SOY GORDA (ESEGÉ)
Excéntrico, juguetón y cotidiano
La joven Liora Spilk filmó una película sobre la tierna relación que estableció con Pedro Friedeberg, el artista visual mexicano de origen judío alemán. Puede verse en Netflix y narra la amistad de la cineasta con el creador que falleció el último marzo, a los 90 años. No lo conocía y descubrí su universo fantástico gracias a mi hermana Marcela.
La historia audiovisual retrata con ternura, gracia e intimidad a esta figura fantástica del arte azteca del siglo veinte. Narra el arco que va de cierta atmósfera de indiferencia frente a la realizadora hasta la construcción de una sólida amistad.
“Hay mucho en que inspirarse, más bien afuera de los museos”, decía el hombre fascinante que nació en Florencia, Italia, en 1936. Simpático, elegante, se calzaba un sombrerito distinto en cada ocasión y llegó a producir más de 5 mil obras: escaleras que no llegan a ninguna parte, sillas-manos ergonómicas, altares y cajas esotéricas, tipografías ilustradas forman parte de su estilo ecléctico y maximalista. Se consideraba un mal dibujante, (“Nunca hubiera podido con la Capilla Sixtina”), pero fue prolífico y atrevido.
De vacaciones por la vida, como sus memorias, se llama la muestra que puede verse en estos días en el Museo de los Pintores de Oaxca y estará abierta hasta el 2 de agosto. Su casa, a la que se accede por una habitación de azul pleno, está en San Miguel de Allende, Guanajuato, y guarda su legado. Avioncitos, cajas de fósforos, juguetes, objetos geométricos y barrocos, más su propia producción.
A los dos años llegó con la familia a su país de adopción huyendo de la persecución nazi. La tierra azteca fue la fuente principal de inspiración de Pedro. Entró a la Universidad Iberoamericana para estudiar arquitectura, aunque abandonó la carrera luego de que el escultor Mathias Goeritz reconoció su talento excepcional.
Su infancia inmigrante transcurrió junto a una comunidad extranjera que incluía científicos e ingenieros ateos, teosofistas vegetarianos, millonarios estadounidenses y aristócratas europeos extravagantes, seguidores de Peter D. Ouspensky, Emanuel Swedenborg, George Gurdjieff y León Trotsky.
Se nutrió de los colores y las celebraciones originarias y criollas mexicanas. Él mismo era un excéntrico. En los años 60 integró el grupo Los Hartos, irreverente y experimental, en contra de la rigidez del arte moderno. Fue un referente del surrealismo latinoamericano. Elementos bizarros, oníricos y una fina ironía imprimen su obra.
De la popular María Félix consideraba que “era un fenómeno, bastante desagradable por mala actriz, intensa e impositiva, pero era bellísima y conversba hasta las tres, cuatro, cinco de la madrugada, como una reina”.
Friedeberg siempre integró su experiencia de vida al gran cuerpo radial de obra. Fue testigo y partícipe en la evolución de la historia del arte de la segunda mitad del siglo veinte. Fue amigo de Man Ray, Max Ernst, Leonora Carrington, Remedios Varo, Alexander Calder, Kenneth Noland, Saul Steinberg y Salvador Dalí.
En una carta manuscrita en París el 23 de febrero de 1963, el poeta francés André Breton describió la mano-silla, la obra más conocida de Friedeberg, como surreal. Incluyó elementos pop en sus trabajos, mucho antes de que fueran vanguardia. Su obra comenzó como una protesta contra la arquitectura funcionalista y minimalista derivada de la Bauhaus. Exaltó el academicismo; se enamoró del adorno y en su lucha contra el buen gusto exploró la desmesura y los pliegues del neobarroco.
La diversidad de los soportes y los temas en la obra de Friedeberg lo colocaron en el centro creativo desde el cual, como los rayos del sol, surgió cada una de sus líneas de exploración estética manifestadas en objetos que, en una primera mirada, parecieran ser de estilos y autores diferentes; sin embargo, en su conjunto, componen un cuerpo coherente.
Las creaciones de Friedeberg son configuraciones muy diferentes entre sí: esculturas de madera tallada y oro de hoja, ensamblajes de objetos encontrados y transformados, geometrías con volumen y características antropomórficas, torres con elementos multiculturales similares a los objetos virtuosos de las catedrales u objetos que evocan a la infancia y el juego. También obras bidimensionales -pinturas de escenografías teatrales barrocas y manieristas con un toque de surrealismo, de espacios creados de poemas y citas escritas- o con figuras geométricas que se repiten desde uno o dos puntos focales, de planos arquitectónicos y urbanísticos, a veces con múltiples puntos de fuga.
Diseñó series y variaciones o proyectos de arquitectura idealizados que revisitan los estilos históricos, acompañados de listas y diagramas enciclopédicos, fórmulas matemáticas, símbolos lingüísticos, místicos y religiosos, animales reales y fantásticos.
La casi totalidad de su obra está marcada por el cinismo, un profundo sentido del humor gracioso e irónico, una afición al absurdo y lo ridículo, incluso sobre sí mismo. El humor y la erudición fueron una constante en la personalidad de este hacedor de una vida abierta, multicultural.
Artista sui generis, dialogó con el arte óptico, el arte pop y el conceptualismo, pero retomó el ornamento como el elemento principal al volver la historia de la imagen desde el Renacimiento al presente.