Vinos elaborados por una comunidad de pueblos originarios

Con una cepa de uva criolla centenaria y sin químicos, funciona la primera bodega indígena de América latina

Con forma circular, una tradición ancestral, está planteada la construcción de la bodega y los cultivos.

 “Somos dueños de estas tierras donde estamos parados”, se enorgullece Gabriela Balderrama, comunera de Amaicha del Valle, comunidad autónoma que jamás interrumpió su gobierno indígena, presidida por una Asamblea General, un Consejo de Ancianos, un Cacique y un Delegado Comunal.

En este pueblo ubicado a dos mil metros de altura y a 165 kilómetros de San Miguel de Tucumán, los pobladores originarios son dueños de estas tierras desde que los españoles pactaron con sus antepasados -los Amaichas, una etnias de la nación diaguita- calchaquí- e hicieron entrega de la cédula real en 1716. 

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Son las diez de la mañana y el sol de los Valles Calchaquíes entibia el frío de agosto, un mes especial para los pueblos indígenas de la región andina, que celebran y veneran a la Pachamama, o la madre tierra. Es tiempo de siembra y ofrendas, de agradecer y pedir. Y acá, en lo alto de un pequeño cerro ubicado en la entrada de este pueblo donde el sol brilla 350 días al año, los pobladores pusieron en marcha la primera bodega indígena y comunitaria de Latinoamérica: Los Amaichas. Se trata de un emprendimiento que desarrolló la novedosa cepa criolla, sin químicos ni fertilizantes, e integrada por agricultores familiares. Una iniciativa pionera en el país, que sirve para afianzar el desarrollo turístico de la comunidad, funciona como un modelo de economía solidaria, y genera empleo para unas cuarenta familias que viven en distintas localidades de la región, desde Ampimpa hasta Quilmes. 

En Amaicha preservan con la frente en alto sus viejas tradiciones y la celebración de la Pachamama, que se extiende durante todo el mes, es una de las mas representativas del noroeste. Y entonces hoy, que es 1 de agosto, en la bodega se reúnen locales y visitantes para una fiesta comunitaria. Afuera, una referente vestida con atuendo blanco tradicional planta la colorida Whiphala (bandera de los pueblos originarios) sobre la apacheta o altar ritual, ubicado al lado del hoyo en la tierra donde se depositarán las ofrendas. Mientras tanto, en el interior de esta construcción circular de piedra y austera, Balderrama, 37 años, retacona, de hablar apurado y esa tonada dulce, tan norteña, invita a degustar los vinos y conocer los secretos de este emprendimiento singular. Pero antes aclara: “En realidad, lo que hicieron los españoles fue devolver algo que era nuestro. Esto quiere decir que estas tierras son inapropiables por personas que no sean de la comunidad”, reivindica de pie a espaldas de la ventana donde se ven los tanques de acero inoxidables en la planta de abajo. Y señala la Cédula Real que atesoran con orgullo, que cuelga enmarcada de una de las paredes. 

Trabajo y construcción ancestral 

En 2010, la comunidad recibió un subsidio inicial de la subsecretaria de Desarrollo Territorial del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Nación, que además donó unas 47 mil plantas de la variedad Malbec, palos y alhambres para las espalderas. Aquel sueño se materializó seis años después, el primero de agosto de 2016. 

Hoy, los sistemas económicos de trabajo ancestrales son premisas fundamentales. “Trabajamos todos juntos para poder ayudar a cada uno de individualmente. Ese es el sentido de trabajo comunitario”, aporta Balderrama. 

