brecht huyó del nazismo, viajando a los Estados Unidos y se separó de su primera mujer, quien adhirió al régimen de Hitler.

Es cierto que con el tiempo ciertas ideas envejecen, sobre todo si se las repite dogmáticamente. Pero no siempre sucede, sobre todo cuando las nuevas generaciones son capaces de recuperar su espíritu de cambio, su ampliación y adaptación no forzada en nuevos contextos. No es que neguemos la derechización global, pero los procesos de la Humanidad no son fijos y la relación de fuerzas dinámica. “Éste es un momento especial para conmemorarlo: nos indica la urgencia de repensarnos en términos artísticos, sociales, políticos y culturales”. Se cumplen 70 años ¿sin Brecht? “No, desmiente Grinspan, su legado nos advierte que debemos mantenernos despiertos. Por eso, lo trajimos a través de encuentros y debates que ponen la lupa en lo extraordinario de lo cotidiano”, renovando las lecturas en torno a su obra.

En paralelo, en el Teatro Alvear, con coproducción entre el Complejo Teatral de Buenos Aires y el Teatro Colón, se está dando una nueva versión de La Ópera de tres centavo en una traducción de Onofre Lovero, uno de los primeros en poner a Brecht en los escenarios porteños.

La pedagogía de Brecht formó parte de un momento particular del país en el que, inmerso en las discusiones culturales e ideológicas, se parió el teatro independiente y se articuló lo político con la actuación, el texto, los cuerpos, para que el trabajo en la escena no sea mero entretenimiento, no distraiga ni emocione al público ya que las sensaciones y sentimientos, pueden opacar la razón, base de la conciencia revolucionaria.

No es que el suyo haya sido un realismo social, al estilo soviético. En lo absoluto, rompió con el sentido común, el más común de los sentidos, invitando a leer el revés de la trama. Existe un eco, alguna resonancia brechtiano en el espectador actual? ¿Qué hilos arrojaron y sobreviven hoy para darle continuidad en el contexto adverso y hostil con que el gobierno maltrata a la cultura? ¿Funciona su dramaturgia

como un espacio de pensamiento, de goce y de transformación?, se pregunta la organizadora de las Jornadas Épicas. “Tal vez el desafío sea interrogarnos para qué y de qué manera lo traemos. Lo que no sabremos nunca es qué diría Brecht sobre el trabajo físico, ese lenguaje maravilloso de algunos colegas de hoy. Chaplin fue uno de sus actores de referencia y quizás el creador de Galileo lo acompañaría con el clarinete, sonreiría, se limpiaría los anteojos. En cuanto a su legado, me gusta pensarlo como una invitación a gestar pensamiento crítico, no reproductivo”.

El setenta aniversario supone una apertura en los derechos de representación y es posible que los herederos artísticos se multipliquen “en otras formas, otros colores, que remitan a él, pero que no sean un sistema de creencias cristalizado”.

¿Podríamos afirmar que lo estético estuvo en algún momento escindido de lo político? “Basta con estar inmerso en la ciudad y producir, apreciar o ser parte de la máquina teatral para constatar que lo político va a definir siempre, lo admitamos o no”. Dice un poema que el analfabeto político es tan burro, que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que no le interesa la política.

Esa negación abruma tanto como el efecto que provoca el plato que se sirve digerido. El cocinero que acompaña en su carromato a Madre Coraje durante la guerra dice que comer hace buena a la gente. El pan es prioridad, también los libros encabezan la lista de lo deseable y necesario. Pero se trata de que los combustibles estén en buen estado, que el alimento sea sabroso y no huela mal, y que las páginas que viven en las bibliotecas nos abran los ojos.

LH/MF