OPINIÓN
Miguel Lifschitz, la política como forma de cuidar
A cinco años de la muerte de Miguel Lifschitz, me cuesta hablar de él solo en pasado. Hay ausencias que no se expresan solo en la tristeza que dejan, sino también en la presencia persistente de su ejemplo. Cuando murió, dije que era “mi consejero, mi promotor, mi apoyo, mi contención”.
Miguel murió el 9 de mayo de 2021, en Rosario, por las complicaciones de un cuadro de Covid-19. Hasta poco antes seguía en actividad pública, pensando la provincia, acompañando equipos, imaginando futuros posibles. Su muerte fue una de las tantas que la pandemia volvió más crueles y solitarias. Se fue cuando no podíamos abrazarnos como hubiéramos querido. Y se fue con la frente en alto: no aceptó nada antes que los demás. Tampoco una vacuna. Esperó su turno. Esa decisión condensaba su modo de entender la política: el poder no era un privilegio, sino una responsabilidad.
Había nacido en Rosario en 1955. Se formó en el Instituto Politécnico y en la Universidad Nacional de Rosario, donde se recibió de ingeniero civil. En Miguel, la ingeniería no era frialdad tecnocrática, sino una disciplina al servicio de una convicción política: transformar la realidad exige ideas, organización, equipos, obras concretas y perseverancia. La obra pública, para él, no era una foto: era agua que llegaba a un barrio, una escuela que abría sus puertas, un hospital que dejaba de ser promesa, una calle que conectaba. Fue intendente de Rosario durante dos mandatos, senador provincial, gobernador de Santa Fe y presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados de la provincia. Pero Miguel no acumulaba cargos: asumía responsabilidades. En cada lugar dejaba método, equipos, instituciones, una forma de hacer. Escuchaba mucho, hablaba lo justo y decidía con prudencia y coraje. La ética era su seña de identidad.
Esa ética también se expresaba en su vínculo con las mujeres. Miguel las trataba como pares, confiaba en ellas, las escuchaba y les daba responsabilidades reales. Se rodeó de mujeres en sus equipos no para cumplir con una fórmula, sino porque reconocía su capacidad, su inteligencia y su compromiso. Aunque muchas de nosotras lo éramos y lo somos, Miguel no necesitaba proclamarse feminista para practicar, en los hechos, una forma concreta de igualdad.
Aunque muchas de nosotras lo éramos y lo somos, Miguel no necesitaba proclamarse feminista para practicar, en los hechos, una forma concreta de igualdad
Lo conocí en el socialismo, en esa tradición que nos enseñó que la política solo tiene sentido si mejora la vida de las personas. Miguel, en la senda de Guillermo Estévez Boero y Hermes Binner, encarnaba un socialismo tranquilo: firme, austero, apasionado, sin soberbia ni fanatismo. Un socialismo que se sustanciaba en la salud pública, la educación, la planificación urbana, la descentralización, el presupuesto participativo y un Estado cerca de quienes más lo necesitan.
Rosario fue durante años un laboratorio democrático de esa idea: una ciudad que acercó el municipio a los barrios, abrió canales de participación y construyó servicios públicos con mirada igualitaria. Miguel fue parte fundamental de ese proceso. Lo continuó, lo amplió y le imprimió su estilo: sobrio, trabajador, metódico, cercano. Su modo de comprometerse era estar, escuchar, volver, insistir, cumplir.
Como gobernador, llevó esa lógica a toda Santa Fe. Su gestión estuvo marcada por una inversión pública ambiciosa: hospitales, escuelas, rutas, obras hídricas, infraestructura urbana, espacios públicos y políticas territoriales. En un país donde muchas obras se anuncian más de lo que se concluyen, Miguel tenía una obsesión sana: terminar. Cumplir. Mostrar que el Estado podía planificar y concretar. Sabía que detrás de cada obra había derechos y desigualdades que podían empezar a repararse.
Esa gestión nunca estuvo separada de su perfil ético. Miguel era austero en serio. No hacía de la honestidad una bandera para acusar a otros, sino una conducta cotidiana. Entendía que los bienes públicos no pertenecen a los gobiernos, sino a la ciudadanía. Cuidaba los recursos, los equipos y las instituciones. Esa austeridad se vio también, de manera dolorosa, cuando no aceptó ningún trato especial mientras las vacunas todavía no llegaban para todos.
Miguel era austero en serio. No hacía de la honestidad una bandera para acusar a otros, sino una conducta cotidiana. Entendía que los bienes públicos no pertenecen a los gobiernos, sino a la ciudadanía. Cuidaba los recursos, los equipos y las instituciones
Miguel era, sobre todo, un constructor. En una Argentina crispada, donde tantas veces se premia al que rompe puentes, él creía en el diálogo. Defendía sus ideas con claridad, pero nunca convertía a un adversario en enemigo. Para él, lo central era escuchar, articular, persuadir, sostener acuerdos. Tenía convicciones profundas, pero no era sectario: su identidad socialista lo abría a la sociedad.
Lo extraño como amiga y como militante. Extraño sus llamados, sus consejos, su humor seco, su manera de ordenar una discusión compleja con dos o tres frases precisas. Miguel no prometía soluciones mágicas. Ofrecía trabajo, seriedad, equipos, rumbo. En tiempos de discursos violentos y salidas simplistas, su legado recuerda que la política democrática requiere paciencia, honestidad, cercanía y capacidad de hacer.
A cinco años de su partida, Miguel sigue siendo una presencia: en las obras que dejó, en las instituciones que fortaleció, en los equipos que formó, en los barrios donde alguien recuerda que un día llegó, escuchó y volvió. Miguel creía que gobernar era cuidar: lo común, la gente, la palabra empeñada, la esperanza. Por eso recordarlo no es mirar hacia atrás con nostalgia. Es preguntarnos si estamos a la altura de esa forma ética, cercana y transformadora de hacer política. Quienes lo quisimos, quienes aprendimos de él y quienes seguimos creyendo en un socialismo democrático, austero, popular y profundamente humano, tenemos la responsabilidad de seguir caminando por su senda.