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Las vidas de Daniel Hadad: de periodista “más odiado” a empresario al que el poder le rinde honores

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El velocímetro ya había pasado los 180 cuando Daniel Hadad volvió a acelerar. A pocos metros, sobre otras motos, Rodolfo Galimberti y Jorge “Corcho” Rodríguez hacían lo mismo. Recorrían una de las rectas del autódromo de la ciudad de Buenos Aires hasta rozar los 280 kilómetros por hora. Durante un rato, dieron vueltas al circuito como tres amigos que habían ido hasta allí solamente para correr. Desde los costados, la escena atraía algunas miradas. Ninguno de los tres parecía registrarlas. Habían ido a divertirse.

“Galimba”, uno de los nombres más conocidos de Montoneros, había dejado muy atrás la militancia revolucionaria y el exilio para reinventarse en el mundo de los negocios. El “Corcho” Rodríguez era otro personaje perfectamente adaptado a la fauna de la década: adorador del dinero, habitué de la noche porteña y amigo de famosos y políticos, su noviazgo con Susana Giménez terminaría de convertirlo en una celebridad por derecho propio. Hadad, de la misma generación que Rodríguez, estaba en pleno ascenso y empezaba a convertirse en uno de los periodistas con mayor llegada al poder. Los tres eran, cada uno a su manera, criaturas de una Argentina en la que mundos que parecían incompatibles habían empezado a mezclarse con sorprendente facilidad.

Hadad mostró desde joven una habilidad que con los años convertiría casi en un método: moverse entre mundos distintos y acercarse a personajes que rara vez aparecían juntos en una misma fotografía. La escena del autódromo era casi una miniatura de la vida que terminaría construyendo, entre otros colegas periodistas, empresarios y banqueros. Hadad aprendería a circular entre todos ellos como pez en el agua.

Su propia trayectoria también tendría algo de ese nado permanente. Quienes lo conocen desde hace décadas describen una manera particular de moverse. Hadad rara vez avanza en línea recta. Prefiere la diagonal: tantear el terreno, conservar interlocutores en lugares enfrentados y evitar, siempre que pueda, quedar encerrado demasiado pronto en una posición. Esa condición zigzagueante lo acompañó tanto en los negocios como en su relación con la política y ayuda a explicar una trayectoria que hoy lo posiciona en la carrera por una candidatura presidencial en 2027.

Hacerse un lugar

Mucho antes de convertirse en el zar de los medios, Hadad aprendió a rebuscárselas. Nació en Buenos Aires en 1961 y creció lejos de los círculos que frecuentaría de adulto: su padre era vendedor y su madre, maestra. Esa distancia entre el origen y el empresario que décadas después recibiría presidentes y magnates en sus oficinas forma parte de la historia que él mismo cultivó sobre su vida: la del hombre que llegó desde afuera y aprendió rápido cómo entrar.

Estudió Derecho en la Universidad Católica Argentina (UCA), pero los tribunales nunca parecieron ofrecerle lo que encontró en el periodismo. Un micrófono servía para hacer preguntas, aunque también podía cumplir una función bastante más interesante: abrir puertas. Hadad entendió temprano que la profesión permitía acceder a personas y lugares que de otra manera quedaban reservadas para unos pocos. Y empezó a aprovecharlo.

La política apareció casi enseguida. En los primeros años de la democracia se acercó a la Fundación Universitaria del Río de la Plata, la FURP, una institución dedicada a la formación de jóvenes dirigentes que durante décadas reunió, y continúa haciéndolo, a figuras provenientes de la política, el empresariado, la diplomacia y el periodismo. Uno de sus rasgos distintivos fue siempre su vínculo directo con el establishment norteamericano, a través de programas e intercambios que permitían a sus integrantes entrar en contacto con centros de poder de los Estados Unidos. En 1984, con 23 años, Hadad viajó allí y tuvo una primera aproximación a ese mundo al que volvería una y otra vez. Aquel país terminaría ocupando un lugar persistente en su imaginario, primero como referencia para pensar los medios y los negocios y, muchos años después, como plataforma para la expansión de Infobae.

