No sos vos, soy yo

La serie "Gambito de Dama"

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En un capítulo de la serie Gambito de Dama, una periodista le dice a Beth Harmon, la protagonista, que la genialidad y la creatividad van de la mano con la psicosis. Beth se la queda mirando pasmada. La violencia del gesto radica, para mí, no sólo en vomitar ahí nomás el lugar común que asocia genialidad y locura, sino también en la desenvuelta atribución que la periodista no se priva de hacerle.

Beth Harmon atraviesa, desde chica y a lo largo de la serie, cada uno de los pliegues de su “rareza” (es mujer y quiere jugar al ajedrez, es joven y sólo quiere jugar al ajedrez, es joven y no toma alcohol hasta que la madre adoptiva la convida, es joven y no está interesada en la música, es joven y no disfruta de las reuniones con amigas, es joven y no está interesada en las citas con varones, es joven y no quiere ir a fiestas). Las comillas en “rareza” están ahí porque me interesa subrayar el modo en que esas rarezas son casi siempre atribuidas por los demás a partir de las propias premisas. Más allá de las diferencias epocales que la serie se ocupa de resaltar, hay cosas que insisten y permanecen idénticas aún hoy. Una de ellas: el señalar como raro todo aquello que se sale de lo esperable; otra: el gesto obsceno de atribución. Y es que la atribución de ser que se le inyecta a alguien es un modo seguro de sacarse de encima algo, de quedarse tranquilos, de no inquietarse. El señalamiento permanente de las “formas de ser” de alguien no constituye sino el intento de no pensarse a sí mismos y de creerse a salvo de todo. Pasa con muchísimas categorías: lo raro, lo tóxico, lo loco, lo manipulador, lo enfermo, lo psiquiátrico, etc., que siempre es el otro. Y quizás todas esas categorías puedan subsumirse en una sola: lo normal -no me parece casual que se haya puesto de moda ese latiguillo que dice “normalicemos tal cosa”, usado en un tono pedagógico orientado a que seamos mejores personas o, como se dice ahora, a deconstruirnos-.

Me quiero detener especialmente en “lo raro” cuando se usa peyorativamente. No me llama la atención cuando esos señalamientos y esas estigmatizaciones provienen de posiciones reaccionarias (me acuerdo de una nota que salió hace poco en Infobae cuyo título era “La rara Ley de Salud Mental argentina que recela de la psiquiatría y la niega como ciencia médica”. Adjetivarla “rara” ya era la cifra ideológica que anticipaba las falacias de la nota), sino cuando provienen de posiciones más progresistas, esas que abogan por la diversidad. Mientras esa diversidad esté en el catálogo previamente diseñado, no inquieta. Es lo mismo que sucede con ciertas temáticas de la ficción: Mark Fisher sostiene que hay una “sabiduría popular previa, toda una serie de protocolos para interpretar y situar al vampiro y al hombre lobo”, por ejemplo. Eso mismo: ya tenemos los protocolos para tolerar, para admitir, para no inquietarnos con esos otros distintos a nosotros que están catalogados, es decir, neutralizados en su extrañeza, domesticados en sus excesos. Ya no inquietan a esos que se autoperciben tolerantes a la diversidad, a esos que se creen los paladines de la empatía. Pero hay modos del otro mucho más sutiles que su religión, su etnia, su orientación o su identidad sexual. Y yo diría que son, no sólo las “formas de ser” del otro sino, además, los modos que elige para procurarse placer, las maneras que elige para relacionarse amorosamente; si le gusta más la soledad que la compañía, si no come comida picante, si prefiere no viajar; las razones por las que sufre o las cosas que no lo hacen sufrir, en definitiva: la forma en la que elige vivir. 

“Lo raro” usado peyorativamente es todo aquello que se sale del estereotipo, del prejuicio; eso que desborda lo esperable, lo sabido y lo consabido. Clasificar como raro ese algo del otro que nos resulta extraño es un procedimiento destinado a aplacar cualquier encuentro sorpresivo y contingente con eso otro, con esa otredad que, a la vez, nos habita y nos atraviesa. Es pretender que nada se salga de quicio, que todo esté controlado; que no se toque, ni se empaste, ni se superponga, ni se confunda lo mío con lo del otro, lo mío de lo del otro. Como si fuera posible desentenderse de esa otredad que irrumpe y que nos hace extraños a nosotros mismos. Eso raro que “fascina y persigue a la vez”, como testimonia Fisher. Si bien el autor distingue lo raro de lo espeluznante de lo unheimlich, quizás haya que volver una y otra vez sobre ese texto formidable de Sigmund Freud, Das Unheimliche -sugiero la mejor versión: la editada y comentada por Lionel Klimkiewicz en editorial Mármol Izquierdo- para advertir cómo la vivencia de extrañeza nos concierne -o, en rigor, porque nos concierne es que resulta extrañeza- y cómo nunca están claros los límites entre el adentro y el afuera, entre yo y el otro, entre lo familiar y lo extraño.

Ahora bien, no repeler la inquietud que suscita eso inclasificable no significa que debamos vivir inquietos o intranquilos. Lo otro de la tranquilidad -esa que anestesia- no es la intranquilidad, sino la posibilidad de que se abra un espacio en el que se pueda alojar la extrañeza, la de cada quien, sobre todo la de cada quien consigo mismo. Creerse a salvo de las rarezas, autopercibirse “normales”, o pretender serlo, nos condena y nos conmina a no querer saber. Vigilar los modos de vivir de los otros y señalar sus rarezas nos deja una y otra vez atados a cumplir con lo esperable para nuestro (estereo)tipo. A no poder movernos ni un centímetro del lugar que se nos asignó, y eso suena bastante parecido a un impedimento o a una inhibición.

Tan opacos resultan los límites entre el yo -que es otro- y el otro, que el narrador de Los Llanos, la última bella novela de Federico Falco, dice: “estar con otro es difícil. Estar con otro es un trabajo, un esfuerzo. Entender, o no entender, o tratar de entender. Lo que uno piensa que uno es. Lo que el otro cree que uno es. Los deseos y las ganas propias. Los deseos del otro. Las ganas del otro (...). Desgaste, malentendidos, entredichos. Lo que no se ve, lo que no se escucha, lo que no se quiere ver, lo que es terriblemente doloroso que uno prefiere no saber”. Y muchas páginas después, dice también: “es rarísimo ser uno, estar adentro, todo el tiempo consigo mismo, conocerse en cada miseria”. Uno prefiere a veces no saber porque, sigue el narrador de Falco, “un neurótico siempre necesita un lugar seguro donde esconderse”. Creerse a salvo de las rarezas nos conduce a ese lugar seguro en donde esconderse, pero ese lugar seguro nos priva de la dimensión de la sorpresa, del encuentro con otro, con ese otro que también es uno. Esa dimensión de la sorpresa que, como sugirieron Freud y Lacan, es la dimensión de la otra cosa como tal, nada menos que la dimensión del deseo. 

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