Animal
Le llegan olas a su mente, suaves, de las que acarician la arena y se llevan algunos granos a pasear en las aguas. Aquella playa, alguna vez marcada por la calidez de sus huellas, habita su recuerdo con nitidez. Se puede ver atravesándolas, descansando en ellas, saboreando un verano que le quema la piel y el agotamiento. De pronto, la imagen se disuelve y desaparece la calma. La orilla se fragmenta y el agua tibia da paso a una oleada distinta, furiosa. Un bocinazo, seguido de otro, irrumpen con violencia. Ahora escucha el incesante pasar de autos, entrecruzando sus caminos en los rulos de la autopista: la sensación de un insulto anidando en su garganta, el volante del vehículo sufriendo la presión de sus manos. Son memorias pasadas que forman parte de la maraña de sensaciones a las que se intenta aferrar. Es todo lo que le queda del “afuera”. Abre y cierra los ojos sin suerte. Ya no hay nada que quiera mostrarse ante él. La oscuridad es total.
El tic tac del viejo reloj que empuña en su sucia y deteriorada muñeca, es un constante recordatorio de un tiempo que pasa; o qué le pasa por encima. Dos veces al día le llega alimento. No cuenta con la posibilidad de ver qué es exactamente, así que sus manos juegan a tener dos sentidos hasta que se lleva una primera porción a la boca. Es de los pocos instantes en donde consigue meditar en algo más que en los interrogantes con los que convive. Los primeros días tomaba la bandeja que le dejaban apoyada en el suelo con un voraz enojo, lo que hacía que la comida terminara espolvoreada de tierra. La tierra no le es para nada sabrosa, y entonces aprende que para comer sin polvo debe mantener su rabia aislada de ese momento.
Cuando termina de beber el líquido, intenta, en un ritual patético, atrapar bichos con el vaso plástico. La esperanza de un ínfimo contacto le late en las sienes, pero al cabo de unos intentos, se rinde. Ni un mísero insecto parece querer compartir su destino. Imagina que fue envasado al vacío, como un corte especial vacuno. Se siente bien por un momento de no ser carne de bandeja común, de no compartir celda junto con otros, sino de hallarse sellado herméticamente. La sensación le dura poco, no más de cinco segundos. Ser un trozo de carne no es tan auspicioso.
Hay muchas horas en el día, incalculables para él, en las que no percibe ni un sonido. El tic tac del reloj por momentos enmudece ante su cerebro que, desesperado, busca nuevos estímulos. Lo alivia escuchar el ruido de una cremallera abriéndose. Sabe que es la hora de comer, o la hora en la que vienen a retirar sus desechos. Trata de aguantar lo más que puede las ganas de orinar o defecar. Detesta el aroma de lo que expulsa su cuerpo. Raro, piensa. Solía agradarle el olor a putrefacción en aquel cobertizo abandonado que le “alquiló” al monte. Era su broma interna. El pago era abono natural, todavía sano, todavía puro. Carne fresca que le ofrendaba al verde.
Tic tac. Intenta anclarse en su memoria para alejar la locura y traer de regreso la paz perdida. Sus brazos, antes robustos, su oído concentrado en el escarbar profundo y continuo de la pala que va descubriendo tierra sólida, luego húmeda. Acompañado por una respiración todavía tibia, pero que va perdiendo fuerza; una respiración retenida dentro un plástico transparente. No había conseguido bolsas negras, pero con el resultado a la vista, descubrió que así le gustaba más. Los podría ver a los ojos una última vez. Ser testigo del último aliento de cada criatura que perdía su vida en aquel abismo.
Su espalda desnuda, descansa contra uno de los costados. Se rasca para ver si todavía hay rastros de la escara que se le había formado, pero ya no la tiene. Odia que lo hayan curado. Esa pequeña herida lo mantenía ocupado. La cabeza le pide, sin cesar, algo para distraerse. Elige rememorar, por milésima ocasión quizás, la última vez que presenció la luz: era un día de calor, de esos en los que a la transpiración la quietud o el movimiento no le hacen diferencia. Él se encontraba quejándose de la humedad que le aguaba la camisa de lino. Marita ignoró la queja, o más bien intentó distraerlo de ella, pidiéndole que alzara la vista al cielo y se concentrara en el cantar de los pájaros.
Para ella era muy simple. Los colores anaranjados y rosáceos que regalaban los últimos minutos de claridad, la abstraían con facilidad del calor que se levantaba desde el suelo. Él veía la belleza a través de sus ojos; como un espejo. Si le faltaba, si veía solo a través de los propios, la vista era otra. Deshilachada, sin alma. Ahí dónde había vida, él quería ver muerte. Esto Marita nunca lo supo; que él de chico gustaba de matar eso que a ella le encantaba ver vivo, volando. Esas tardes de colores, eran para él un escenario perfecto donde asestar golpes con su honda y quebrar alas. Le placía demasiado verlos en caída libre, tomarlos, aún vivos, y desplumarlos. Después, cuando se aburría, los enterraba en pequeños pozos que cavaba en el patio trasero de su antigua casa. Ahora, verlos aletear en el horizonte no le causaba ni un escozor. Ya no importaba, ya había encontrado otras criaturas con las cuales entretenerse.