Pero la principal escuela estaba en Buenos Aires. Hadad comprendió que en el periodismo argentino una buena agenda podía valer tanto como una buena primicia y se dedicó a construir la suya con paciencia. Conseguir números de teléfono era apenas el comienzo. Después había que llamar, sostener el vínculo, saber escuchar y, sobre todo, evitar cerrar puertas. Era una época, además, en la que la frontera entre entrevistar al poder y frecuentarlo podía ser bastante tenue.

Antes de instalarse en ese mundo, Hadad también hizo calle. En enero de 1989 era cronista de exteriores de Teledós Informa, el noticiero conducido por Pinky, cuando le tocó cubrir uno de los episodios más violentos de aquellos años: el copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP). Hadad transmitió desde el lugar mientras el Ejército intentaba recuperar sangrientamente el cuartel, en una cobertura extensa y caótica que se convirtió en una de sus primeras apariciones televisivas.

Al poco tiempo, Hadad descubrió que había otra alternativa, menos expuesta y acaso más decisiva, para la carrera que terminaría construyendo: la cercanía con quienes tomaban las decisiones. Bernardo Neustadt encarnaba por entonces ese modelo mejor que nadie. Acercarse a su mundo significaba empezar a circular por otros ambientes, en los que aprendió una lección que después llevaría mucho más lejos: para influir no alcanzaba con conseguir la entrevista. Era mucho mejor ser dueño del micrófono.

El momento histórico ayudó. La llegada de Carlos Menem a la presidencia abrió una década en la que, al calor de las privatizaciones, se reordenaron fortunas, aparecieron nuevos empresarios y cambió de manos buena parte del poder. Los medios formaron parte de esa transformación. Periodistas que hasta entonces cobraban un sueldo descubrieron la vocación empresarial, mientras banqueros y contratistas descubrían, por su lado, las ventajas de tener cerca una radio, un canal o un diario. Las fronteras entre unos y otros se volvieron convenientemente borrosas.

Oveja negra

Para comienzos de los 2000, Hadad ya había conseguido poder, dinero y audiencia. Lo que todavía no había conseguido era respetabilidad. En buena parte del periodismo argentino seguía siendo un apellido incómodo, demasiado pegado al menemismo, a sus negocios y a algunos de los personajes que habían prosperado alrededor del poder a fines del siglo pasado. Hadad podía llegar hasta los despachos más importantes del país, pero eso no significaba necesariamente que le abrieran con la misma facilidad las puertas del prestigio.

El cambio de época terminó de dejarlo del lado equivocado de la fotografía. El 2001 modificó el clima cultural de una parte del periodismo. Con la llegada de Néstor Kirchner al poder, una sensibilidad progresista que durante los noventa había ocupado un lugar más contestatario ganó centralidad en redacciones, radios y canales. Hadad reunía demasiados atributos del mundo que empezaba a quedar bajo examen.

Pocas piezas retratan mejor aquella distancia que Vale todo, la biografía no autorizada que Romina Manguel y Javier Romero publicaron en 2004. El libro reconstruía el ascenso de Hadad, sus negocios y sus relaciones políticas, empresariales y financieras. Pero quizás el documento más revelador del clima de época esté antes de que empiece la investigación: en el prólogo que escribió Jorge Lanata.

Lanata no se anduvo con sutilezas. Presentó a Hadad como “uno de los personajes públicos más odiados de la Argentina” y lo ubicó entre las personas acusadas por hechos de corrupción vinculados con su trabajo. Pero fue bastante más lejos. Para él, Hadad era una metáfora de un sector del país que había quedado “fascinado con el ejercicio del poder desnudo” y había colaborado con la construcción de la cultura menemista. En una de las comparaciones más brutales del texto, colocó a Hadad junto a nombres como Raúl Moneta, Gerardo Sofovich o Jorge Asís, a quienes describió como los “Astiz del menemismo”. Una suerte de “grupo de tareas” que habría hecho el “trabajo sucio” desde los medios.

