Maurizio Lazzarato, filósofo italiano Entrevista

“La globalización contemporánea nos conduce a la guerra y a nuevas formas de fascismo”

Maurizio Lazzarato

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“La guerra en Ucrania pone en evidencia todos los límites políticos”. Maurizio Lazzarato escribió la primera frase de su último libro en marzo pasado, pocos días después del inicio de la invasión rusa. “Guerra o revolución. Por qué la paz no es una alternativa”, publicado por Tinta Limón, es el último título de una obra en la que reflexiona sobre la construcción subjetiva y social de la deuda, el capitalismo y las condiciones de la nueva economía inmaterial. Así lo hizo en sus libros “La fábrica del hombre endeudado (2013)”, “El capital odia a todo el mundo” (2019) y “Guerras y capital” (2021), en coautoría con Éric Alliez. Lazzarato formó parte del comité editorial de la revista “Multitudes”, de la que es miembro fundador, y actualmente es investigador en el Matisse/CNRS (Universidad de París I) y miembro del Colegio Internacional de Filosofía de París, donde reside. El sociólogo y filósofo italiano arribará a Buenos Aires para dar una serie de charlas. El sábado estará en “La Cazona de Flores”, en una actividad abierta al público, para conversar con Verónica Gago e Ileana Arduino. El martes participará del taller “Guerra y finanzas” en IDAES-UNSAM y un día después, en el Museo de la Memoria de Rosario, asistirá a un  encuentro con referentes de las multisectoriales por los Humedales y contra la Violencia Institucional. Luego seguirá rumbo a Santiago de Chile y Montevideo. Antes de llegar a Sudamérica, Lazzarato dijo a elDiarioAR que tras la Segunda Guerra Mundial la reconstrucción del mundo se dio a partir de un aumento de la producción capitalista, un fenómeno que hoy está marcado por la destrucción. “La crisis climática impide que el capitalismo aplique sus soluciones clásicas, porque todo lo que se produce, incluso lo más inocente, causa devastación”.

El mundo vive bajo las consecuencias de una guerra que parece aún no tener fin. Y ese conflicto bélico comenzó inclusive en un contexto de pandemia. ¿Cómo analiza esta situación a nivel global y por qué a su criterio no se avizora una salida pacífica al menos en lo inmediato?

La causa de la guerra es la nueva fractura de un orden mundial que exigen China, India y Rusia, entre otras naciones, y que Estados Unidos no puede conceder. A eso se suma que Estados Unidos también busca bloquear el eje económico que une a Europa con China a través de Rusia y Asia Central. Al mismo tiempo, las políticas neoliberales provocaron una serie de diferencias de renta y, sobre todo, de riqueza que están dividiendo a los países. Desde hace años, la extrema derecha se impone en diversas partes del mundo tras la profundización de las contradicciones de clase. Las clases propietarias se protegen históricamente con el fascismo y nuevas formas.

En su libro “Guerra o revolución” plantea que querer la paz sin abolir el capitalismo es un absurdo o una ingenuidad. El crítico y teórico literario estadounidense Fredric Jameson afirma, acaso relacionado con el calentamiento global, que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. ¿Qué actor de la humanidad o qué situación considera que puede terminar con el capitalismo con cierto éxito? ¿Observa una posibilidad cierta de que eso ocurra?

Los revolucionarios del siglo XX parecen haber olvidado que el desarrollo capitalista acaba conduciendo a la guerra. Hace un siglo la gran globalización de la época había llevado a la Gran Guerra, al fascismo y al nazismo. La globalización contemporánea, de manera diferente, nos sigue conduciendo a la guerra y a nuevas formas de fascismo. La guerra no es un accidente del capitalismo, sino un elemento estructural suyo. La posibilidad del fin del capitalismo es un problema político que no es difícil de imaginar porque lo tenemos ante nuestros ojos: la guerra no es efímera porque Estados Unidos no tiene un modelo de desarrollo mundial que proponer y China no tiene los números para sustituir a Estados Unidos. Además, la crisis climática y ecológica impide que el capitalismo aplique sus soluciones clásicas: un desarrollo económico aún más productivo porque el aumento de la producción significa una mayor destrucción del planeta. La última y más importante imposibilidad del capitalismo es la siguiente: la acumulación capitalista desde 1942, la conquista de América, se ha construido sobre la explotación del Sur. Se necesita algo más que empresas, tecnología y ciencia para producir beneficios; también se necesita mano de obra gratuita o mal pagada, materias primas, etc., que el capitalismo siempre ha tomado del gran sur. Ahora este último se niega a ser saqueado. Estas son las condiciones objetivas para el “fin” del capitalismo, pero a menos que haya fuerzas revolucionarias que persigan este objetivo, no se derrumbará por sí mismo. Puede implosionar como argumentaba Marx. La lucha de clases puede resolverse con la victoria de una clase o la implosión de todas.

¿Cuál es, a su criterio, el rol de Estados Unidos y Occidente frente al conflicto Rusia-Ucrania? Usted le adjudica errores y responsabilidades importantes desde la caída del Muro de Berlín.