Aquel día el vestido de Marita se alzaba también en el aire y a él se le venían imágenes de las mañanas en las que caminaban las calles del pueblo en búsqueda de víveres. Las piernas de su esposa, de pantorrillas firmes, y él caminando detrás. Iban una vez al mes, a lo sumo dos y la dejaba hacer su recorrido, que incluía entretenerse más de la cuenta en el vivero de dónde siempre se traía dos o tres plantas nuevas. Ahí, en esas cuadras en las que él se salía de la ruta compartida, las calles se teñían de su atmósfera interna. Era muy fácil dejarse tentar, era un pueblo tan fecundo como ingenuo. No había maldad, pensaba. No al menos hasta su llegada.
Los gritos de Marita lo agarraron distraído. Lo último que vio fue la sangre desplazándose con prisa por el cuello de su esposa, llegando hasta la tierra, que sedienta, la bebió de un trago. La sangre del mismo rojo intenso del cardenal que lo observó antes de abanicar sus alas para abandonar aquella escena tan salvaje cómo el monte hacia dónde buscó refugio. De ahí en más no volvió a ver más nada. Sí escuchó voces, dos, quizás tres, rugiendo con fuerza, con la misma fuerza con la que le asestaron tres certeros golpes que lo dejaron listo para ser acarreado.
Cuando recuperó la consciencia, las voces se le hicieron familiares. Don Pento fue al que reconoció primero. — Al fin nos dejaron —, su carraspera característica le cortó la frase por la mitad, — atrapar al hijo de mil putas este —. La respuesta fue una risa macabra que lo llevó a aquella primera vez en el almacén del pueblo, dónde el dueño, Rafael, se burló de las zapatillas del recién llegado. Ese día, uno y otro se presentaron con miradas listas para un duelo, y de ahí en más, la desconfianza fue lo único que compartieron. Escuchó una tercera voz pidiendo que se apacigüen porque todavía quedaba un trayecto empinado y duro hasta el lugar. Es el pendejito, dedujo. El gendarme que le había revisado los papeles del auto de pie a cabeza antes de atravesar el cartel de bienvenida al pueblo. El aroma a tierra acumulada, sumado al bramido del motor cansado, le hizo suponer que iban cuesta arriba a bordo de la camioneta destartalada de Don Pento, esa en la que solía alcanzarle a Marita los pedidos de plantas o flores que a veces no tenía disponibles cuando iba al vivero.
Lo estarían internando en ese monte que era de las pocas cosas que él respetaba, aunque no por considerarse amante de la naturaleza, sino por la envidia de lo libre y salvaje que pueden ser los animales que lo habitan. Se sintió como uno de ellos, de hecho, pero uno que llevaban a un cautiverio, cazado, lastimado como había querido lastimar él a ese cardenal que no podía borrar de su memoria, que se le entremezclaba con la imagen de Marita quieta en el suelo, teñida del dorado del sol; teñida del rojo de su sangre. La mataron, se dijo. El miedo no le permitió llorar, sino preguntarse porque él seguía vivo.
Para qué él seguía vivo.
Esa siguió siendo la primera y la última pregunta de cada día.
Lleva su pecho al piso sucio, agreste. Es lo único que no está recubierto de plástico. Hay unos huecos donde ensaya cavados más profundos con los dedos hasta que le duelen. Prefiere ese dolor físico, al dolor espiritual que lo visita con frecuencia enloquecedora. Se pregunta si cavando lo suficiente saldría al mar que elige oír cada tanto. ¿Cuál mar? se responde. Si estoy en el monte, a lo sumo hallaré algún charco mugriento. Le encantaría sumergir su suciedad actual, árida, rasposa, en algún lodo hediondo. Infectarse el cuerpo para sentir la vida pidiendo auxilio. ¿Ahora qué le pide la vida? Nada, la vida le pide nada. El corazón late, su cuerpo se nutre y expulsa lo que no sirve, los pulmones se oxigenan lo suficiente a pesar del encierro.
Qué bien prepararon todo, admira. Su tacto, despierto como si hubiera nacido privado de la vista, le cuenta lo poco que tiene a su alcance. Los cuatro costados, plásticos, una especie de membrana fría y blanda, pero al mismo tiempo impenetrables. Huele a su cuerpo fundido con aire reciclado del afuera. Tic tac. De nuevo vienen los rugidos de dos o tres hombres. ¿Eran todos hombres?, duda. Han pasado incontables semanas y ya no sabe qué recuerda y qué imagina. Su cerebro se desarma. Un órgano tan vital privado de estímulos. Preferiría que ingresaran y le asestaran golpes, le diezmaran el cuerpo, lo hicieran gritar, llorar, rogar. Este estado vegetativo ficticio lo acerca a un abismo imperecedero.