El tono del prólogo hoy resulta llamativo no sólo por lo que dice sobre Hadad, sino por lo que revela del periodismo que lo juzgaba. Lanata describía los años de Menem como “los años de la cocaína” y asociaba aquella década con el éxito rápido, el cinismo y la indiferencia frente a sus consecuencias sociales. En ese relato, Hadad dejaba de ser simplemente un empresario periodístico que había crecido cerca de un gobierno para convertirse en la encarnación mediática de todo aquello que una parte del nuevo mainstream periodístico quería dejar atrás.

Hadad era la oveja negra.

Veinte años después, la fotografía sería casi exactamente la inversa.

Vaca sagrada

Una tarde de abril de 2026, Hadad recibió un doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de La Matanza. Bastaba mirar las butacas para entender cuánto habían cambiado las cosas. Había jueces, ministros, empresarios y dirigentes peronistas, macristas y libertarios, muchos de ellos acostumbrados a enfrentarse entre sí. Esa tarde habían encontrado algo en lo que ponerse de acuerdo: homenajear a Hadad.

La universidad celebró su aporte al periodismo y la expansión internacional de Infobae. Hadad escuchó los elogios y agradeció emocionado. “Esto es un mimo al alma”, dijo. El empresario cuya biografía no autorizada había servido para hurgar en las zonas más turbias de la relación entre medios, dinero y política recibía ahora la máxima distinción de una universidad pública rodeado por una muestra bastante representativa del poder argentino. La oveja negra se había convertido en vaca sagrada.

Infobae fue decisivo en esa metamorfosis, aunque el camino hasta allí tuvo bastante menos de epopeya de lo que después podría sugerir el resultado. Hadad apostó temprano por internet, pero terminó concentrándose por completo en el portal después de desprenderse, bajo presión durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, de C5N y de sus radios, que quedaron en manos del empresario Cristóbal López. Él siempre presentó aquella salida como traumática. “Tuve que vender”, le dijo entonces a Oscar González Oro. En una de las entrevistas de su reciente raid mediático volvió sobre aquel momento: recordó que el 12 de octubre de 2012 entregó los medios y que al día siguiente salió a la calle y sintió que no tenía “a dónde ir”.

La salida forzada terminó empujándolo hacia el activo que había conservado y que por entonces ocupaba un lugar bastante más lateral en su imperio. Infobae pasó de ser aquel hermano menor a convertirse en el centro de todo. Con redacciones y audiencias en distintos países, el portal alcanzó una dimensión internacional que ninguno de sus medios anteriores había tenido. Y el éxito hizo algo más: le dio a Hadad una legitimidad que el viejo dueño de Radio 10 nunca había terminado de conseguir.

Después llegaron los reconocimientos. La UBA premió su trayectoria, recibió el Konex de Platino, la Legislatura porteña lo declaró Ciudadano Ilustre. Este año, el Congreso Judío Latinoamericano volvió a distinguirlo en Montevideo, en un encuentro al que asistió el presidente Yamandú Orsi. Para entonces, Hadad ya no buscaba ingresar al establishment. Era parte de él.

En ese sentido, quizás la posibilidad presidencial sea menos extravagante si se la mira como el último movimiento de una trayectoria construida precisamente a fuerza de correr un poco más lejos cada vez que alcanzaba una meta. Manguel y Romero cuentan una anécdota que parece escrita para este momento. Una tarde de primavera, cuando Hadad todavía no había comprado Radio 10, almorzaba con Galimberti en la vereda del restaurante Lola, en Recoleta. Hadad estaba cansado y le confesó a su amigo que tenía un límite: “El día que tenga dos palos verdes me retiro”.

“El Loco”, como apodaban a Galimberti sus amigos, no le creyó. Le respondió que cuando tuviera dos millones iba a querer cuatro. Hadad aceptó el desafío: entonces se retiraría cuando llegara a cuatro. “No. Ahí vas a querer ocho. Cuando tengas ocho, dieciséis”, retrucó el ex montonero.

Más de dos décadas después, Hadad tuvo bastante más que Radio 10. Manguel y Romero encontraron en aquella conversación una definición que terminaría sobreviviendo al resto de su libro: “Hadad desde muy chico fue estirando el elástico de sus ambiciones de manera que, una vez alcanzadas, siempre hubiese un poquito más”.

PL/MG