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Enseñar distinto

Enseñar distinto

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Este libro (y esta colección)

Hace unos años vi un documental que me dejó pensando mucho. Transcurría en la ceremonia de graduación de la Universidad de Harvard, una de las más prestigiosas del mundo. Los recién graduados, y también sus profesores y profesoras, estaban vestidos para la ocasión, con sus togas y birretes. Se respiraba un aire de felicidad y orgullo por muchos años de esfuerzo y de aprendizaje.

Recuerdo que los documentalistas les hacían a todos los asistentes dos preguntas bien simples, cuyas respuestas todos conocemos en teoría desde que somos chicos: por qué en verano hace más calor que en invierno y cómo se producen las fases de la Luna. 

Las respuestas de los egresados y profesores (algunos de ellos, incluso, recibidos de carreras científicas) eran de lo más variadas. Algunas, hasta desopilantes. Sobre la diferencia de temperatura en el verano y el invierno, la mayoría explicaba que se debe a que en verano estamos más cerca del Sol, y en invierno nos alejamos. Cuando trataban de explicar por qué entonces en un mismo momento del año hay una estación diferente en cada hemisferio (por ejemplo, por qué en diciembre hace calor en el hemisferio sur y frío en el hemisferio norte) aparecían caras de desconcierto y explicaciones disparatadas.

Sobre las fases de la Luna, todos podían enumerarlas perfectamente (Luna llena, cuarto menguante, cuarto creciente y Luna nueva), pero tratar de explicar dónde estaban el Sol, la Tierra y la Luna en cada una resultaba una tarea imposible. Algunos dibujaban esquemas rarísimos, con círculos que se entrecruzaban formando caleidoscopios de lo más imaginativos que, a pesar de la creatividad, no lograban demostrar cómo era que en ciertos momentos del mes desde la Tierra veíamos la Luna como un círculo, en otros como una medialuna, y en otros no la veíamos del todo. 

En esa misma época, yo coordinaba el trabajo con las escuelas y docentes de un programa de innovación educativa que buscaba mejorar la educación científica en el país. Uno de los temas que abordábamos con los maestros era la astronomía básica, incluyendo por qué se producen las estaciones del año, por qué a veces es de día y otras es de noche, cómo se producen los eclipses, por qué hay diferentes husos horarios en distintas partes de la Tierra y cómo se generan las fases de la Luna. 

Me recuerdo preparando con los capacitadores los talleres para los maestros y teniendo que terminar de comprender nosotros mismos algo que, como los egresados de Harvard del documental, nunca habíamos entendido del todo en nuestros años de escuela y universidad. Empezamos probando con globos terráqueos, linternas, pelotas y alfileres que hacían las veces de Sol, Tierra, Luna y las personas paradas en distintos lugares de la Tierra, buscando armar modelos que nos permitieran entender –y luego ayudar a otros a entender– algo que intuitivamente parecía muy fácil y que todos teníamos la ilusión de haber entendido. Probando, pensando y discutiendo, nos fuimos dando cuenta de que habíamos repetido frases hechas por muchos años sin entender (como enunciar las fases de la Luna en orden prolijito) y que teníamos un montón de huecos en nuestra comprensión del tema. 

Tal vez no sientan que entender las fases de la Luna o las estaciones del año sea tan importante. Y puede que tengan razón. Pero creo que este ejemplo vale como botón de muestra de un fenómeno mucho más grande y relevante: ¿cuánto tiempo hemos dedicado a estudiar temas que no terminamos de entender, incluso aunque hayamos sacado buenas notas en las pruebas? ¿Cuántas veces repetimos “como loros” cosas que no nos cierran? ¿Cuánto del trabajo escolar está dedicado a lo que el matemático y filósofo Alfred North Whitehead bautizó, allá por 1900, como “conocimiento inerte”, ese que queda en el arcón de la memoria, pero que no podemos usar? 

¿Y qué podemos hacer para que eso no suceda? ¿Cómo aprovechar los muchos años en que tenemos a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en la educación formal (del jardín de infantes a la universidad) para equiparlos con la comprensión y capacidades necesarias a fin de que puedan entender y actuar sobre el mundo? ¿Cómo darles las herramientas y despertarles el deseo y la voluntad necesarios para seguir aprendiendo durante toda su vida? ¿Cómo enseñar distinto?

En estos años vengo trabajando con muchas instituciones educativas en mi país y otras partes del mundo. Entrar a cada una es meterme en un mundo apasionante, de educadores y educadoras pensando y trabajando juntos para dejarles la mejor huella posible a sus estudiantes para el futuro. He visto muchas escuelas, espacios no formales y universidades en los que se respira un clima vibrante, de trabajo duro y apasionante. En los que se puede conversar con cualquier alumno y estar seguro de que nos va a contar qué están aprendiendo, cómo y por qué, con placer y confianza. En los que los docentes y directivos se sienten orgullosos de formar parte de un proyecto más amplio, que los desafía a seguir formándose y perfeccionándose. Escuelas y universidades de las que nadie se quiere ir.

Pero también he visto muchas otras en las que pasa todo lo contrario. Instituciones en las que, por distintas razones, se respira la frustración y el desánimo. Y ronda por todos lados la sensación compartida de que poco de lo que se hace funciona, alcanza o tiene sentido. Muchas de estas razones son estructurales, y requieren que sigamos peleando por mejores condiciones para aprender y enseñar. Desde la falta de recursos, como libros, equipamiento tecnológico o mejora de las instalaciones, a la necesidad de mejores condiciones laborales para los docentes y directivos, como el tiempo remunerado para planificar y trabajar en equipo, mejores salarios y la formación permanente. 

Como suele proponer Axel Rivas, compañero de aventuras pedagógicas y gran investigador sobre la política educativa en América Latina, es preciso avanzar mediante un “efecto tenaza”: trabajando en las políticas educativas, las condiciones de trabajo de los docentes y en los cambios estructurales, sí, pero al mismo tiempo ocupándose de lo que sucede en cada una de las instituciones y las aulas y avanzando hacia una renovación pedagógica profunda, en una suerte de cambio en doble velocidad.

De eso se trata este libro. De innovar en la educación real, empezando por enseñar distinto en cada una de nuestras clases. De partir de lo que hacemos todos los días para buscar mejores maneras de enseñar que generen en nuestros estudiantes una plataforma de despegue sólida, que expanda sus horizontes y los ayude a desplegar sus alas. De mirarnos como profesionales de la enseñanza. De alimentar el movimiento de educadores y educadoras que imaginan otros modos posibles y emocionantes de enseñar y aprender.

A lo largo de los capítulos vamos a abrevar en aportes de la investigación educativa y de experiencias de instituciones educativas y docentes de todos los niveles y contextos para pensar de manera individual y colectiva, mirando nuestro propio trabajo como docentes y también en el intercambio con colegas y la construcción de una visión institucional. Desde donde estamos. Con lo que sabemos y con lo que tenemos. Buscando enseñar distinto de como enseñábamos ayer, en un camino de mejora continua. Esperando que, desde ahí, podamos ir mucho más lejos.

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