La otra cara de la morosidad

Endeudamiento en barrios populares: toman préstamos para sobrevivir y terminan entregando sus casas al narco

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“El que mejor se encuentra, solo está endeudado”, dice T., un vecino de La Carbonilla, parado entre altas y precarias construcciones que quedaron a medio terminar. Delante hay un estacionamiento que funciona como cancha de fútbol, mientras se desarrolla el entrenamiento por donde pasan autos y motos, vecinos, vendedores y mormones yankies que comen mandarinas e interrumpen la práctica. “El que menos, está endeudado”, insiste T., abriendo los ojos, recurriendo a la elipsis para explicar la compleja y laberíntica trama en la que muchos vecinos están atrapados.

La devaluación del 50% de 2023, la eliminación de programas como Volver al Trabajo y los operativos policiales que prohíben la venta y secuestran mercadería hicieron que las familias de las villas perdieran ingresos y entraran en un circuito de endeudamiento múltiple. Primero se recurre a billeteras virtuales; cuando esa vía se agota, se desinstala la aplicación y la deuda pasa al interior del barrio, a prestamistas y redes vinculadas al dinero que mueve el narco.

La deuda es de subsistencia; para darle de comer a los hijos y para conseguir algo que permita trabajar. Es común que alguien pida $20.000 para comprar alfajores y salir a vender al subte. En tres días tendrá que devolver $30.000. Pero si en un operativo –situación que ocurre con frecuencia, según vecinos– le secuestran la mercadería –caja de alfajores, paltas– o su herramienta –parrilla, carro–, se queda sin trabajar y conserva la deuda con el prestamista.

“Lo que se observa es un circuito en el que parte del dinero proveniente del narco, que no puede ingresar al sistema financiero formal, termina colocado en préstamos dentro del barrio. El préstamo aparece así también como una forma de mover o blanquear ese dinero”, advierte Rodrigo Karasik, presidente de la ONG Tejiendo el Barrio.

El negocio creció hasta volverse un mecanismo más de la economía de la zona, y llega a un límite cuando las familias ya no tienen qué vender. Entonces aparece un fenómeno reciente: empiezan a entregar el espacio aéreo de sus casas. En barrios populares, construir hacia arriba es la única posibilidad de crecimiento; tener otra habitación para que los hijos dejen de dormir hacinados. “Ahora, esa posibilidad está siendo cedida al prestamista vinculado con el narco”, avisa Karasik.

Los casos, la usura y la violencia

Cecilia (reservamos su identidad) tiene 52 años, vive en La Carbonilla, vende comida por encargo y coordina las entregas por Whatsapp. Su herramienta de trabajo es el celular. Uno de sus hijos, que atraviesa una situación de consumo problemático, le vendió el teléfono. Para seguir trabajando tuvo que endeudarse y comprar otro. Ya se había desinstalado todas las billeteras virtuales, así que el préstamo se lo dio una estructura vinculada al narcomenudeo, con tasas imposibles de afrontar.

Según un relevamiento de Tejiendo el Barrio, el costo anual del crédito bancario arranca en el 74% y en las billeteras virtuales llega al 1.376%. Los prestamistas barriales cobran 40% por mes: un costo efectivo anual del 5.569%. Sobre un préstamo de $100.000 a un año, en el banco más barato se devuelven $174.000. Con el prestamista de la cuadra, $5.670.000.

Al no poder devolver el dinero, Cecilia empezó a recibir presiones y amenazas. La deuda se resolvió recientemente, cuando la mujer cedió a los prestamistas la parte superior de su vivienda, un espacio que iba a ser destinado para descomprimir la situación de hacinamiento de la familia. Actualmente viven 8 personas en una sola habitación.

También está el caso de Yohana, una mujer de 40 años que vive en el Playón, una villa en Chacarita, y vende comida en la calle. Se endeudó para comprar insumos y hace unas semanas la policía la detuvo y le secuestró la mercadería. Pidió otro préstamo para pagar el anterior y volver a cocinar. Tras múltiples amenazas, entregó parte de su vivienda y su espacio aéreo.

