¿Quiénes son el “campo” en Argentina? Opinión

Otros sonidos en el medio del campo

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La actual coyuntura -en la que el Estado Nacional tiene una necesidad apremiante de obtener dólares y por eso necesita de la liquidación de las exportaciones de granos de la última cosecha- pone nuevamente al accionar del “campo” en discusión, en el marco de las posiciones polarizadas que atraviesan a la sociedad argentina actual. De un lado, están aquellos que pregonan que no se debe “atacar al campo”, que es el “motor del país” y que “el campo somos todos”. Del otro, los que manifiestan una posición crítica del accionar de los actores del sector, que los califican de “especuladores”, “egoístas”, “sojeros” “ricos”, “gauchocrátas” u “oligarcas”. Ambas posiciones se refieren al “campo” en su conjunto, como una unidad. Pero ¿cuánto hay de unidad en el “campo”? 

En el marco de los debates que viene desarrollando elDiarioAR proponemos aportar una reflexión más -a las que ya han hecho otros/as investigadores/as sobre temas rurales en argentina- sobre qué es el campo o, mejor dicho, quiénes son el campo.

Los del campo sean unidos, ¿esa será la ley primera para que no los devoren los de “afuera”?

La disputa en el año 2008 por la “resolución 125” -mediante la cual se impulsaba una modificación en el porcentaje de las retenciones móviles a las exportaciones- puso al “campo” en el centro de la discusión política. En ese contexto, tomó una mayor amplitud de voces y espacios el debate sobre quiénes son los actores que predominan en un agro atravesado por grandes transformaciones.

Por su parte, al interior de los actores del agro, esta coyuntura conflictiva actuó en un sentido particular: generó que la categoría “campo” se sedimente como una identidad que construye un “nosotros”, le otorgó una mística específica a través de las movilizaciones en las cuales se enarbolaban símbolos nacionales, y logró generar adhesión en algunos sectores de la clase media urbana. En esta coyuntura se articuló un discurso como representativo del conjunto de los actores, el cual se instaló en los debates en la esfera pública como el discurso “procampo”. 

Una de las claves para lograr la adhesión de los diferentes actores agrarios se basa en que esta discursividad pone en primer plano algunas ideas “liberal-conservadoras” arraigadas en el sector. Principalmente aquella que refiere a que el agro tiene un lugar central en la economía y en la sociedad argentina. Y que, si bien es un sector de suma importancia, ello no es reconocido por el conjunto de la sociedad, y sobre todo por aquellos que ejercen la representación política (aún más si son peronistas). Paralelamente, sintetizan el rechazo a ciertos instrumentos impositivos y de política económica, como por ejemplo las retenciones, bajo la conceptualización de que toda forma de intervención sobre el sector es “confiscatoria” y “opresora del desarrollo del campo”. 

Separar la paja del trigo

Por lo antes expuesto, hay que dar algo de crédito a la idea de que existe una unidad del campo, la cual está construida a partir de un discurso que “le habla” a todos los actores del agro, reivindica su importancia dentro de la sociedad y les da una especificidad diferenciándolos de otros (que no reconocen su importancia social y económica, que los atacan, que expolian los frutos de su trabajo, etc.). 

Sin embargo, es posible poner en tensión esta unidad del “nosotros campo” a partir de una mirada centrada en los territorios y en la dinámica concreta de los vínculos entre los diferentes actores del agro. 

En el libro de reciente publicación, Las relaciones sociales en el agro pampeano (editado por la Universidad Nacional de Quilmes) marcamos la existencia de diferentes actores al interior del mundo empresarial del agro. Estas diferencias se construyen no solo por representar diferentes fracciones del capital, por la extensión de las hectáreas que explotan o por las formas de organizar el trabajo, sino también por el modo en que articulan las relaciones sociales para desarrollar la producción. En esta línea mostramos que, en sintonía con los análisis que marcan los cambios sociales e ideológicos entre los actores del sector, hay una tendencia cada vez más extendida de un manejo de la producción, los recursos y los vínculos sociales que se basa en una lógica plenamente empresarial (con una centralidad en el cálculo y la orientación en hacer negocios). Sin embargo, esto no desdibuja en una parte de los productores la importancia que tienen las relaciones personales, familiares y locales. 

Esta importancia que le asignan a lo personal y local genera una distancia y tensión con los actores que se expanden por los territorios de un modo más volátil, con una lógica propia del capitalismo flexible: las mega empresas en “red”, los grandes empresarios que se insertan en diferentes espacios productivos del país y todas aquellas otras empresas que, en los territorios, los actores locales las identifican como los “pools de siembra”. Muchos de estos empresarios foráneos tienen un lugar privilegiado en el entramado económico dentro y/o fuera del sector, y una gran representación por parte de las entidades y organizaciones del agro, lo cual les otorga una posición de poder en la estructura agraria. Justamente este poder les permite arrebatar recursos y relaciones a través de, por ejemplo, acaparar la tierra por medio de pagar arrendamientos más altos, obtener precios más bajos en la compra de insumos, captar con exclusividad la mejor maquinaria y a los contratistas de labores, convocar a jóvenes que ya no quieren o no pueden trabajar con sus familiares y se emplean en otras empresas del agro aportando su formación profesional y otros saberes construidos en lo local.   

Estas cuestiones son las que generan tensiones en los territorios y construyen una distancia entre los pequeños y medianos empresarios que tienen un anclaje local respecto a otras fracciones del capital asociadas a las nuevas lógicas productivas de expansión en red. Ante la monotonía discursiva que reina en el campo, estas tensiones generan ciertos “ruidos” o un “hilo de voz” mediante el cual se reivindica “lo local” y “a los que somos de acá” frente a un “otro” empresario extranjero. 

Estas diferencias entre actores del capital agrario no han sido incorporadas por otras discursividades que cuestionan las lógicas productivas y concentradoras que hegemonizan al sector. En el caso del proyecto nacional-popular, una buena parte de sus referentes en el tema tienen una visión productivista que no se preocupa tanto por quiénes sino por el cuánto. Mientras que otra vertiente, que ha elaborado una profunda crítica al modelo de los agronegocios, se centra en una reivindicación de la producción familiar y la economía popular (asociada a la producción en los espacios periurbanos). Y solo algunas voces plantean la existencia de diferencias entre los actores del agro y la necesidad de fortalecer las economías locales en base a la producción circundante (con “arraigo”), pero lo han hecho con poco acompañamiento. En consecuencia, es posible indicar que, en general, las propuestas de este espacio político no han buscado convocar a estos perfiles de pequeños y medianos empresarios que muestran un fuerte anclaje social y simbólico con los espacios locales donde producen.

Consideramos que, tanto si se busca afinar la efectividad de las medidas de política económica que se toman respecto al sector, o bien proponer otros modelos alternativos que convoquen a una buena parte del agro, es necesario partir de una identificación más precisa y particularizada de los actores agrarios que se ven afectados en diverso grado por el avance del proceso de concentración que se intensificó con los agronegocios.

Se trata de una tarea que no es nada fácil ya que la audiencia en cuestión es poco receptiva a dar el debate sobre el actual modelo productivo. Pero vale la pena intentar que algunos de los empresarios pequeños y medianos del agro se conviertan en interlocutores más cercanos, poniendo de relieve las tensiones que tienen con otros actores del agro y evitando la repetición de la polarización “campo” vs. resto de la sociedad. Tal vez un buen punto de inicio sea amplificar estos “ruidos” disonantes y darles un lugar en un coro de voces más amplio. 

MM