Borcegos y tacos aguja Narraciones

Vergüenza, fetiche y sadomasoquismo

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Put on the red shoes and dance the blues.

Un placar lleno de zapatos destinados a salir del placar.

Enumero: borcegos amarillos, bocegos negros de charol, bocegos color maíz, Acordonados, los borcegos, siempre. Zapatillas de tela negra para el gym, zapatillas simil cuero lilas para la diaria, zapatillas color ladrillo ídem. Zapatillas sin cordones grises de entrecasa. Ojotas con algo de plataforma, negras y grises. Sandalias negras forradas de nobuk altísimas, para fiestas. Sandalias bajas con tiras de cuero marrón. Pantuflas cerradas rojas con una guarda blanca para salir de la cama en invierno.

Confieso: me copio de la enumeración de zapatos que hace Ale Laera en su obra Ensayo de ella. En la puesta, se desparraman en el suelo y ella (Laera y Martina Vogelfang) se los prueba, camina con ellos. El objeto se resignifica. 

Dejar los zapatos al entrar, cambiarlos por otros. Como en Japón y desde la pandemia. Andar en medias o en patas. 

Mirarse los pies. Heredé la forma de pies y manos de mi padre. Por eso, cuando “tuve juanetes” (ese sobrehueso vergonzante y doloroso), creí que era una cuestión genética. El remedio, dijeron los traumatólogos, era simple: cambiar los zapatos. Fue así que volaron de mi placar las botitas de caña baja con taco de cinco centímetros, sandalias de cuero con taco aguja, zapatos de horma angosta. 

Calzarse como un dolor. ¿Por ser mujer?

Mi madre se jacta de nunca haber usado tacones altos ni zapatos incómodos. Me alegro por ella. Yo siempre quise ser más alta. ¿Por qué? ¿Cuántos varones conocí que usaran taco para crecer?

El tacón estiliza, modela la pierna. ¿Es así? ¿O nos lo hicieron creer?

Ya sabemos: los zapatos como instrumento de tortura adoptan distintas formas en las diferentes culturas. Los pies bonsái de las japonesas tal vez sean el caso más célebre, pero hay muchos otros en la historia.

Un pequeño libro objeto, Zapatos, de Linda O’Keeffe, ofrece un recorrido visual de la historia del calzado, que es, al mismo tiempo, un muestrario de objetos bellos, muchos de alturas imposibles. Hacia 1997, según la autora, un 80 por ciento de las mujeres compraban un número menos de lo que calzaban. El libro incluye algunas curiosidades:

“Afrodita solía ser representada totalmente desnuda excepto por un par de sandalias.” 

“Las mujeres egipcias adornaban sus pies con joyas, aprovechando que estaban prácticamente al descubierto. Las romanas usaban sandalias de oro puro y las correas tenían incrustaciones de piedras: el efecto era extremadamente sexy.”

“Los egipcios y romanos dibujaban las caras de sus enemigos en las suelas de las sandalias para, literalmente, pisotearlos.”

“Las mujeres de la aristocracia de principios del siglo XIX llevaban chinelas de brocado finas como el papel, con las suelas demasiado frágiles como para soportar apenas unos pasos por la calle, mientras sus criadas avanzaban torpemente con robustas botas de cuero negro.” 

El calzado, o la falta de, siempre simbolizó clase social. Las marcas. Los pies descalzos de los soldados paraguayos en la Triple Alianza contra el Paraguay, o de los chicos pobres: calzarse es comer, y es ascender. 

Nuestro mayor modelo romántico fue La Cenicienta: un zapato mágico de cristal le permite el ascenso social y genera la envidia de las mujeres “malas” del entorno de esa chica buena, encargada de las tareas de limpieza, que se cuela en la fiesta del príncipe y la historia termina con perdices. Queremos a La Cenicienta, ¿cómo no? Y le deseamos lo mejor. 

En una edición de La noche de la filosofía, en el Centro Cultural Kirchner, entre charla y charla, me senté en un banco en un pasillo y me entretuve mirando los pies de la gente que circulaba. Recién ahí me cuestioné: ¿por qué la mayoría de las mujeres usan tacos y todos los hombres, casi sin excepción, no? ¿y por qué ellos no pueden usar sandalias en verano?