“Se han duplicado los hechos delictivos, homicidios, intentos y tiros en las piernas por deudas de dinero”, confirmó el ministro de Seguridad bonaerense, Javier Alonso. “Cuando tenés una deuda formal, pasás a las billeteras virtuales y después a los prestamistas, entonces aparecen personas vinculadas al narcomenudeo que están prestando plata y buscan sacarles las casas a familias que pidieron un millón de pesos y en cinco meses tienen que devolver 25 millones”, advirtió. Según los últimos datos oficiales del Ministerio, los hechos se duplicaron en un año, pasando de 132 casos mensuales durante 2025 a 252 entre enero-marzo 2026.

Son los casos registrados. Hay otro universo, el de quienes eligen no denunciar. “El tema del endeudamiento es algo de lo que no se habla mucho acá, es un asunto del que se elige callar”, cuenta Manon Laugier, presidenta de la Asociación de Fomento Vecina de Villa Miraflores, en el Bajo Flores. “Se ve gente todo el tiempo yendo de un lado a otro buscando comida. Acá, en el barrio, por ejemplo, la única proteína que se consume es la alita de pollo”.

Una encuesta de agosto del Instituto Periferias a más de 5.000 personas de barrios populares de todo el país arrojó que el 60% está endeudado y que el 42,3% de ese universo pidió plata para comer. “En ese camino de desesperación cayeron en manos de usureros inescrupulosos”, dice a elDiarioAR el sociólogo Daniel Menéndez, director del instituto.

Entre los más jóvenes, el prestamista ya le gana al sistema formal. El Instituto Universitario CIAS encuestó a 964 chicos de 16 a 24 años de barrios populares del AMBA: el 57% dijo que en su hogar tomaron deuda para gastos corrientes y, de esos hogares, el 39% fue a un prestamista del barrio, el 21% a una billetera virtual y el 18% a la tarjeta.

Primero los muebles, después la casa

Juan Pablo Hudson investiga hace más de una década las mutaciones de los barrios populares de Rosario. Publicó recientemente en Crisis un informe que describe el circuito del endeudamiento. Desde comienzos del año pasado verificó que las redes narco diversificaron el negocio: además de vender droga, prestan plata y manejan juego clandestino online, los “casinitos”. “Hoy, en los barrios populares y en las villas, el narco, un ‘tranza’, es el principal prestamista para los vecinos y las vecinas”, dice.

El préstamo se pide a alguien conocido: un familiar, un vecino, un amigo. Hudson los llama “acreedores populares”. Son miles los que intermedian y decenas de miles los que deben. La mora corre por día. Si de lunes a viernes el interés es de $5.000 diarios, el sábado y el domingo pasa a $10.000. “Se paga como un plus por el fin de semana”.

Cuando la deuda supera cierto límite, deja de administrarla el conocido. Aparecen los “soldaditos”, o “cobrantes”. “Te van a buscar a tu casa, te tocan la puerta y te piden el dinero. Cuando decís que no lo tenés, te dan una cantidad de horas”, describe. Cumplido el plazo piden un bien: un electrodoméstico, un mueble. Eso se repite. “Y cuando terminaste de entregar todo lo que tenías en tu casa y la deuda continúa, directamente te piden la casa”.

La baja de programas como Volver al Trabajo empuja el circuito. Unos 900.000 titulares cobraban un monto congelado desde el inicio de la gestión de Javier Milei y este mes dejaron de recibirlo. “Si ya no tenés ni siquiera los $78.000 del plan social, necesitás quizá pedir un préstamo de $80.000 o $100.000 a un vecino para poder suplirlo”, dice Hudson.

Para él, el Gobierno juega con fuego pero cree que “está cómodo en un escenario en el que las periferias urbanas son gobernadas por los mercados ilegales”, dice, y aclara que no habla de una participación directa. Mientras la violencia quede entre prestamistas y deudores, no llega a Plaza de Mayo. “En la medida en que esto quede acotado al interior de las periferias, de los barrios populares y las villas, al Gobierno no le importa”.

LN/MG