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Sobre este blog

Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link. 

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Ecos

Terminal de Retiro

Victor Gueller

28 de agosto de 2026 19:00 h

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Sentí el golpe de la mochila contra la cabeza. La anciana que acomodaba sus pertenencias sobre los asientos ni siquiera me pidió perdón. Me puse de pie y la ayudé, sólo porque sentí sobre mí los ojos inquisitivos del resto de los pasajeros. El chofer arrancó. Volví a sentarme y me apoyé contra la ventana. Un cartel despintado deseaba un buen viaje e invitaba a un pronto regreso.

—Este es el que va a Buenos Aires, ¿no? —me preguntó la mujer con voz temblorosa.

—Creo que sí.

Sentí un placer inconfesable al sembrar esa semilla de duda en mi respues

ta, una venganza justa por el golpe que había interrumpido mi descanso y por todas esas otras cosas para las que no había palabras.

—¿Va a Buenos Aires o no va a Buenos Aires?

—Sí.

—Ojalá que llegue a horario, mi nieto me va a estar esperando.

—Ojalá.

—Antes te daban una bandeja con alfajores y galletitas. Cobran fortunas y te tratan como a un perro. ¿Usted es porteño?

—No.

—¿Entonces? ¿De dónde es?

—Corral de Bustos.

—Ah, sí. Lindo pueblito.

—Todos los pueblos son más o menos iguales.

—Me llamo Irma.

No respondí. Quise creer que finalizar la conversación en ese punto podría asegurarme algo de paz durante el viaje. Por el contrario, una nueva presentación daría lugar a una charla virtualmente infinita.

. —¿Está de paseo? —contraatacó ante mi silencio.

—Vine a visitar a mi familia.

Me puse los auriculares con movimientos exagerados, entregando mi porvenir al muro de sonido infranqueable que podría generar mi playlist de los ochenta.

—Creo que lo tengo visto de algún lado… ¿usted trabajó en el cotillón de la Silvita? —preguntó la anciana tocándome el hombro y obligándome a detener la música en el mejor momento de “In the air tonight”.

—Suficiente con mi cara como para encima pintarme de payaso, ¿no le parece?

—¡La boca se le haga a un lado! Cuando alguien es lindo por dentro también es lindo por fuera, y se nota que usted es de buena madera. Por ejemplo, mi nieto es el muchacho más pintón que conocí, ¿sabe? Me va a llevar al teatro, a ver al español ese, el canta lo de los días y las noches.

—Sabina.

—No, no, el que tiene voz de fumador.

—Joaquín Sabina.

—Le digo que no es ese. Ya me voy a acordar. Es mi regalo de cumpleaños.

—Qué bien.

—No pudo venir a visitarme, así que me pidió que fuera yo para allá. Me prometió que íbamos a ir al Obelisco y a tomar el té a este lugar, Las Púrpuras, Las Lilas, algo de eso.

Irma buscó en su cartera y sacó un par de anteojos. Acercó su cara a la mía y después de unos segundos que sentí interminables aseguró que yo era muy parecido a su nieto.

—¿Está casado?

—No.

—Yo no entiendo a los jóvenes, ya nadie quiere casarse.

—Es todo un tema.

—Usted debe ser un picaflor…

—No, no soy un picaflor. Me separé hace unos meses.

—Ay, perdón, no sabía… ¿quién dejó a quién? ¿O fue de mutuo acuerdo?

—Fue un mutuo acuerdo, sí, entre mi ex y su profesor de natación.

Vi a Irma, su cara marchita, cada una de sus arrugas. La sentí lejana y a la vez familiar. Noté, también, que sus anteojos no tenían cristales.

—Ya sé que están rotos, no me mire así, por eso a veces me confundo con la gente. ¿Vive solo usted?

—Sí.

—Qué triste.

—No se crea. Uno se acostumbra.

—A mí me parece triste. ¿Qué sentiría su madre al verlo así?

Mi madre había muerto varios años atrás, pero opté por no repetir esa historia; la anciana ya debía cargar con suficiente culpa.

—Vivir solo tiene sus ventajas. Ahora puedo comer pizza en la cama mirando fútbol.

—¿Y a qué se dedica además de mirar fútbol?

—Recursos Humanos.

—¿Qué es eso?

—Lo único que me separa de vivir debajo de un puente comiendo arroz.

—¿Y por qué hace lo que hace si no es feliz? —al hacer esa pregunta Irma apretó el crucifijo que colgaba de su cuello—. Créame, cuando llegue a mi edad va a querer llevarse bien con el pasado. ¿Sabe qué me hace feliz a mí? El pastel de papas.

—El pastel de papas…

—Cuando mi nieto era chiquito me ayudaba en la cocina. Yo pelaba las papas y él las aplastaba. Después decía que había hecho la comida solo y todos lo aplaudíamos.

—Creo que la última vez que me aplaudieron fue cuando me perdí en la playa.

—Qué plato, las cosas que dice. Yo soy medio bruja, le aseguro que todo va a mejorar.

Irma me pidió permiso para dormir, dijo que la ruta la ponía nerviosa. Tomó un Alplax y apoyó la cabeza sobre mi hombro. Yo también cerré los ojos hasta que las luces de Buenos Aires nos despabilaron con su brillo. Cargué su mochila, la mía y la ayudé a bajar.

—¿Qué hora es?

—Las seis y media.

—Mi nieto debería estar acá —dijo al borde del llanto.

—Seguramente lo agarró un embotellamiento, vio cómo es la ciudad.

—¿Dónde está mi nieto? ¿Por qué no vino a recibirme? —gritó ante la mirada compasiva y disimulada de los pasajeros que esperaban sus maletas.

—¿Tiene hambre? ¿Qué le parece si vamos a desayunar algo?

Irma miró en mi dirección, pero sentí que no me estaba viendo. Sus ojos vidriosos parecían atravesarme con esa destreza filosa y cruel de la que sólo es capaz el tiempo.

—¿Puedo pedir medialunas?

—Todas las que quiera.

—A mi nieto le hacía la chocolatada y le daba facturas rellenas de crema pastelera cuando volvía de la escuela.

—Me quedaba la cara manchada y jugábamos a que era un monstruo que te perseguía por toda la casa.

—Un día de estos podríamos hacer un pastel de papas, ¿no?

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