historia de vida

Sandra Toribio, la primera médica wichi: “Me gusta caminar entre dos mundos”

Roberto Giovagnoli

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“No, nunca jugué a ser médica. Las aspiraciones de los chicos indígenas siempre se limitan a lo que ven, a sus entornos, y nosotros no jugábamos a ser profesionales porque eso nos era ajeno”.  

Sandra Toribio nunca imaginó, cuando jugaba con sus amigas de la comunidad wichí, que en diciembre de 2023 se iba a convertir en la primera médica de ese pueblo recibida en una universidad pública. Sandra insiste en que en el contexto donde crecen los niños y niñas de su comunidad, “lo usual era disfrutar de la naturaleza, correr, trepar, ir al lago”. Pero un silencio en su relato la transporta a aquella infancia que la vincula con el presente: “a lo que jugábamos a veces era a sanar, pero desde otra visión, más espiritual”. 

Quizá de niña no sabía que ese juego de sanar volvería a invadirla cuando estaba por terminar la secundaria y, por alguna razón que ella no puede determinar, la ciencia médica la convocó. 

Sandra Toribio nació hace 28 años en Ingeniero Juárez, una localidad del norte de Formosa, ubicada sobre la ruta nacional 81, que cruza prolijamente como una cicatriz toda la provincia. Por decisión propia cursó el secundario en una escuela de “gente blanca”, porque su objetivo era continuar con una carrera universitaria, pero sin saber cuál. “En quinto año pude más o menos divisar un poco que profesiones tenía para elegir. Yo no sabía que quería ser médica, simplemente sabía que quería tener una profesión, y no me importaba si era terciaria o universitaria, lo que sea, pero quería una profesión. Docente era una opción, porque era lo único más o menos que se podía ejercer en mis territorios”, le cuenta a elDiarioAR.

“Siempre me gustó estudiar –sigue Sandra- y por más que crecí en una comunidad indígena, en mi casa siempre hubo libros y música que me hicieron ver el mundo exterior, caminar entre dos mundos y conocer lo que pasaba fuera de mi cultura”. 

Tras finalizar la escuela secundaria, recorrió durante más de 8 años los 430 kilómetros que separan su pueblo natal de la capital formoseña, y los 188 kilómetros por la ruta nacional 11 hasta llegar a la ciudad de Corrientes, para cursar Medicina en la Universidad Nacional del Nordeste. “Tuve que prepararme psicológicamente porque vengo de una familia muy conservadora, con miedo a que nosotros salgamos a la sociedad. El primer año fue muy difícil porque no estaba preparada para la universidad. El ingreso me costó dos años, y me tuve que enfrentar al hecho de hablar en público durante los exámenes orales. Debo decir – agrega Sandra con orgullo – que ha sido un hito para una persona indígena recibirse de médica en una universidad pública, porque me acuerdo de que cuando comencé a estudiar muchos me decía que no iba a lograrlo. Nunca contesté esos pronósticos, y siempre pensé en intentarlo para saber cuál era mi destino. Y mi destino era ser médica recibida en una universidad pública”. 

Mi destino era ser médica recibida en una universidad pública

Sandra vuelve a subrayar la elección del lugar dónde estudiar. “Elegí una universidad pública porque pensaba que allí íbamos a ser todos iguales, y así fue. No importaba si alguien venía de una escuela humilde o de una de las mejores secundarias”. Tiene buenos recuerdos de aquel clima de estudio, aunque admite que por su forma de ser no tuvo mucha interacción con la comunidad universitaria: “soy muy callada y suelo mantener distancia con la gente, pero siempre me sentí integrada, nunca viví un episodio de discriminación. Éramos todos iguales y eso me ayudó a desenvolverme sin inconvenientes. Si bien no compartía mucho con mis compañeros, me encantaba explorar otros ámbitos, caminar entre dos mundos. Quizás fue mi curiosidad, saber qué es lo que pasaba fuera de mi cultura”. En ese sentido, rescata la naturalidad con la que convivía con el resto de los estudiantes, “yo aclaraba ¨soy wichí¨ y nada, me hacían un par de preguntas sobre de dónde era y nada más, después todo fluía con normalidad”.  

Ahora Sandra vive la transición de dejar atrás la euforia y la felicidad de haber obtenido el título, con la residencia y las extenuantes guardias de 24 horas en el Hospital Público de Corrientes. Pero tiene un objetivo claro: volver a su territorio.

Ahora Sandra vive la transición de dejar atrás la euforia y la felicidad de haber obtenido el título, con la residencia y las extenuantes guardias de 24 horas en el Hospital Público de la ciudad de Corrientes. Pero tiene un objetivo claro: volver a su territorio con su “arte para sanar” y trabajar junto a su comunidad. Su principal preocupación es el sistema de salud que, insiste, no está pensado para las comunidades originarias. “En mi pueblo las mujeres somos las que iniciamos los cambios, y mi objetivo es simple, dar los primeros pasos para modificar los paradigmas en el sistema sanitario, que está pensado y dirigido para la gente blanca. Sé que va a ser difícil porque estoy sola. Siempre cuento lo mismo, la persona indígena cuando tiene una enfermedad demora en llegar al sistema de salud, antes agota otras instancias”.  

Ese es el mensaje que Sandra no se cansa de darle a su gente. Que todos tienen el derecho a una atención sanitaria de calidad, a tiempo y preventiva. Y que ella ya tiene el don, los conocimientos y paciencia para formar a quienes continuarán con su trabajo en el futuro. 

En mi pueblo las mujeres somos las que iniciamos los cambios, y mi objetivo es simple, dar los primeros pasos para modificar los paradigmas en el sistema sanitario, que está pensado y dirigido para la gente blanca

Programa Pueblos Indígenas

Cuando Sandra cursaba el tercer año de medicina, el Programa Pueblos Indígenas fue un sostén para seguir. Fue justo en esa etapa de la carrera en la que se ha transitado buena parte del camino, pero que al mirar hacia adelante lo que queda es una cuesta demasiado empinada. Ese programa, creado en 2011, asiste a estudiantes indígenas jóvenes y adultos de la región con becas para sostener la cursada. Sandra recuerda que fue un verdadero estímulo para seguir, una mano que se apoyaba en el hombro y empujaba suavemente hacia adelante, a continuar caminando. “No había estudiantes de medicina en el programa y cuando me sumé fue de mucha ayuda. Además, sirve para apoyarnos entre nosotros, fortalecer la cultura e incentivar a continuar con los estudios. También se implementan tutorías para ayudar al ingresante con cursos y talleres de metodología de estudio. El año pasado me comprometí a ser tutora de alumnos ingresantes ya que es muy importante ayudar a transitar el cambio de la escuela secundaria al mundo universitario”. 

Gracias a ese programa, la Universidad Nacional del Nordeste se ha convertido en un faro para muchos miembros de comunidades indígenas de la región, que buscan abrirse camino en el ámbito académico. Como Sandra, muchos descubren que el Programa de Pueblos Indígenas abre puertas y despejan caminos que a veces parecen impenetrables. 

La UNNE es la primera universidad del país que tiene un plan que brinda derechos a jóvenes y adultos indígenas y materializa una reparación histórica con los pueblos originarios, tras siglos de discriminación y exclusión de la educación en todos sus niveles. El Programa funciona desde el 1 de junio de 2011 y desde esa fecha más de 500 estudiantes de las comunidades qom, wichí, moqoit, omaguaca, coya y guaraní han iniciado carreras de grado.