Es entendible que calzarse es una exigencia para esta especie bípeda de piel sensible. Hay un ensayo imperdible de George Bataille, “El dedo gordo”, incluido en La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939 (Adriana Hidalgo), que dice que lo que nos diferencia del resto de los animales no es el pulgar en oposición de las manos, que nos permite el manejo de dispositivos, ni el tamaño de nuestros cerebros, ni la doble articulación del lenguaje, sino el dedo gordo del pie, que, entre otras cosas, nos permite caminar pero no aferrarnos a la rama de un árbol boca abajo, y jerarquiza lo de arriba (la cabeza) como sublime y lo de abajo, lo cercano al barro, como abyecto, eso que hay que ocultar. La parte fea del cuerpo de la bailarina clásica.

Margo Glantz le da una vuelta tuerca feminista al ensayo de Bataille en su artículo “Embozo de un erotismo”.

Escribe la autora mexicana: “Símbolo disperso, plurivalente, el pie desnudo significa la esclavitud entre los griegos y el hombre libre lo calza como toca su cabeza. El calzado libera al hombre pero lo esclaviza a sus pies. El calzado que encubre la desnudez primigenia, la del soporte que nos mantiene erguidos sobre la triple y despiadada simbolización del pie que representa el alma, el enlace entre la tierra y el cielo y la erección germinal, es también embozo de erotismos.

“Pero -se pregunta a Glantz-, ¿a la mujer quién la sostiene? ¿El pie que sostiene al hombre es el mismo que sostiene a la mujer? ¿Hay alguna diferencia entre un pie femenino y un pie masculino? Cuando Bataille escribe su famoso ensayo sobre el dedo gordo del pie, ¿piensa acaso si esos dedos gruesos, cómicos o monstruosos, armónicos o crísticos, pertenecen al hombre como género humano o al hombre como representante de lo masculino? Esos pies que se hunden en el fango y que son el símbolo de lo bajo, ¿lo son sin diferencia de sexos? Las relaciones eróticas que los dedos de los pies, gordos o pequeños, sugieren, y los tabúes violentos que prohíben su exhibición, señalan a las representantes del sexo femenino como detentoras de un cuerpo que posee un miembro ofensivo al pudor y por ello las obligan a atrofiarlo y a ocultarlo. Las chinas tienen que esconder sus pies aun ante sus maridos, y las turcas deben dormir con medias.”

Los pies pueden dar vergüenza o deben ser cubiertos, y porque representan esos abajos pudorosos, son objetos fetiche, sensuales, erotizados: los pies y aquello que los recubre (piensen en las medias de seda o en los tacos aguja de Marylin). Hay zapatos con escote (una clara metonimia, un desplazamiento de sentidos) o con pulseras o hebillas sugerentes. La imagen de un pie recorriendo una entrepierna, de una boca rodeando el dedo gordo del pie de Bataille. Por eso, también, objeto de tortura y de castigo: el pornopie. El sadomasoquismo podal (la palabra existe, significa: relativo al pie).

Hace pocos días un dolor me despertó: era como si me clavaran cuchillas en el empeine derecho. Fui a la guardia y le dije al traumatólogo: es un dolor agudo, punzante, intermitente. Temí que, al usar esas palabras, creyera que estaba sobreactuando el cuadro. Pero era exactamente así. 

¿Me lesioné en clase de yoga ashtanga? ¿Me sobreexigí? ¿Fueron los bocegos charolados con plataforma que hace tiempo no usaba? ¿Alguien pinchó el pie de una muñeca que me representa? ¿El psicoanálisis tendría algo que decir sobre el tema, por ejemplo, “algo no camina”? Reposo, hielo, pierna en alto y parches mediante, el dolor cedió.

Debería volver al paro de cabeza: invertir la postura. Mirar desde el suelo. Que los pies toquen el cielo. 

En pandemia tiré los zapatos que me hacían doler. Fue un gesto. Pero ni loca me desprendo de mis borcegos charolados.

Dije, entonces: es hora de escribir esta primera columna, la que inaugura la serie y le da título, y empezar por el principio, por abajo. Por los pies y ese velo que los recubre, los oculta y los muestra, los embellece, erotiza y hiere y al mismo tiempo, les permite caminar sin lastimarse. Un objeto contradictorio, los zapatos.  

GS