La construcción también fue ideada en base a lineamientos tradicionales. Es por eso que se erigió un círculo central y dos semicírculos. “Así se construían las casas de nuestros ancestros. En el círculo central es donde se hacían las tareas diarias. En uno de los semicírculos se guardaba la producción de alimentos, y en el otro es donde se dormía y descansaba”, explica Balderrama. Hoy en día, el módulo central es el lugar destinado a la administración y centro de reunión donde se puede catar y comprar los vinos. En el semicírculo inferior están los tanques de acero inoxidable para la producción y almacenamiento del vino. El tercer semicírculo está en una habitación contigua, y es el lugar destinado a la cava. “Esta arquitectura nos ayuda a mantener una temperatura óptima de entre 18 y 20 grados, sin tener que utilizar un sistema de frío mientras el vino está estacionado”, precisa Balderrama. 

El Buen vivir

“Elegimos este lugar estratégicamente para tener un espacio donde recibir al turismo y que se quede unos días por acá”, aporta el ex cacique Eduardo “Lalo” Nieva, que estaba en funciones cuando se inauguró y fue uno de los impulsores del proyecto. “Es una empresa comunitaria única, la tercera bodega comunitaria indígena en el mundo. Hay una en Canadá y otra en Australia. Tomamos la decisión de trabajar en cuatro ejes: la vitivinicultura, las artesanías, el turismo y la soberanía alimentaria”, completa el hombre, que tiene el pelo largo y lacio color azabache. A sus cincuenta y un años, fue reelegido cacique en tres oportunidades y dejó recientemente su último cacicazgo. 

Los técnicos del ministerio formaron a los viñateros en las técnicas para producir uvas de alta calidad y la elaboración del vino. Son cuarenta familias que aportan las variedades de uvas Malbec y sobre todo, la Criolla, una especie que se cultiva en la zona hace casi un siglo. Uno de ellos fue Mario "Diablero" Arias. Técnico social con formación en antropología, tiene 67 años, es de Buenos Aires pero está radicado en Amaicha hace años. Desde Salta, donde está pasando una temporada, cuenta que el proyecto nació como necesidad de comercio justo donde los productores no tuvieran que vender la uva a “precio de miseria” a las bodegas. “Nuestro trabajo fue formar a los viñateros chicos para que aprenden todas las técnicas de sostener la planta, llevarla adelante, y sacar uvas de alta calidad. El vino es muy bueno por las condiciones del terruño: suelo, sol, altura”. 

También se sumó el enólogo Agustín Lanús, que es de Buenos Aires pero trabaja con vinos de altura en reconocidas bodegas de la región. “Yo no conocía la uva Criolla hasta entonces y me impactó mucho la planta. En el 2015 había solo un productor que trabajaba la Criolla de alta gama. Me encantó el resultado y propuse que sea el vino ícono”, recuerda al teléfono este enólogo que alterna sus días entra la agitada y húmeda vida de Buenos Aires y la aridez y calma de los cielos diáfanos del norte. Lanús recuerda con cariño a "Tybó", un enólogo francés que estaba haciendo una pasantía en Argentina y se apasionó por el proyecto. “Fue una experiencia muy linda para el como para toda la comunidad”.

El enólogo, de 39 años, dice que el agua del valle es “espectacular”, asegura que el vino tiene un “potencial enorme”, y opina que desde el punto de vista agronómico y enológico es impecable”. “Son suelos muy calcáreos que dan una fruta muy distinta, con un perfil aromático que va al grafito, al tomillo, a la jarilla. Pero lo que más me cautivó fue toda la cultura detrás de la comunidad de Los Amaichas, de que sea una bodega comunitaria”. 

Los Amaichas produce un promedio de 25 mil litros anuales de las variedades Malbec y Criollo, que se venden en la bodega y en los almacenes de la Unión de los Trabajadores de la Tierra (UTT) en Buenos Aires. La etiqueta lleva un nombre en quechua: Sumaj Kawsay, que significa el Buen Vivir. “Sumaj Kausay es vivir en equilibrio con la madre tierra - grafica Lalo Nieva -. Equilibrio colectivo y personal en relación con el otro, que incluye la planta, la piedra, el agua Equilibrio emocional, material y espiritual. El Buen Vivir de los Amaichas es el proyecto de la comunidad. Todo es circular”. 

GP

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