QUÉ ESCUCHAR

Lo mejor de 2023: Cruces de géneros, tradiciones, posmodernismo y después

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Primera conclusión: se habla de discos. Rolling Stone, The Times, NPR, Pitchfork, Gramophone, DownBeat, The New York Times, Diapason, The Guardian, The Wire o The New Yorker hablan de discos. Nadie los compra, nadie los tiene en sus manos pero, en su rara encarnación inmaterial, se los escucha. Hay, por supuesto mucha audición rápida, impaciente, parcial pero también muchas personas que prestan atención, que se detienen, que buscan y que, aún con la concesión del Random –un equivalente actual de las radios y los disc jockeys de antaño– dedican a los discos gran parte de su vida.

Segunda conclusión: Como decía hace más o menos un año, la primera persona del singular, esa encarnación del mal para el periodismo de varias décadas ­–por lo menos en la Argentina– se hace inevitable para hablar de los mejores discos del 2023, que no son otros que los que me han parecidos los mejores a mí, descartando los muchos de los que ya he hablado en esta sección a lo largo del año y que constituyen en gran medida el núcleo de esta lista.

En una muy rápida recapitulación: Brad Mehldau y Your Mother Should Know, la revisita de Elvis Costello a Burt Bacharach en The Songs of Bacharach & Costello, Mélusine de Cécile McLorin-Salvant, Seven Psalms de Paul Simon, Dante de Thomas Adés, EADDA9223 de Fito Páez, Dream Box de Pat Metheny, François-Xavier Roth, la orquesta Les Siècles y su versión del Boléro de Maurice Ravel, Meshell Ndegeocello y The Omnichord Real Book, Evenings at the Village Gate, la edición de grabaciones inéditas de John Coltrane junto a Eric Dolphy, Bebel Gilberto y Joâo, I Inside the Old Year Dying, de PJ Harvey, Benarés, de Carlos Casazza, La voix humaine de Francis Poulenc por Véronique Gens, los Quintetos para cuerdas de Mozart por el Cuarteto Ébène y Antoine Tamestit en segunda viola, las Sinfonías de Carl Nielsen por la Orquesta Nacional Danesa con dirección de Fabio Luisi, Vidrio de Titanic, Semillas de milongas de Martín Liut, Bertrand Chamayou y sus Letter (s) to Erik Satie, Ernesto Jodos y Durmientes, Pablo Socolsky y Esperando la lluvia y La falacia del espantapájaros del Pollo Raffo. A continuación, entonces, encontrarán mi personal ­–e inevitablemente arbitraria– lista de los diez mejores (otros) discos del último año. Apenas una entre muchas posibles. Cada uno, también inevitablemente, la corregirá, la discutirá y hará la suya propia.

El estadounidense Sufjan Stevens comenzó en el mundo del nuevo folk nortemericano pero, en el multiverso pos posmoderno ya nada es como en los tiempos de Bob Dylan y Joan Baez. Los folklores se mezclan, es posible escuchar instrumentos de cuerda africanos u oboes de Medio Oriente en el medio de una canción cuya rítmica remite a la tradición de los Apalaches y, por supuesto, ni la electrónica, ni la irrupción del ruido ni las orquestas –a veces demasiado ampulosas– están excluidas. La crítica “inteligente” de su país –Ptchfork, The New Yorker– lo adora pero, más allá de chovinismos (norte)americanos, en Javelin hay varias grandes canciones y un intérprete capaz de comunicarse con quien escucha como si estuviera a su lado, munido principalmente de su voz y una guitarra.

La música para piano de Heitor Villa-Lobos fue dedicada, casi en su totalidad, a Arthur Rubinstein. Es, en muchos casos, de una dificultad extrema para los intérpretes y, a veces, de una fragilidad desarmante. Será por eso que casi nadie la toca. En Villa-Lobos: Do Brasil el gran pianista francés Wilhem Latchoumia recorre el universo microscópico y genial de sus chôros y cirandas y culmina con el monumental Rudepoêma, posiblemente los 20 minutos más endiablados que se hayan escrito para el piano y la fuente en la que abrevó Egberto Gismonti para sus aventuras polirrítmicas. Un repertorio tan maravilloso como infrecuente, en interpretaciones memorables.

Le temps virtuose, de la saxofonista y compositora Sophie Alour, como muchos de los mejores discos de jazz, cuestiona al jazz, sus procedimientos y sus límites de géneros (y de género). Con un grupo excelente (Pierre Perchaud en guitarra, Guillaume Latil en cello y Anne Paceo en batería) entra y sale de la improvisación libre, se acerca al rock deja entrever perfumes de la tradición académica. Un disco bello y desafiante.

