Opinión

Cuando Cristina dice nosotros

Panorama político

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Habló, una vez más, como la encargada de diseñar la hoja de ruta para el año electoral, en un camino lleno de obstáculos que obliga a no equivocarse. Insinuó que ir al ajuste después del ajuste sería cederle nuevas atribuciones al Fondo, atentar contra la base de lealtades de su fuerza política y rendirse ante las exigencias de una potencia que hace rato no colabora con el peronismo. Si benefició o perjudicó la puesta en escena de Martín Guzmán en Washington, es materia de interpretaciones prematuras para una película que todavía no terminó. Pero es seguro que la foto que Kristalina Georgieva tiene en su despacho con el Papa Francisco no alcanza para saldar las diferencias ni para que el organismo de crédito ponga a disposición un nuevo tipo de programa, a 20 años, solo para consumo de la Argentina. Aunque el ministro de Economía y su mano derecha Sergio Chodos prefieran no acusar el golpe, está claro que Cristina Fernández de Kirchner ocupa un lugar distinto al de los negociadores que deben llevarse bien con el acreedor privilegiado de una cifra imposible de pagar. Ya en campaña, la vicepresidenta ejerce la jefatura de un movimiento amplio, que lleva la contradicción adentro.  

El Presidente no puede asustarse porque su vice tense la cuerda con el Fondo: él mismo viene de anunciar una querella criminal contra el organismo que dirige Georgieva por el préstamo de U$S 44.000 millones que financió el primer tiempo traumático de Mauricio Macri en el poder. Las discrepancias con Alberto Fernández existen pero están destinadas a ser digeridas en el doloroso proceso de unidad ante el espanto, según la definición del diplomático Felipe Solá. La diferencia más notoria viene de los recorridos que moldearon perspectivas. Pesa esa ventana grande de tiempo en que los Fernández estuvieron separados y Cristina siguió adelante, primero con Néstor Kirchner y después en soledad, junto a un grupo de incondicionales que la acompañó en el error sin arrepentirse.

La vicepresidenta eligió una fecha especial y la provincia de Buenos Aires para rodearse de un trío de afinidad que tiene proyección electoral, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y, el blanco de denuncias de los organismos de derechos humanos, Sergio Berni. No mencionó al Presidente, no compartieron el acto del 24 de marzo. Pero lo sintomático fue que CFK intervino, al mismo tiempo, como la parte y el todo. “Cuando hablo de nosotros, hablo de lo que fue la gestión del 2003 al 2015”, dijo en el minuto 19 de su discurso, cuando entraba al nudo de las definiciones que iban a propagarse al infinito de la polarización. Se refería a las críticas que había recibido por no abrirse al mundo, pero también a una historia y una subjetividad que identifica y aglutina al puro kirchnerismo. Capítulo II de la aparición de diciembre en La Plata, cuando sostuvo que el peronismo volvió al poder por el combo de unidad más la memoria de lo que hizo el cristinismo. O de la carta sobre economía bimonetaria en la que aseguró: “El que decide es el Presidente”. 

Aunque no siempre apunta en la misma dirección, el voltaje de su palabra habilita infinidad de recortes. La vice también evocó en las Flores una cifra del Banco Mundial, de noviembre de 2012, que indicaba que en la década anterior el peronismo había duplicado la clase media en Argentina. Nada más distinto que el panorama que le toca gobernar a Fernández, que a esa misma hora estaba en contacto con David Malpass, el ex asesor de Trump que preside el BM. Lo publicó esta semana elDiarioAR, la clase media se viene achicando fuerte: en la Ciudad de Buenos Aires, cayó casi 8 % entre el primer trimestre de 2015 y el mismo período de 2020, del 66,2% al 58% de la población. En base a datos del gobierno porteño, la consultora Abeceb -fundada por el exministro de Macri Dante Sica- indica que los hogares pobres se duplicaron en el mismo período, de 11,3% en 2015 a 21,6% en 2020; dicho de otro modo, en un lapso de cinco años de los cuales Macri gobernó cuatro. Sin embargo, la autora de la investigación, Belén Rubio, dice que el proceso de empobrecimiento de los sectores medios se inició en aquel 2012 que citó Cristina en su discurso.

Guiado por Sergio Massa y con el respaldo del sindicalismo de mejores sueldos, el gobierno acaba de beneficiar a los sobrevivientes de esa clase media con el apoyo de la oposición y la sanción del aumento del mínimo no imponible que beneficia a un millón 200 mil trabajadores y jubilados que pagarán Ganancias a partir de 150 mil pesos, una cifra que pasa a actualizarse por el RIPTE. El autor del proyecto, el ex AFIP Guillermo Mitchell, sostiene que el alivio será para los que están en la base de la pirámide, es decir, los operarios de las automotrices y no los gerentes de los bancos, como sucedió durante los años amarillos. También se benefician 350 mil monotributistas. Pero el mosaico laboral se astilló como nunca en la última década y la realidad de la mayoría es otra. Lo confirman los datos del cuarto trimestre de 2020 que el INDEC publicó sobre desempleo, un drama que parece haber sido naturalizado a los dos lados de la polarización. La cifra del 11%, que representa una baja del 0,7% con respecto al tercer trimestre de 2020, dice poco. Las 2 millones 200 mil personas que buscan pero no encuentran trabajo son la punta del iceberg. La desocupación llega al 14,1% en el Gran Buenos Aires, el 13,6% en el Gran Rosario y el 13% en el Gran Córdoba y pega mucho más fuerte en sectores sensibles: asciende al 26% entre las mujeres de 14 a 29 años y al 19% en los varones de esa misma edad.

