ENSAYO GENERAL
La incomodidad del progresismo frente a sus propios “machos”
Pido disculpas anticipadas por la franqueza, pero a veces lo más elegante es el enfoque derecho, viejo: ¿por qué el progresismo tendría que hacer una revisión profunda cada vez que alguno de sus íconos, líderes o integrantes resulta ser un machista? Es un tipo de reacción que aparece muy rápido en redes sociales ante escraches como el de Nacho Levy. Yo quizás soy anticuada, ya lo dije la semana pasada, pero en asuntos de ética y de política no le suelo ver la ventaja a posicionamientos estéticos como ser canchero. Es cierto que la pregunta es capciosa y malintencionada, igual que la pregunta por el “zurdo con iphone”. Y sin embargo, creo que tampoco se la puede despachar tan fácil (igual que a la pregunta por el zurdo con iphone: si estás en contra, por ejemplo, de que un bien se consiga barato en Buenos Aires, no me parece mal que te pidan explicaciones por comprarlo barato afuera para vos como si no te aplicaran los costos de tus propios principios).
Algunas son claras: ninguna organización es responsable por acciones de sus miembros o líderes que no tiene mecanismos para controlar. Si Nacho Levy hubiera, por ejemplo, malversado fondos, se podría hablar de una responsabilidad institucional, porque hay buenas razones para que una organización tenga sistemas de controles y chequeos de sus finanzas; pero nadie puede saber de una situación de violencia en una pareja hasta que alguien la cuenta públicamente. La responsabilidad de la organización empieza en ese momento, y sí se puede juzgar a una agrupación o un partido o un gobierno por cómo procede ante una denuncia pública o privada.
En este punto sí creo que empiezan los problemas, o al menos los problemas que me interesan a mí. Ante una denuncia y una respuesta institucional, comienza el debate sobre si esa respuesta fue o no fue proporcionada: debate imposible, casi siempre, no solo porque la proporcionalidad ya es difícil de pensar en general, sino porque en la mayoría de los casos, la información pública que circula sobre las acciones en cuestión es muy opaca. Tiene que haber una forma de discutir públicamente sobre la gravedad relativa de las acciones de una persona, valga la redundancia, pública. Hace un par de semanas escribí sobre la necesidad, o no, de los detalles sobre un caso policial: creo que hay una diferencia central entre un delito y una conducta que no sabemos si se configura como delictiva y que nadie ha ido a denunciar a la justicia penal, pero que deviene pública por la persona involucrada. Quienes tienen que saber qué pasó son quienes juzgan, y en un caso es la Justicia, de modo que el público general puede quedar más o menos afuera de los detalles sin que eso tenga demasiadas consecuencias (salvo, claro, por el hecho de que necesitamos un control ciudadano de la justicia, y por esos detalles deben estar disponibles para las organizaciones de abogadas que ejercen ese tipo de activismo). Pero en un caso como el de Nacho Levy, ¿qué se juzga? ¿Quiénes juzgamos? Son los miembros de una agrupación, y no solo sus miembros explícitos, todas las personas que se sienten involucradas políticamente con ella, los que tienen que poder discutir qué piensan de la conducta de una figura pública. Creo, y este es otro rasgo anticuado, que podemos y debemos exigirles más a las personas que dan la cara por nuestras ideas: a las personas que, al ensuciar su nombre, ensucian también el nombre de una causa. Podemos perfectamente afirmar que el estándar para sacar a alguien de una posición de poder debería ser mucho más alto que el estándar para echar a alguien de un trabajo de subsistencia. Pero en cualquier caso, para poder discutir quién cae en qué caso necesitamos hablar claro. Lo único que debería proteger el anonimato son los nombres propios de las víctimas que no deciden hablar públicamente. Dejar el resto de la información en el terreno del chisme solo resta claridad a expensas de ninguna privacidad.
Pero no estoy hablando de cualquier posición de poder, finalmente: estoy hablando, desde el principio del texto, de posiciones de poder al interior de estructuras de organizaciones que representen ideas progresistas, de izquierda e incluso feministas. Hay una respuesta obvia: si las conductas sexistas de estos líderes molestan más es porque además del sexismo tenemos la hipocresía. Es gente que participa de charlas contra el patriarcado, que se define feminista. ¿Sería mejor, entonces, que no lo hicieran? Pienso que no es esa la pregunta importante. Lo que quiero pensar es qué decimos, qué estamos diciendo, si nos defendemos argumentando que no tiene “nada que ver” conocer el contenido de las ideas feministas con atenernos a él. Puede que no sea la defensa brillante que imaginamos decir que un hombre puede saber todo sobre perspectiva de género y noviazgos violentos y así y todo ser un novio violento. O más bien: si pensamos que esto es cierto, entonces, ¿para qué se supone que sirve difundir y comunicar una perspectiva feminista? ¿Para hablarles a quienes, de todos modos, ya tenían las intuiciones correctas, y solo terminan poniéndole un marco teórico a una ética que ya tenían? Me lo pregunto sinceramente, también desde el lado de las víctimas. Todas las mujeres sabemos que una puede ser la feminista más informada del mundo y terminar enroscada en una dinámica violenta de manual, porque nadie se cree de manual. Todos estamos viviendo nuestras vidas como podemos y suponiendo que son excepcionales, únicas, de artesanía. ¿Pero entonces? ¿Tienen razón los conservadores, los libertarios, los antiprogres, cuando dicen que gran parte de lo que hacemos no sirve para nada? Si no se le puede dar forma al deseo, ¿qué se supone que hacemos al conversarlo? Me recuerda un poco esa respuesta del final de Anne Hall, sobre seguir haciendo algo aunque no sepamos del todo para qué sirve, aunque sintamos que solamente estamos rodeando el problema; mantenemos una relación con una gallina imaginaria porque necesitamos los huevos. Pero la vida no es una comedia romántica, y los remates ingeniosos no son suficientes.
TT/MG