La crisis infinita del FdT

“Es la política, estúpido”: el silencio de Fernández y lo que Guzmán evita decir

Martín Guzmán en una visita a una empresa en Ituzaingó

Hay, en el registro íntimo de Alberto Fernández, dos momentos medulares de la crisis política con Cristina Kirchner. Los dos, encadenados en un lapso de 40 días, fueron protagonizados por Máximo Kirchner y tuvieron que ver con el acuerdo con el FMI. Uno fue la renuncia, nada espasmódica, a la jefatura del bloque del FdT que oficializó, con una carta áspera, el 31 de enero, tres días después del anuncio del entendimiento. El otro fue el voto no positivo de Kirchner, junto a otros 17 diputados, el 11 de marzo.

Para Fernández, aquella renuncia fue una acción quirúrgica, metódica, orientada a jaquear los efectos positivos, en términos políticos y económicos, que creía que tenía el anuncio pero que se alteraron con la carta incendiaria de aquel lunes. Dos años esperando poder dar la noticia de un acuerdo, y duró 72 horas porque la renuncia de Máximo rompió el clima e instaló el concepto de que el acuerdo era malo.

Con el tratamiento en el Congreso ocurrió lo mismo: Fernández, quizá con un exceso de voluntarismo, fantaseó con que al final Máximo y los diputados de La Cámpora votarían a favor o se abstendrían, pero no. Esa madrugada escuchó, además, datos de que delegados de Cristina y referentes camporistas, y hasta su amigo porteño Víctor Santa María, habían operado para sumar votos negativos o abstenciones en el FdT.

Sobre esa base, Fernández trasmite a su entorno un mensaje preciso: le resulta traumático detectar que en las últimas semanas, el cristinismo -ismo que abarca a La Cámpora- se convirtió en una usina crítica de la situación económica, en los mismos niveles o en algunos casos con más dureza que los sectores más duros de la oposición.

“Si en este momento Cristina estuviese acompañando, se hablaría muchísimo menos de los problemas económicos y podríamos estar peleando la agenda con los datos buenos de la economía, el aumento del empleo, el 7% de desocupación, el crecimiento de la economía. Pero como ellos (por el crisinismo) se la pasan hablando de eso, el único tema de la agenda es ese, y la crisis política”, analiza un albertista histórico.

El malestar de los propios

Es, palabras más palabras menos, lo que interpretan Fernández y el ministro de Economía, Martín Guzmán. Pero que ambos evitan imputar, abiertamente, a la vice y que refiere a que el escenario de la economía, se agrava con la crisis política y se deteriora con los pronósticos, cada vez más públicos, de portavoces del dispositivo K sobre un desenlace dramático. Máximo Kirchner es el más explícito. Otros, como Oscar Parrilli, que se mueve en una zona casi border del declaracionismo.

Es, claro, una cuestión de percepción. La pregunta podría ser: ¿el kirchnerismo contribuye, con sus críticas, al mal clima, o se anticipa a un mal clima que se viene gestando a partir de las malas noticias económicas?. El último informe de PxQ/RAM, que elaboran el economista Emmanuel Alvarez Agis y el consultor Ignacio Ramírez, aporta un dato específico. “El pesimismo generalizado sobre el contexto económico se agravó en el último mes (marzo). Un 80% considera que la situación económica del país es negativa, 5 puntos más que en febrero. El malestar alcanza a la base electoral oficialista: dos tercios de los electores del FdT evalúan negativamente el presente económico”.

Se ensamblan otros dos fenómenos: en marzo, como nunca antes, el kirchnerismo cuestionó al gobierno a la vez que la la inflación -por razones ajenas a esa postura K- se desmadró con estampida. Para el 70% de los consultados, los precios “aumentaron mucho”. Hay una lectura más simple: más allá de pertenencias o identidades políticas, la inflación golpea el bolsillo y eso atraviesa todo.

Silencio paternal

Para Fernández, las dos jugadas de Máximo fueron maniobras de deterioro: su renuncia y el voto negativo. Y anticiparon lo que vino después: una objeción repetida a la política económica, con objeciones a todo al equipo encabezado por Guzmán, cruzado por el teléfono roto entre el presidente y la vice. En ese contexto, aún entre sospechas, Fernández sostiene como único puente abierto con el mundo K, a Eduardo “Wado” De Pedro que contribuye con una gestualidad sutil: no se pliega, por convicción o estrategia, al fuego amigo cristinista.

Para eso, el ministro político construyó una atmósfera aséptica de viajes al exterior, asuntos de fronteras y comunicación en redes con temas livianos, como la torta frita más grande del mundo que se cocina en la bonaerense Mercedes, su ciudad. Entre la política Tik Tok y una agenda nórdica -tecnología, ambiente y energías alternativas- De Pedro surfea la tormenta frentodista y perdura como última terminal entre Olivos y la galaxia K.

Fernández, flamante padre, ejercita el silencio: luego de dos entrevistas donde no apaciguó la interna ni instaló la agenda que pretendía, la del post FMI -“nos sacamos una soga del cuello”-, se repliega pero manda a decir que Guzmán no está en riesgo, que las versiones de cambios de gabinete que involucran al ministro no son veraces. Ante el mutismo presidencial, el ministro tuvo que hacer un mini raid para avisar que está en pie y confirmado: una nota en TV pero, antes, una visita a una PyME de Ituzaingó.

Ahí hay un simbolismo pequeño, casi periférico, para traducir. En noviembre del 2020, una misión del FMI llegó a Buenos Aires y pocas horas después, el venezolano Luis Cubeddu dio positivo de Covid. Guzmán había acordado con dirigentes del conurbano, que la comitiva visite una villa de zona oeste, algo así para mostrarle la pobreza en persona, la herencia Macri, el efecto de la pandemia, etc. Pero hubo un llamado desde el dispositivo K para que esa visita no se hiciera, para que no bajara al territorio.

Episódico, Guzmán estuvo ayer en Ituzaingó y puede leerse como un desafío, aun mínimo, a esa “veda”. Un anticipo de algo que dijo en TV donde habló, como lo hicieron antes Roberto Feletti y Alvarez Agis, entre otros, que además del problema económico, existe un problema político. Un cover de Bill Clinton con aquello de “es la economía, estúpido”, pero ahora “es la política”. Con la crisis desatada, Cristina pidiendo la salida de Guzmán y del equipo económico, y una metralla permanente desde el propio FdT, el escenario económico, es vez de ordenarse, se agrava.

Con delay, el ministro -hasta acá ratificado- trasmite, con sus modos, que el acuerdo con el FMI se ordena la cuestión de la deuda y todo debe apuntar, ahora, a resolver la cuestión inflacionaria interna, agravada por un frente internacional inusual en los últimos años. Todo, en la previa, del dato de inflación de marzo que se anticipa por arriba de los 6%.

PI

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