SOY GORDA (ESEGÉ)

Un paseo por las bibliotecas

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¿Leíste todos estos libros?, me preguntan los recién llegados a mi casa, cuando ven los volúmenes que desbordan en las bibliotecas del living, la cocina, el comedor, el dormitorio e incluso el sector techado del patio. La verdad es que no, porque llegan nuevos títulos cada mes y no doy abasto.

Sobre la relación de algunos escritores actuales con sus libros, pero sobre todo con los estantes que los contienen, se ocupó de investigar Mario Bomheker para dar a luz el volumen Historias de bibliotecas. Ahí, nos cuenta a sus lectores que, para Spinoza, la suya, pequeña y meticulosamente ordenada, era fuente de estudio y de gozo. Walter Benjamin decía que toda pasión limita con lo caótico, pero la del coleccionismo limita con el caos de los recuerdos.

La palabra biblioteca (Biblos, el nombre que le daban los griegos a los rollos de papiro y Theke, que significa caja o armario) tiene otro sentido: además de ser el mueble es el ambiente que lo aloja. Existen vehículos que funcionan como bibliotecas móviles, bibliotecas para llevar en las veredas y distintas formas de bibliotecas circulantes. En la novela de ciencia ficción Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, las bibliotecas están prohibidas y los bomberos, en vez de sofocar incendios, persiguen a sus propietarios y queman los libros. “Donde queman libros, terminan quemando personas”, dijo Enrique Heine, citado por Bomheker. Y fue desaparecer personas lo que ocurrió en la última dictadura en la Argentina, donde libros como Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, fue ridículamente censurado.

Según Almudena Grandes, la biblioteca es “la casa de la literatura”. Y para Irene Vallejo, “toda biblioteca es un viaje y los libros, un pasaporte sin caducidad”. Decía Ricardo Piglia que se puede saber cómo es uno a lo largo del tiempo solo recorriendo los estantes de su biblioteca. Grandes o pequeñas, ordenadas por tema, autor y hasta por el color del lomo, con o sin polvo, de hierro, madera o plástico, esa estantería está ausente de muchos hogares (y así nos va). En la misma línea que el autor de Respiración artificial, se expresa Enrique Foffani, incluído en Historias de bibliotecas. “A veces pienso que no sé verdaderamente quién soy y que, entonces, cuando me hago esa pregunta, la biblioteca puede decir algo muy valioso o al menos algo decisivo, no laudatorio ni ditirámbicamente narcisista”.

¿Ordenarla? ¿Limpiarla? Son acciones muchas veces postergadas. “Llevo ya muchos días en la tarea, desde temprano en la mañana”, señala la ganadora del premio Hans Cristian Andersen, María Teresa Andruetto y uno la imagina plumero en mano. Enumera algunos tesoros hallados: Un libro de cooperativismo -Los niños primero-. Un Herbarium, de Rosa Luxemburgo. Además, brillan una edición con tapa en cuero y papel biblia de El Quijote, donde deslumbran los dibujos de Doré; una edición económica del diccionario de Voltaire en la que encontró, hace ya muchos años, una carta de su madre, puntapié para escribir su Lengua Madre.

Bomheker trae a sus páginas el legado de la más célebre biblioteca, la que persiguió el propósito de reunir todo el conocimiento humano. La de Alejandría se fundó en el siglo III antes de Cristo, fue declinando paulatinamente, pero cuya destrucción definitiva ocurrió un siglo después, como castigo divino porque encarnaba una ambición desmedida. Antes, llegó a reunir casi un millón de libros y hubo una mujer, Hypatia, al frente de ella.

Cuenta Andruetto que los japoneses le dicen Tsundoku al “vicio” de comprar libros que se acumulan en los anaqueles sin ser leídos. Roberto Juarroz escribe en un poema: “El aire es allí diferente/ está erizado todo por una corriente/ que no viene desde este o aquel texto/ sino que los enlaza a todos/ como un círculo mágico”, lo menta Silvia Barei.

Para Luisa Valenzuela, su biblioteca es el reino de las historias. Impera en un galpón anexado a una fábrica abandonada devenida en su vivienda. El mueble tiene estantes con puertas vidriadas y están las otras, las de pino, en donde destacan “los siete muy amplios estantes de las escritoras latinoamericanas que, por supuesto, se han desbordado de lo lindo (el bordado pertenece a otro rubro)”, aclara. Para alejar tentaciones, “es que están a mis espaldas los de antropología, esoterismo, brujería, magia, culturas originarias, religión”. En ese ámbito, también llamado biblioteca, se cuelan máscaras, muñecos enmascarados y algunas marionetas y fetiches.

Hay bibliotecas populares y bibliotecas herméticas o elitistas, a las que pocos pueden ingresar. Algunas tienen historias fabulosas porque se han ensamblado con las páginas que las habitan; otras, sencillamente, decoran, porque pretenden generar la ilusión de que su poseedor es culto y refinado.

Hay anécdotas que rompen con la idea de que a la causa la sigue un efecto, como una fórmula rígida. Narradores, poetas y ensayistas, dramaturgos, lectores y cuenteros han nacido en hogares sin bibliotecas y, sin embargo…

Pero no sólo son libros los que reposan en ellas. Estampillas, señaladores, antiguos boletos, cartas, ex libris, fotos insospechadas, flores secas y dinero se esconden en sus estantes.

Es muy importante que las susodichas vivan en una geografía más bien seca. La humedad enferma a los volúmenes y las inundaciones y las lluvias pueden arruinarlas.

Entre mis bibliotecas favoritas están la ficticia de Jorge Luis Borges (La biblioteca de Babel, con su número infinito de galerías hexagonales) y la que inventó Umberto Eco (leí El nombre de la rosa sin poder detenerme, desde un atardecer hasta el mediodía siguiente. Es un gran policial con enigma). Mis hijos de niños preferían la de la escuela de Hogwarts, con sus volúmenes de hechicería y magia y su sección de las artes oscuras, prohibida.

Hace algunos años, contraté a una flamante licenciada en Artes de la Escritura para que me ayude a organizar la mía. Le propuse que lo hiciera por país y género y ella cumplió con el encargo. Claro, no conocía todos los títulos ni los autores (nadie podría) y hubo algunas confusiones, pero eso se los cuento otro día.

Heredé la de mi abuelo materno, escritor, periodista y traductor, que se internó en un prestigioso sanatorio psiquiátrico cordobés, a los treinta y pico. Siendo una adolescente, cuando me acercaba a mirar sus títulos, comenzaba a sentir un sopor, me mareaba y llegué a desmayarme varias veces. En el diván de mi analista indagué el tema y descubrí que el malestar provenía del temor a contagiarme. Felizmente, aquel hombre que entonces no podía nombrar y se llamaba Aarón Spivak, me legó el amor por los libros. Creo que no hubo ninguna otra clase de contaminación.