¿Podría lastimarme lo suficiente? Se observa la parte interna de la muñeca en dónde su vena está cada minuto más expuesta. Podría masticarse justo allí y dejar que el flujo rojo se drene hacia afuera. Pero no lo hace. Por momentos se golpea con fuerza, causándose múltiples hematomas, pero su instinto de supervivencia, al final, siempre prevalece.
Tic, tac. Recuerda al pájaro de cresta roja punzante. Cómo los ojos de ese pequeño observan con la desconfianza de quien siente que su vida está en constante peligro. Él ya no siente, como al inicio, que su vida esté en peligro, y eso le envenena la mente. Quiere ese peligro, esa adrenalina que tantas veces experimentó al internarse en su selva interior, cuando dejaba a su Marita tranquila en la casa, rodeada de flores silvestres, de árboles con frutos, de pasto bañado en rocío, mientras él iba al encuentro de su lugar plagado de espinas, de árboles caídos y pastizales muertos. Marita, la que todas las tardes desenredaba paciente la manguera para calmar la sed de sus plantas y poder conversar con ellas. La que en sus caminatas aprovechaba para acariciar las mascotas de los vecinos. Nunca dejó que ella domesticara a otro que no fuera él. Temía compartir el lazo, y que, en contraste, se diera cuenta de quién era el verdadero animal, fiera deseosa de la inocencia ajena.
Afuera, Rafael custodia la entrada del pozo que cavaron. Es grande, profundo. Tuvieron que colocar una escalera para poder bajar con facilidad. La frondosidad del monte lo esconde con la suficiencia requerida. Se acomoda en su banqueta y mueve su farol para iluminar el interior. Lo observa sentado en un rincón. Entre el plástico lo ve desnudo con los testículos machacados y cubiertos de tierra colorada, las marcas auto infligidas que atestiguan la cobardía para acabar con su propia vida, las piernas enrolladas con las várices expuestas. Se pregunta si todavía mantendrá esa mirada obscena de predador que le había visto en cada encuentro en su almacén. Junto a Don Pento y Marcelo, días antes de ir a cazarlo, juraron no dejarlo ver nunca más ni un halo de luz, y privarlo de escuchar otra cosa que no fuera su propia voz, o el tic tac del reloj que le dejaron adherido a la muñeca para que sufra la parsimonia del paso del tiempo.
Rafael se dirige hacia la cremallera, la lámpara suspendida en su cintura. Baja el cierre con cuidado, lento. Él animal se pone en alerta, no habla. Decidió no hacerlo casi desde el primer momento. No iba a darle el gusto a sus captores de que escucharan su lamento. Él no era un pájaro, él no cantaba, él no llamaba por nadie; pertenecía a otra especie. Una más fiera, una que no buscaba la piedad que él mismo no tenía. Por primera vez escucha que los pasos se aproximan en su dirección. No tiene fuerza, lo sabe, así que solo espera un golpe bien asestado, de esos que apagan al cerebro. Es justo lo que necesita. Siente algo cercano al alivio. Sin embargo, su piel reseca es invadida por dedos porosos, que con cuidado corren el velo que lo dejaba ciego. El dolor en sus ojos es instantáneo, no puede ver, es demasiada luz ante la cantidad de días oscuros. Un gruñido se le escapa del pecho, le raspa la garganta, le abre la boca como si precisara expulsar mucho más aire del que contienen sus pulmones. Rafael se siente complacido por el indicio de sufrimiento hasta que ve aquellos ojos encendidos, depravados, que no pueden cerrarse. ¿Por qué no los cierra? Se pregunta. Sin saberlo le regaló un estímulo. La mirada que primero parecía asustada ahora vuelve a estar elevada en su perversión. No lo soporta y le clava una aguja. Duerme a la presa. Vuelve a cubrirle los ojos mientras desea con ahínco, aniquilarlo.
Se detiene cuando se le dispara la imagen del lugar donde encontraron a sus niños: en bolsas transparentes, la carne podrida y maloliente, los cuerpos verdosos, hinchados. Los gusanos arrastrándose dentro y fuera de ellos. El informe de las autopsias, revelando que los enterraba todavía vivos en aquel pozo oculto dentro de una casilla abandonada entre la maleza. Esa fue la última representación que les dejó aquel salvaje extranjero a su pueblo, a su monte, que antes sagrado, ahora maldito por siempre.
En su interior, mientras se aferra a la escalera para subir, las palabras de Don Pento, resuenan potentes: “Que viva sin motivo, sin deseo; que la muerte no sea un regalo. Que esa muerte, que se llevó a nuestros niños, no se lleve a aquel animal a su encuentro tan pronto”.