ENSAYO GENERAL
Pagar la tarjeta
Empecé a prestar atención al asunto del endeudamiento personal mucho antes de que se empezara a discutir en Twitter o en los medios como problema político o económico de escala. No por ser ninguna visionaria, pero los problemas de la vida real todavía son problemas de la vida real, y si uno tiene amistades y círculos de intimidad y chusmerío en el mundo de los átomos, todavía puede enterarse de cosas más allá de los discursos. Por supuesto: la evidencia anecdótica no sirve para pensar si una situación es realmente un problema económico, si hace falta más regulación o una política pública o un cambio normativo. Tampoco esas serían preguntas sobre las que yo tenga grandes recursos para decir algo original; para eso hay textos como este informe que elaboró Matías Fernández a partir de la base de deudores, que circuló mucho en redes sociales, y también este otro de Fundación Encuentro elaborado con datos de la EPH; los leí para entender un poco más la realidad y la escala del problema, pero no podría criticarlos o responderlos. En cualquier caso, lo que me interesa desde mi humilde y cuasi hippie punto de vista de columnista literaria es pensar si en los últimos años, más allá de los cambios en la cantidad de gente que toma deuda (y, sobre todo, la que toma deudas que no puede pagar), se produjeron también cambios en nuestras maneras de pensar, conversar y vivir la deuda.
Dije al principio de este texto, antes de empezar a atajarme sobre mi propia ignorancia, que llegué a esta cuestión a partir de conversaciones en el mundo real. Cuando hablo del mundo real, por supuesto, estoy hablando de la gente que me rodea a mí, que en general es de determinada clase social, con excepciones notables hacia arriba y hacia abajo. Esto es lo primero que me llamó la atención sobre el asunto de la deuda, y creo que explica gran parte del peso del tema en la conversación pública: la gente endeudada que conozco es rica y pobre, y por lo que pude leer, la evidencia corrobora esa apreciación anecdótica. Endeudarse no es de pobre, ni de rico, ni de clasemediero: es de cualquiera, y sobre todo en una economía acostumbrada a que a las cuotas “se las coma la inflación”. Por supuesto esas deudas no son todas iguales; no es lo mismo endeudarse con un banco que con un prestamista informal, ni es lo mismo endeudarse para comer que para pagar el colegio lo para sostener un nivel de vida lujoso que en el fondo no se tienen los medios para sostener. Lo que sí pienso es que hay algo de la sensación que es parecido: lo oigo en conversaciones en personas con niveles de ingreso muy diferentes, que sin embargo parecen hermanarse en el padecimiento de “pagar la tarjeta”. Las clases medias y medias altas sentimos que entendemos la pobreza cuando sufrimos por tener que hacer pagos que pospusimos imaginando que el mes que viene sería más fácil, o cuando nos cuesta sostener un consumo que ya dimos por hecho como parte de nuestra cotidianidad; sobre todo cuando se trata de consumos que no es tan fácil resignar, como el colegio privado o el auto, cosas que se sienten como un cambio en el nivel de vida, un auténtico descenso social, y no “un gustito”. Es probable que no sea cierta esa supuesta empatía con la pobreza. Es como la canción de Blur, “Common People”: es imposible imaginar la posibilidad de quedar en la calle si siempre en el fondo vas a tener un ahorro o una familia que pueda salvarte las papas. Eso no hace que el descenso social sea menos cierto, ni menos vergonzante.
Lo segundo que me llamó la atención fue la situación de la juventud, que en todos los textos que abordan el tema está mucho más endeudada (y en situación de morosidad) que hace unos años, y lo traigo a colación porque recién hablé de la vergüenza. En lo que pude leer se destacan dos grupos de gente endeudada: la gente que convive con hijos, por un lado, y la gente joven, por el otro. Son dos grupos que una tendería a pensar que se endeudan por razones muy distintas, pero creo que tienen algo en común: la vergüenza no solo de deber plata y no tener para pagarla, sino una vergüenza anterior, la de verse obligado a reducir un consumo. Pienso, y esto es otra vez, una mezcla de mis intuiciones y la evidencia variopinta que veo a mi alrededor, que los padres de niños y los jóvenes son los que se sienten más “observados” en términos de sus consumos: los padres de niños, por sus hijos, a los que es doloroso explicarles que uno ya no les puede pagar el colegio o la colonia o la salida, y los jóvenes, por sus pares y por su propia autoestima, en una sociedad cada vez más organizada en torno de la ostentación y la plata que se tiene y se gasta como única medida del valor subjetivo. No digo que no sea cierto lo de que falta “educación financiera”; también está la cuestión de las apuestas y el hecho de que quien nunca tuvo que ir al banco físicamente a pedir un préstamo pueda no entender del todo, al momento de tomar una deuda, que el asunto es más que un jueguito de un clic o dos. Pero sigo pensando que el foco está mucho más en esto que señalo, la dificultad y el dolor que implica el descenso social; quienes hablan de “achicarse” con excesiva facilidad o bien nunca lo han hecho, o bien tienen subjetividades construidas en épocas mucho menos consumistas que esta.
Y lo tercero que me interesó de esta conversación, y lo último que tengo para decir, es la cuestión ética, o más bien, quizás, la cuestión estética. Volví acordarme de esto por la cuestión de las subjetividades: parece haber una disputa ideológica pero sobre todo quizás estilística entre quienes aman el mundo financiero y quienes lo detestan; quienes creen que “tener pesos” es terrible porque se te devalúan en las manos (y piensan que “educación financiera” es “tener todo invertido” aunque sea plata que vas a usar en 10 días) y quienes piensan que hay alguna virtud moral en no usar la tarjeta de crédito incluso cuando sea la opción más económicamente racional. Supongo que los jóvenes son mucho más permeables a este tipo de grietas emocionales que las personas que ya han navegado infinitas crisis y saben que, al final, las deudas hay que pagarlas; que los problemas de “mi yo del futuro” eventualmente te encuentran.
En todo caso, creo que la cuestión del endeudamiento es de esos problemas que los gurús de internet quieren convencerte que son problemas de educación, problemas que se resuelven con cursos, pero va mucho más allá de eso; va también más allá de la gente que se endeuda para comer, porque no toda la gente que está endeudada se endeuda para comer. Pienso, también, en las historias que recientemente circularon sobre deudores que se deprimen y llegan incluso a quitarse la vida; historias que no son nuevas, pero que parecen estar dando vueltas en los medios y en las conversaciones cotidianas cada vez más, como balas que pican cerca. Si es uno de los grandes temas de la agenda hoy (y, me atrevo a adelantar, de las próximas elecciones), es porque nos hace chocar con nuestras ideas y convicciones más íntimas sobre lo que esperamos del futuro, el ascenso y el descenso de nuestros niveles de vida, lo que nuestros consumos dicen sobre nosotros mismos y, quizás, sobre todo, lo que pensamos que esos consumos les muestran a otros.
TT/MG