Opinión

La enorme tradición artística y cultural rusa nada tiene que ver con guerras

Ballet Real del Moscú. Su representación de El lago de los cisnes en el teatro Helix de Dublín fue anulada “en solidaridad con el pueblo de Ucrania”.

Martín Baña

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De golpe, y como un efecto colateral de la invasión a Ucrania, comenzaron a verse en Europa cancelaciones de artistas rusos y cierto malestar con diversos elementos de su cultura. El 25 de febrero la Unión Europea de Radiodifusión emitió un comunicado en donde informaba que los participantes de Rusia no debían intervenir este año en el famoso concurso de canciones de Eurovisión, que la entidad produce. En el mismo comunicado la Unión se declaraba, paradójicamente, “apolítica”. El ballet no quedó de lado: las actuaciones que la compañía del Ballet de Siberia debía realizar en el teatro de Royal & Derngate de Northampton durante los últimos días de febrero fueron canceladas. El 26 de febrero fue el turno del Ballet Real de Moscú, cuya representación de El lago de los cisnes en el teatro Helix de Dublín fue anulada “en solidaridad con el pueblo de Ucrania”. Sin ir más lejos, la prestigiosa Royal Opera House rescindió el contrato para la gira del no menos prestigioso Ballet del Teatro Bolshoy una vez conocida la invasión decidida por el Kremlin. Tal vez el caso más renombrado haya sido el de las estrellas de la música clásica, Anna Netrebko y Valery Gergiev. La soprano cedió a la presión internacional y publicó un posteo en sus redes sociales lamentando la guerra. Pero luego lo borró aduciendo que era inaceptable obligar a los artistas a manifestarse en contra de su país. Automáticamente varios de sus contratos, como el que tenía con la Opera Estatal de Baviera, se cayeron. Al director de orquesta también se le exigió que condenara públicamente la invasión. Pero se mantuvo en silencio y fue cesanteado de su cargo en la Orquesta Filarmónica de Múnich. Esto generó un efecto dominó: se le pidió la renuncia a la presidencia honoraria del Festival Internacional de Edimburgo y la Filarmónica de Rotterdam canceló la edición de este año del festival que el director realizaba allí anualmente. Hay más: el 1º de marzo el equipo organizador del Festival de cine de Cannes publicó un comunicado en el que anunció que este año no recibiría delegaciones oficiales rusas. El colmo llegó cuando la Universidad Bicocca de Milán quiso “posponer” unas conferencias sobre Fiódor Dostoievsky que el profesor Paolo Nori debía dictar allí aunque, a diferencia de los anteriores casos, la presión de profesores y alumnos obligó a la universidad a dar marcha atrás. Sin embargo, las cancelaciones continuaron: el 9 de marzo la Orquesta Filarmónica de Cardiff anunció que no era “el momento apropiado” para tocar la música de Piotr Chaikovsky y su Obertura 1812 (¡compuesta en 1880!) fue reemplazada en el programa por obras de Elgar y Dvorak.

Los ejemplos podrían seguir (y de hecho pasamos de largo las cancelaciones deportivas y académicas, que las hay también) pero lo mencionado es representativo de cierta rusofobia que siempre anda dando vueltas por el cielo europeo y que resurge cada tanto con más o menos fuerza. Como si las sanciones económicas y diplomáticas no fueran suficientes para evitar que el conflicto se recaliente, ahora se le suman sanciones culturales que cancelan obras o artistas que huelan a ruso. Esto no es nuevo, y tiene larga data, incluso antes de que en 1917 los bolcheviques tomaran el poder. Para Europa, Rusia siempre fue un otro cultural. Cercano, pero otro al fin. Por lo tanto, le negó la posibilidad de ser parte de ella y colocó en ese territorio todos los rasgos negativos y reprobables que, al mismo tiempo, servían para reforzar por la positiva la propia identidad europea. Una suerte de castigo que renegaba de una parte constitutiva del continente. Hasta el propio Karl Marx no pudo escapar de esta visión. Sin embargo, Rusia adoptó la religión cristiana, consolidó formas de gobierno que buscaron sus orígenes en la antigua Roma (zar, entre otras cosas, es la forma reducida de César), retomó tradiciones culturales y aportó elementos teóricos para debates que tuvieron su origen en Europa, como la propia idea de comunismo. Cuando hablamos de Occidente deberíamos preguntarnos si Rusia no pertenece a esa tradición también, aun si lo hace desde un lugar más periférico.

Desde el siglo XIX, el arte ruso portó con una misión: ser un espacio de debate político y filosófico capaz de canalizar las aspiraciones democráticas de la sociedad en medio de un contexto dominado por la autocracia, la censura y la servidumbre. A veces jugándose la vida o poniendo en riesgo su libertad, los artistas produjeron obras que excedieron el mero objetivo estético. Por ello podemos decir que muchos de ellos pertenecieron a la intelligentsia, ese grupo social que no solo se dedicó al trabajo intelectual y creativo sino que también –y allí residía su rasgo fundamental –colocó su saber a la resolución de los problemas fundamentales de Rusia y se postuló como la conciencia social de su país. A ellos les debemos la existencia de una riquísima y vasta tradición cultural y artística cuyas obras exceden la simple contemplación o el mero entretenimiento y, por el contrario, son un insumo central para pensar el mundo contemporáneo.

Al revés de lo que las cancelaciones culturales podría generar, muchas de las producciones de esa enorme tradición cultural y artística se podrían utilizar hoy tanto para llamar la atención sobre las atrocidades de la guerra como para condenar a regímenes autoritarios. Los ejemplos abundan y podrían ocupar varias páginas. En el siglo XIX, las pinturas de Vasily Vereshchaguin no se cansaron de denunciar los horrores de la guerra, como se observa en Apoteosis de la guerra y en Skovelev en Shipka, por citar solo dos casos. En sus últimos años Lev Tolstoy reflexionó sobre el pacifismo y sus ideas llegaron a maravillar al Mahatma Gandhi, al tiempo que escritores tales como Iván Goncharov y Nikolay Chernyshevsky denunciaban la servidumbre de la sociedad rusa. Modest Musorgsky hizo cantar al iurodivy sobre el dolor de Rusia en su Boris Godunov y Nikolay Rimsky-Korsakov denunció al zarismo en su ópera El gallo de oro. Ya entrado en el siglo XX, Vasily Grossman se atrevió a revelar el rasgo autoritario de un régimen como el estalinismo en su excelsa novela Vida y Destino y Dmitry Shostakovich sintetizó la valentía y la resistencia de un pueblo frente al fascismo en su Sinfonía Leningrado. Evgueny Evtushenko incluso evidenció el antisemitismo en un poema cuyo objeto se sitúa en Ucrania, Babi Yar. Durante los años de la Revolución, Vladímir Maiakovsky llamó la atención sobre aquellos que “no recuerdan el olor a pólvora” en su fascinante y extenso poema La guerra y universo y el afamado director de cine Serguey Eisenstein recurrió a una escena filmada en la mismísima ciudad de Odessa para denunciar la barbarie de la represión zarista, en su clásico Acorazado Potemkin.

Una guerra la deciden los dirigentes que gobiernan un país, no sus pueblos ni sus artistas. Si miramos con atención atención, la enorme tradición artística y cultural rusa nada tiene que ver con guerras ni con regímenes autoritarios. Más bien, todo lo contrario. No es ahí donde hay que cancelar.

MB

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