Hace años que intento encontrar una palabra que signifique lo contrario de hipocondríaca; es gracioso buscarla en Internet porque las webs que hablan de este tipo de cosas están monopolizadas por obsesivos que creen que lo contrario de su patología es la negación o la desidia. Yo no soy de negar síntomas reales: simplemente tiendo a creer que voy a estar bien, y que la gente que quiero va a estar bien también. Soy así incluso ante situaciones que podrían considerarse exigentes: ni siquiera mi propio embarazo, por poner un ejemplo que para algunas sería extremo, me ha movido de ahí. Como soy una persona joven sin enfermedades preexistentes con buena calidad de vida y acceso a servicios de salud, en general tengo razón yo; supongo que esa ecuación irá cambiando con los años, y los hipocondríacos pasarán a estar del lado de la verdad la mayor parte de las veces. Pero incluso ahora, cada tanto, esa fe ciega en que nada es nada y todo se resuelve solo se encuentra con las vicisitudes de la realidad. En estos días, por caso, internaron a mi gatito más joven con algo que todo indica que es una trombosis. Yo estoy de viaje, y me mata de angustia que le haya pasado justo ahora pero quizás es una suerte para él haberse quedado con mi amiga que está más lejos de la desidia y la negación que yo.
En general estoy a favor de esta suerte de optimismo; no suelo pensarlo en términos de omnipotencia, ni siquiera en términos de valor de verdad. Más bien creo que son pocas las veces en que preocuparse de más te sirve para vivir mejor, y que, en cambio, ir por la vida pensando que todo va a salir bien es al menos una mejor forma de transitarla. En otras palabras: incluso si no tengo razón y las cosas finalmente salen mal, probablemente una no haya ganado nada con angustiarse. Veo todos los días como muchos amigos que están bien (de salud, pero también en general) se arruinan la vida imaginando para sí mismos futuros distópicos y resultados trágicos; me reafirman en mi fe en el equilibrio natural de las cosas, en mi variante personal de eso que en las redes hoy se llama gordo no pasa nada. Pero no sé si será este asunto del gatito o los eventos recientes del país o del mundo los que me llevaron a analizar esta disposición emocional como una que podría tener sus bemoles.
Dos cosas me vinieron a la mente: la primera, un detallecito, la cantidad de textos (muchos buenísimos) que están llegando a mis manos sobre menopausia. Es lógico, me decía una amiga: a medida que nuestros autores favoritos arañan los cuarenta y largos empiezan a aparecer estos temas en su literatura. Todavía no pude leer el de Laura Wittner (ya estará en alguna de las próximas columnas), una de mis escritoras argentinas de cabecera, pero sí el de Miranda July que comenté hace poco. En A cuatro patas, la heroína (escritora y cineasta, casada, con une hije no binarie: alter ego absoluto de July) le inventa a su marido, para justificar una tristeza por algo que no quiere contar, que está menopáusica: semanas después, en su control ginecológico anual, descubre que efectivamente ha ingresado en eso que los médicos llaman la perimenopausia. El asunto es duro pero también muy gracioso, sobre todo porque la menopausia no es una tragedia: ella se creía tan inmune a la vejez, como solemos creernos algunos, que jamás se le ocurrió que efectivamente podía estar diciendo la verdad cuando dijo esa mentira.
La otro que me vino a la cabeza es menos detallecito, y más trágico. Hace bastante que la discapacidad está en el centro de la escena discursiva en Argentina, primero por los recortes, después por las coimas y finalmente por la conjunción terrible entre los recortes y los coimas. Creo que hay una parte de ese concepto que Lauren Berlant llamó el optimismo cruel en la que al menos yo no había pensado demasiado: parte de esa forma engañosamente amable de cierto salvajismo nietzscheano (mal entendido o bien entendido, se lo dejo a los filólogos) de insistir en autopercibirnos superhombres tiene que ver con imaginarnos a las personas sin discapacidad y a las que viven con discapacidad como clases separadas. No hace falta, o no debería hacer falta, pensar “a mí también me puede tocar” para empatizar con una persona en una situación desventajosa; pero por cómo funcionamos las personas, parece más o menos claro que hay una relación entre esa convicción de “si hacés las cosas bien, estás a salvo de lo precario” del optimismo cruel y ausencia total de empatía o sensibilidad hacia los devenires de los más débiles.
Pienso que lo contrario de la hipocondria o el pesimismo en sentido más amplio, entonces, no es la desidia o la negación: es más bien la aceptación de la contingencia y de la vulnerabilidad, que no es lo mismo que el melodrama o el regodeo narcisista en el propio potencial para la tragedia. Sin ser un goce yoico, entonces, que nos ponga a cada uno como una víctima en el centro de la escena, ese abrazo de la propia fragilidad es completamente opuesto a ese delirio de omnipotencia (reflejado con claridad en algunos sectores de la estética libertaria: la metralleta, o los dibujos de Javier Milei que lo muestran musculoso y altísimo) que deja al sujeto a salvo de la posibilidad terrible de quedarse atrás.
Me viene a la cabeza, entonces, una última obsesión: el final de Un cuarto propio, de Virginia Woolf, sobre el que ya escrito demasiadas veces pero que nunca termina de darme algo. Si siempre digo que ese final me emociona es porque incluye, en las mismas páginas, un reconocimiento de la propia limitación y una sonrisa hacia la indeterminación del futuro. Virginia dice que ella quiere que las jóvenes escriban cada vez más porque, como a toda mujer poco instruida, le encanta leer. Hay una aceptación ahí de los límites de lo posible: Virginia ya tiene casi cincuenta años, y sabe que hay cosas que no llegará a ver. Piensa seguir trabajando, sin embargo: no hay lugar en su retórica para la derrota, ni para ella ni para esas jovencitas a las que les habla, que sí tendrán mejores oportunidades de las que se le dieron a ella.
En ese final de Un cuarto propio hay un reconocimiento de la negatividad, pero que no se convierte en una negatividad hacia el futuro, ni en ninguna forma de nostalgia por esa juventud perdida que ya no verá ciertas cosas. Solemos identificar a la nostalgia con el pesimismo, pero quizás se trata de algo casi contrapuesto a eso, sobre todo en su forma actual: la nostalgia parece siempre pesimista pero en su encarnación contemporánea participa del optimismo cruel. Es la manera de imaginar que una se salvó: de pensar, a diferencia de lo que pensaba Virginia, que una está a salvo, que una se salvó porque vio un mundo mejor que los (las) jóvenes ya no verán. La debilidad, en ese caso, está puesta en el futuro: no ya en los viejos, sino en la juventud. Hablo de nosotros, ahora, de los que miramos a la juventud, la libertaria y la otra, con cierta pena pero también cierto desdén. La nostalgia no sería entonces lo contrario del optimismo cruel sino su otra cara, su lado oscuro de la luna: es el optimismo cruel de los adultos.
TT/MF