Una retrospectiva consagratoria
Leandro Erlich en el Grand Palais de Paris: La ilusión de observar críticamente la realidad que habitamos
El artista argentino Leandro Erlich presenta en el Grand Palais de París una gran retrospectiva que abarca tres décadas de creación. Con instalaciones inmersivas, ilusiones ópticas y escenarios que desafían la percepción, Erlich propone algo cada vez más infrecuente: una experiencia física, compartida y directa para preguntarnos qué es real y qué es apariencia. O que es arte y que es esparcimiento.
Después de registrar cifras récord de visitantes en Asia, América Latina y Europa, Francia alberga por primera vez en París una retrospectiva completa del artista y lo hace en este palacio emblemático de la cultura francesa y universal. En pleno centro de París, a orillas del río Sena y a metros de los Campos Elíseos. Si los afiches en la entrada sugieren un carácter consagratorio, la tapa de la revista Beaux Arts y la asistencia del público lo confirman.
Nacido en Buenos Aires en 1973, Erlich vive y trabaja entre París, Buenos Aires y Montevideo. Sus obras integran colecciones permanentes del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, The Museum of Fine Arts de Houston, la Tate Modern de Londres y el Centro Georges Pompidou de París. Y justamente es el lugar el que le aporta una dimensión especial a la retrospectiva. “Viví en París entre 2002 y 2006, años fundamentales en mi formación, y desde entonces he mantenido un vínculo constante con la ciudad. Por eso, esta exposición no representa solamente un hito profesional; también tiene algo de regreso. Volver a París, una ciudad tan significativa en mi recorrido”, cuenta Erlich. Un regreso de considerable peso simbólico: pocas instituciones en el mundo concentran tanta historia cultural como el Grand Palais.
Las 14 obras distribuidas en los dos pisos del edificio fueron ordenadas para proponer —según el propio catálogo— “una experiencia progresiva al interior y al exterior de la imaginación del artista”. La planta baja alberga algunas de sus piezas más potentes. Port of Reflections despliega una estructura metálica con embarcaciones que simulan navegar en aguas quietas. Changing Rooms sumerge al espectador en un perturbador juego de espejos. Window and Ladder suspende en el aire una ventana a la que conduce una enorme escalera metálica. El recorrido continúa con las nubes de The Cloud y las vistas casi voyeuristas de The View, una escultura de video en la que es posible observar la vida cotidiana de una docena de vecinos a través de las persianas de dos ventanas.
Elevator Maze enfrenta al visitante a varios ascensores con las puertas abiertas, donde algunos de los espejos que recubren las cabinas resultan ser, en realidad, marcos vacíos. El visitante queda atrapado en un juego de percepción y engaño que resume bien el universo de Erlich. La exposición concluye con Edificio, la instalación monumental creada originalmente en 2004 para la Noche en Blanco de París, en la que los visitantes pueden “aferrarse” virtualmente a la fachada de un edificio.
En la planta alta, el recorrido cambia de registro con una inmersión en la trayectoria creativa del artista entre 1994 y 2026 a través de 41 obras revisadas, e incluso proyectos nunca realizados, como Sablier y Lunas.
Aunque su trabajo no es político en sentido partidario, Erlich no esquiva la pregunta sobre el contenido crítico de su obra. “Muchas de mis obras nacen de preocupaciones vinculadas a la manera en que habitamos el mundo y a las estructuras sociales, culturales y ambientales que organizan nuestra vida cotidiana”, explica. “Pienso, por ejemplo, en Democracia del Símbolo, donde la punta del Obelisco de Buenos Aires era trasladada al museo para permitir que el público accediera a un espacio normalmente reservado e inaccesible. También en Maison Fond, la casa que se derrite presentada durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en París, o en Order of Importance, donde los automóviles construidos en arena forman un embotellamiento sobre la playa, aludiendo a la contradicción entre los modelos de desarrollo contemporáneos y las consecuencias ambientales que estos generan”, explica. Y agrega: “La ilusión no es solamente un recurso visual; también puede convertirse en una herramienta para observar críticamente la realidad que habitamos”.
Es precisamente esta dimensión la que subraya Fabrice Bousteau, comisario de la exposición y figura respetada del medio cultural francés, quien conoce en detalle la trayectoria de Erlich. Y para definirlo, recupera una frase del artista que anticipa, casi proféticamente, el mundo de las redes sociales: “¿Acaso se cree lo que se ve o se ve lo que se quiere creer?”
Algo que es necesario ver para creer es el lugar que ocupa hoy Erlich en la escena del arte francés, desde donde hoy se proyecta a todo el globo. Algo que la prensa especializada celebra en diferentes claves.“Lo que más me ha interesado es la diversidad de lecturas que la exposición ha generado. Algunas personas se acercan desde la experiencia sensorial, otras desde cuestiones filosóficas, arquitectónicas o incluso sociales”, señala Erlich. “Francia posee una larga tradición de reflexión sobre estos temas, y resulta enriquecedor que las obras sean abordadas desde perspectivas diferentes. Incluso cuando existen lecturas críticas o interpretaciones divergentes, eso forma parte del diálogo que el arte contemporáneo debe generar”, indica.
Pero más allá de la recepción crítica, hay una pregunta de fondo que Erlich lleva tiempo haciéndose y que esta exposición vuelve urgente. El problema no es la cantidad de imágenes que consumimos, sino lo que hacemos —o dejamos de hacer— con ellas. “Vivimos en una época en la que estamos permanentemente expuestos a imágenes. Sin embargo, ver no siempre significa observar. La velocidad con la que consumimos información ha reducido muchas veces nuestra capacidad de detenernos y experimentar las cosas con atención”. En ese diagnóstico no hay nostalgia ni rechazo tecnológico, sino una reivindicación del cuerpo como instrumento de conocimiento. El arte, para Erlich, es el espacio donde esa experiencia todavía es posible.
“En ese contexto, creo que el arte tiene un papel cada vez más importante. Muchas de las experiencias que vivimos hoy están mediadas por pantallas, algoritmos y representaciones digitales. El arte, en cambio, sigue ofreciendo la posibilidad de una experiencia física, compartida y directa. Una obra no es solamente una imagen; es una situación, un encuentro y una experiencia que ocurre en el espacio y en el tiempo”. La convicción no es abstracta y tiene consecuencias directas sobre cómo el artista concibe cada pieza y sobre lo que espera de quien la visita. Una fotografía de Swimming Pool o de Edificio puede circular por millones de pantallas, pero algo esencial ocurre solamente en el encuentro presencial. “Hay una diferencia fundamental entre ver una imagen de una obra y habitarla”, resume Erlich.
La muestra es, en definitiva, una invitación a recuperar una mirada que la aceleración contemporánea tiende a clausurar. “Si hay algo que me gustaría que el público se llevara de esta exposición es precisamente esa experiencia: la posibilidad de mirar su entorno de otra manera. No necesariamente con respuestas, sino con una mayor conciencia de que aquello que llamamos realidad es mucho más complejo, ambiguo y sorprendente de lo que solemos imaginar”.
La retrospectiva permanece abierta al público hasta el 6 de septiembre de 2026 en el Grand Palais de París.