Carlo Gesualdo, príncipe de Venosa y conde Conza, era un compositor de madrigales casi secreto hasta que se hizo famoso. Lo que lo llevó al estrellato, en los fines del siglo XVI, no fue el poderoso dramatismo de sus canciones y la osadía en el uso de disononancias sino el hecho de haber matado a cuchilladas, en su propio lecho matrimonial, a su esposa, la bellísima Maria De Ávalos, y a su amante, Fabrizio Carafa, duque de Andria y de Ruovo. La celebridad lo llevó a ser contratado por una de las cortes con mayor –y más vanguardista– actividad musical de su época, la de Ferrara. Sus dos últimos libros de madrigales, el Quinto y el Sexto (que no llegó a publicar en vida) son extraordinarios y abundan no sólo en audacias musicales sino en poesías perfectas –y perfeccionistas–. Una muestra es el texto de “S’Io non miro, nos moro”: Si no miro no muero,/ no mirando, no vivo;/ por lo tanto muerto estoy, pero no de vida falto./ Oh milagro de amor, ah, extraña suerte,/ que el vivir no da la vida y el morir no da la muerte. Les Arts Florissants, con la dirección de Paul Agnew, cantan, de manera ejemplar, cada nota y, también, cada palabra.

Samara Joy, a diferencia de Cécile McLorin Salvant o, más atrás, de Cassandra Wilson, es una cantante de jazz bastante ortodoxa. No sorprende por una concepción estética novedosa o por un repertorio imprevisto. Sorprende gracias a una de las voces más bellas que puedan imaginarse y un conocimiento, tan intuitivo como profundo, de las reglas del jazz y, sobre todo, de un credo que se ha asentado en sacerdotisas como Ella Fitzgerald, Carmen McRae y Sarah Vaughan. Samara Joy, en Linger Awhile, con un grupo que incluye al fantástico guitarrista Pasquale Grasso, a Kendric McCallister en saxo, Donovan Austin en trombone, el pianista Ben Paterson, Terell Stafford en  trompeta y flugelhorn, Kenny Washington en batería y, en contrabajo, David Wong, logra, simplemente, un gran disco de jazz.

El catalán Federico Mompou vivió mucho, casi cien años (entre 1893 y 1987) y compuso poco, pero genial. Su gran colección de obras para piano tiene un título magnífico que, por otra parte, resume su inasible y enigmático estilo: Música callada. El pianista británico Stephen Hough encuentra el tono justo, hecho de pequeñísimos gestos y matices, para esta música al borde del silencio.

Aníbal Troilo grabó dos temas en 1938, en formato de sexteto, y, luego de un hiato de tres años, comenzó con la larga y luminosa carrera al frente de su propia orquesta. La edición dedicada a esos comienzos, publicada por el sello Lantower con una restauración sonora magistral llevada a cabo por Roberto Sarfati y Diego Vila, se divide en dos discos. El primero va de 1938 a 1941 y el segundo de 1941 a 1942 y el orden de los temas sigue cronológicamente los números de matrices originales. Realizada a partir de fuentes originales es la primera edición que decide no sacrificar la riqueza de planos y de matices en la piedra sacrificial de la ausencia de soplido. El resultado es sorprendente.

Wayne Shorter fue, posiblemente, el único saxofonista de la generación inmediatamente posterior a John Coltrane capaz de labrar un estilo propio a partir de su influencia inevitable. Compositor, además, de varios de los temas más importantes del jazz posterior al bop –entre ellos los más famosos del segundo quinteto de Miles Davis– fue también el partenaire de Joni Mitchell durante décadas y el fundador, junto con Joe Zawinul, de Weather Report. Murió en marzo de este año pero alcanzó a rubricar su testamento con un disco notable: la grabación de su concierto en el Festival de Jazz de Detroit en 1971, al frente de un grupo de estrellas, la contrabajista Esperanza Spalding, la baterista Terri Lyne Carrington y el deslumbrante pianista argentino Leo Genovese.

Uno de los descubrimientos de este año –para mí– fue la voz de Anohni. En My Back Was a Bridge for You to Cross, un disco que ronda eso que antes se llamaba canciones de protesta, va de la balada desolada, como la casi expresionista “Scapegoat” o de la intimidad de “Silver of Ice”, al manifiesto hendrixiano de “Go Ahead” y la explicitación directa de “You Be Free”. Nacida en Inglaterra y radicada en los Estados Unidos, Anohni Hegarty es una artista transgénero de originalidad notable. Incidentalmente, en la tapa del disco aparece retratada Marsha P. Johnson, una activista pionera en el Movimiento de liberación LGBT.

El pianista de jazz Vijay Iyer, la cantante Arooj Aftab y Shahzad Ismaily en teclados y electrónica, en Love in Exile hablan, claro, del exilio y, también, del amor. Más allá de la extranjería que los une en Nueva York, provienen de tradiciones musicales diversas y lo notable de ese disco es que no se sumergen en un caldo indeterminado o en un cóctel sin personalidad sino todo lo contrario, Cada uno de los tres está presente con su personalidad –y sus tradiciones–. Y el resultado, por encima de cualquier género– los trasciende a los tres.

Diego Fischerman es autor del blog El sonido de los sueños: https://xn--sonidodesueos-skb.com/