De acuerdo a los datos del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas que dirige Claudio Lozano, el rebote de la actividad a los niveles prepandemia no vino de la mano de una recuperación equivalente en el empleo y todo lo que crece es la informalidad laboral, las changas y el autoempleo de subsistencia. Aumentó el número de ocupados que demandan trabajo a 18,4%, lo que Lozano considera desempleo encubierto. Si se cuenta el 15%,1 de subocupados y la caída de la tasa de actividad al 45%, el problema del empleo involucra al 33,5% de la población: son 6 millones 600 mil personas, que según el director del Banco Nación, sería la desocupación total de la Argentina si no fuera por la capacidad de supervivencia de las franjas más vulnerables de la sociedad. En ese universo está una parte sustantiva del histórico electorado del Frente para la Victoria. 

Con eje en la castigada tercera sección electoral, ese nosotros del que habla Cristina resistió hasta hoy la erosión de toda crisis, es dueño de las lealtades en la provincia de Buenos Aires y base de las futuras alianzas que podría intentar el cristinismo para cruzar, otra vez en 2023, la frontera de la minoría intensa y permanecer como mayoría. El Frente de Todos es otra cosa, tal como la propia vicepresidenta lo reconoció cuando abandonó el plural y prefirió hablar de “este gobierno”. Parece bastante más que un juego de palabras y puede servir para asomarse tanto a la incomodidad que implica la unidad como al desenlace de la experiencia de una alianza que excede, complementa y contradice al kirchnerismo original.  

Con fecha del 19 de marzo, la última encuesta de Synopis registra la valoración negativa más alta del gobierno de Fernández (63.9%) desde que asumió, la valoración positiva más baja (27,1%) y el mayor diferencial negativo desde diciembre de 2019, 36.8%. El trabajo de la consultora que dirige Lucas Romero presenta un panorama de pesimismo y caída general de la imagen de la dirigencia pero destaca que, en el último año, el presidente vio reducida su base de simpatías propias de 26,9% de los encuestados a solo 2,9%. 

Sea la crisis, los errores o la incapacidad para asumir un perfil propio, para Synopsis, Alberto se quedó sin el famoso plus y más del 90% de sus simpatizantes son hoy los de Cristina. “Si Cristina aportó la mayoría de los votos del Frente de Todos, hoy está aportando casi la totalidad de los apoyos al Gobierno”, dice. Según la medición, en el arranque de 2021 el oficialismo cuenta con una intención de voto del 30,6%, 8 puntos menos que en julio de 2020, aunque con un alto porcentaje de oficialistas que hoy se incluyen entre el 8,6% que se presenta como indeciso. El 24% de los votantes de los Fernández se declaran desencantados y la oposición, en sus distintas variantes, alcanza al 60,8%, el valor más alto desde el año pasado. 

Las cifras de Synopsis contrastan con el cálculo que hacen en el Frente de Todos los que creen que, soja mediante, con los Derechos Especiales de Georgieva -que se esperan para pagar el vencimiento con el Fondo en septiembre- y sin el efecto devastador de una segunda ola, el gobierno llega unido a las elecciones legislativas y gana. Pero además con lo que advierten desde el ala identificada con el cristinismo histórico. Ahí, piensan que la vice no se mueve con las elecciones como único deadline sino que está planteando también el día después de octubre. No sólo cómo llegar sino cómo seguir, si un acuerdo desfavorable con el Fondo obliga a un ajuste mayor en un contexto en el que la escasez de dólares y la caída brutal del poder adquisitivo en los últimos tres años impiden recuperar lo perdido y volver a crecer en serio. En Guzmán, en cambio, la sustentabilidad es un mecanismo de relojería: tiene que combinar un crecimiento moderado para que la demanda de dólares por importaciones no sea excesiva y una paciencia de oro en los votantes del pancristinismo, que deberían aguantar -aferrados al mal recuerdo de Macri- y sin ilusiones de salir del pozo en el corto plazo.

Ya la vicepresidenta transitó una experiencia en la que la economía que orientaba Kicillof se ahogó antes de las presidenciales de 2015, aunque con niveles de consumo, de pobreza y de empleo incomparables con los de hoy. Lo que no vivió fue una situación en la que el desendeudamiento, mandamiento de hierro del kirchnerismo, se volviera inviable por completo. La reestructuración de 2005 con Roberto Lavagna y la de 2010 con Amado Boudou, sirvieron para despejar parte del camino. El FMI sólo se veía en el espejo retrovisor y el riesgo país -que hoy está en 1600 puntos- había bajado fuerte en los dos casos. Ahora es muy distinto. Lo cuenta el informe de coyuntura que elaboró un grupo de economistas coordinado por el exviceministro de Economía de Boudou, Roberto Feletti. El trabajo habla de la disputa que están librando pese al masivo canje de deuda dos bandos ligados al flujo de divisas. La tensión que puede complicar al gobierno en el año electoral se da, dice, entre los fondos de inversión que reducen sus tenencias de títulos argentinos reestructurados y presionan por un acuerdo rápido con el FMI que les asegure que van a cobrar y el frente devaluacionista exportador de actores locales vinculados al agronegocio y la energía, que quieren un tipo de cambio más alto para licuar todavía más el “costo argentino”. Unos quieren cobrar los dólares que les debe el Estado y otros pujan por hacer valer más los propios que generan. Zafar de la alternativa ajuste/devaluación, asegura el informe, sólo es posible si el Banco Central logra aumentar sus reservas de manera sustancial. 

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