Estados Unidos ha construido desde 1971 una nueva forma de imperialismo monetario y financiero que podemos llamar “imperialismo del dólar”. A través de la Reserva Federal (FED) y Wall Street ha organizado durante 50 años una depredación del mundo entero. La causa de la guerra es que esta máquina de captación de riqueza mundial ya no funciona muy bien. Con su moneda, que es a la vez medio de pago nacional e internacional, el mundo entero financia gratuitamente el inmenso déficit de Estados Unidos; es todo el planeta el que paga el gasto militar, el déficit federal, los recortes fiscales para los ricos. Han impuesto una nueva forma de colonización que también afecta a Europa y Japón. El sur global está pensando en un nuevo sistema monetario y financiero no centrado en el dólar que es muy difícil de implementar, pero incluso la idea es una declaración de guerra a los Estados Unidos. Sin este sistema de depredación mundial, su declive relativo se convierte en absoluto.

También en “Guerra y revolución” destaca que aun si llega a una instancia de paz entre Rusia y Ucrania sobrevendrá un neoliberalismo más “autoritario” respaldado por fuerzas fascistas, racistas y sexistas. ¿Observa ya algo de esta combinación en algunos países del mundo? Pienso en Trump, en Vox, en Bolsonaro, en Giorgia Meloni?

Es necesario distinguir entre capitalismo, imperialismo y neoliberalismo porque no son lo mismo. Así como el capitalismo de principios del siglo XX se deshizo del liberalismo clásico cuando estallaron sus contradicciones, el capitalismo contemporáneo se deshace del neoliberalismo para asumir lógicas bélicas y neofascistas. Durante varias décadas, el neoliberalismo fue un dispositivo de gestión de las asimetrías creadas por el imperialismo del dólar, una “gobernanza” de las diferencias de clase que se profundizaba progresivamente. Pero entre el imperialismo y el neoliberalismo hay una jerarquía y no funcionan según los mismos principios. El neoliberalismo dice que funciona según el mercado, la libre competencia, la lucha contra los monopolios y la iniciativa individual, mientras que el imperialismo, como una forma contemporánea del capitalismo, se caracteriza por el monopolio absoluto del dinero: solo la FED decide las tasas de interés. No es el mercado quien decide los precios más importantes, los del dinero, sino el equilibrio global de fuerzas impuesto por Estados Unidos. El dólar no tolera ninguna competencia: si se diera así, habría que eliminarla por la fuerza. De ese modo, el capitalismo, como poder que manda y decide, y el liberalismo, que gestiona en nombre de los antiguos pueblos, se organizan según principios radicalmente distintos. Cuando las contradicciones económicas y políticas no pueden ser resueltas se abre el escenario de la guerra. Como hace un siglo, se recurre a la extrema derecha y al fascismo en la defensa de las clases propietarias. La guerra, como el fascismo, se repite en la historia del capitalismo.

La humanidad se encuentra, afirma, ante su posible desaparición por la violencia centrada en el lanzamiento de una bomba atómica o en el calentamiento climático. Ante ambas situaciones, ¿observa una reacción global contraria a que eso ocurra? Acerca de la situación climática, se suceden advertencias acerca de un camino irreversible y, sin embargo, no se percibe la toma de decisiones en un sentido contrario.

El capitalismo no puede resolver la cuestión ambiental porque, a partir de la Primera Guerra Mundial, la producción es al mismo tiempo destrucción. La guerra total, de la cual desciende la actual entre Rusia y Ucrania, implica la movilización de toda la sociedad: no sólo el trabajo, sino también la tecnología, la ciencia, la comunicación para aumentar la producción bélica destinada a ser destruida en los conflictos bélicos. La relación de identidad entre producción y destrucción no fue abandonada después del final de las guerras totales de la primera mitad del siglo XX. La “reconstrucción” después de la Segunda Guerra Mundial ha sido definida por los ecologistas como la “gran aceleración” de la destrucción del planeta. La producción capitalista ahora está marcada por la destrucción, porque todo lo que se produce, incluso lo más inocente, en las condiciones actuales también es destrucción.

Para finalizar, ¿qué acción o decisión puede considerarse en la actualidad revolucionaria?

Movimientos políticos como el pensamiento crítico contemporáneo han eliminado los dos conceptos que estaban en el centro del debate del siglo XX: guerra y revolución. En 2016, junto a Eric Alliez, escribimos “Guerra y capital”, traducido por Tinta Limón, para intentar advertir que la guerra podía volver. Ahora la guerra llegó y nadie sabe qué posición tomar. No me hago muchas ilusiones sobre la posibilidad de una revolución, pero creo que es urgente. Si es cierto que la guerra en Ucrania es solo el comienzo, que la inestabilidad, la incertidumbre, la desglobalización permanecerán por mucho tiempo, entonces es probable que se produzcan rupturas sin que exista la capacidad teórica y política para prepararse a estas eventualidades. Michel Foucault, siempre muy ambiguo acerca de la revolución, expresó, sin embargo, una verdad cuando dijo: “”Si la política existe después del siglo XIX es porque ha habido una revolución “. Esta afirmación se olvida cuando hubiera sido muy útil recordarla para comprender el imperialismo y las técnicas auxiliares del neoliberalismo. Si bien estas dos políticas son diferentes, se relacionan con la revolución que derrotaron en los años 70 y con el fantasma de que pueda ocurrir un fenómeno revolucionario.

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