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Fobocracia

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A continuación, quiero entrar un poco más en detalle en algunos momentos del famoso episodio del Monte Sinaí de la historia del Éxodo en el Pentateuco, para caracterizarlo como la escena primitiva de la política antimezcla de los antiguos judíos. Asumo con absoluta tranquilidad que en el caso de la historia del Sinaí y en toda la construcción de la epopeya del Éxodo con sus odiseas, rebeliones y milagros se trata en gran parte de ficciones literarias en el modo de una profecía posterior, probablemente escrita entre los siglos viii y vi a. C. y revisada en el período posexílico. No puedo implicarme en especulaciones sobre la posible inclusión de restos de realidad de épocas anteriores en estas historias; por eso, en el intento presente, la cuestión sobre la identificación geográfica de la locación del Sinaí —aparentemente hay catorce hipótesis distintas sobre el tema— no tiene importancia. Además, en este contexto ya no es más preocupante el hecho de que Moisés apenas pudo traer dos lápidas, inscriptas con los dedos de Dios, desde lo alto de la montaña al campo del pueblo. El especialista de Münster en el Antiguo Testamento Erich Zenger (1939-2010) escribió los detalles necesarios con una claridad conmovedora:

Ningún evento único, empíricamente concreto y de cualquier naturaleza, se vuelve visible detrás de los relatos del Sinaí en el Libro del Éxodo: no se hizo ningún pacto histórico en el Monte Sinaí […] Dios no entregó lápidas de piedra a Moisés en el Monte Sinaí. Tampoco hubo […] ninguna elaboración del becerro de oro por el pueblo de Moisés u otros beduinos del Sinaí.

Se puede concluir que, a falta del becerro de oro, no hubo ni masacre masiva de los bailarines alrededor del becerro ni tampoco otros actos de terror motivados religiosamente, cometidos por los seguidores de Moisés contra su propio pueblo. Y, claramente, no hubo levitas que pudieran haberse distinguido en la matanza de los apóstatas. La verdadera ubicación de todos estos eventos está exclusivamente en los mismos relatos. Estos, por su parte, tienen su ubicación vital en los ritos “israelogénicos”, es decir, en los actos de sacrificio de estabilización del pueblo y las lecturas de escrituras, que tuvieron lugar entre los siglos viii y v a. C. en el contexto del culto del templo de Jerusalén. Según una reciente investigación arqueológica, el legendario templo de Salomón fue construido apenas unos doscientos años después de la muerte de Salomón, a mediados del siglo viii a. C., y actuó como el centro de culto del país hasta su destrucción por las tropas de Nabucodonosor II, alrededor del 586 a. C. Debido a que no se le pueden asignar hallazgos históricos reales a los relatos del Sinaí, el observador debe sobreestimar su significado simbólico en el juramento del pueblo con respecto a su constitución religiosa.

En este contexto llegamos finalmente a la cuestión de cómo están conectados el “monoteísmo” y la violencia. La redacción de algunos pasajes, que serán esclarecidos críticamente, mostrará por qué no tiene mucho sentido identificar el problema de la violencia principalmente como una construcción teórico-religiosa llamada “monoteísmo”, cuyo significado evasivo ya se señaló. En cambio, ahora, el análisis pondrá en primer plano la función del proyecto de singularización del pacto con sus costos psicosociales y morales. De hecho, el relato de la ruptura del pacto por parte del pueblo de Israel durante la ausencia de Moisés en la montaña de Dios, como se describe en el capítulo 32 del Libro del Éxodo, proporciona el paradigma insuperable de un acto de violencia motivado por el contrato de singularización. Su descripción contiene uno de los pasajes más terribles de todos los tiempos en la historia de la religión. Cuando Moisés, al regresar de la montaña, encuentra a la gente bailando alrededor del ídolo en medio de gritos de alegría, arroja la escultura y deja que se queme hasta convertirse en polvo. Lo que sigue siendo un tanto misterioso es la instrucción del líder religioso de esparcir el polvo del becerro destruido en el agua y obligar a los israelitas a beberlo. A esto le sigue una carnicería sin precedentes:

[26] Se puso Moisés a la puerta del campamento, y dijo: ¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. [27] Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. [28] Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres.

A menudo se ha señalado, y con razón, que el estallido de violencia allí descripto no muestra una dirección de impacto “extravertida”, ofensiva o imperial. Al contrario, se trata de un caso de “violencia dirigida hacia adentro”, casi se podría hablar de un drama autogenocida. En cuanto al número de los 3.000 muertos, no es fácil decidir si se trata de una cifra pragmática o simbólica. De todos modos, describe una violenta amputación realizada en el cuerpo del pueblo de Moisés. De hecho, la información que los levitas reunieron en torno a Moisés permite suponer que esto debe haber sido un acto de exterminio —siempre en el escenario imaginario— llevado a cabo por la minoría fiel a Moisés contra la mayoría que siguió a Aarón. El pasaje citado, de hecho, dice que el pueblo —presumiblemente se puede leer esto como todo el pueblo excepto los levitas oficiosos— participó en la fiesta de la idolatría. Es imposible evitar asombrarse al enterarse de que solo los levitas, miembros de un grupo sacerdotal, creen estar listos para cumplir el mandato divino. La objeción de que para ese entonces no pudo haber habido ningún levita no surte efecto debido al estado ficticio del relato. Entonces es tanto más significativo que, por falta de contenido histórico real, el relato del exterminio de los miembros del pueblo, temporalmente apóstatas, adquiere un carácter simbólico sobresaliente, por no decir una dimensión ejemplar. Sin embargo, la obediencia de los levitas a la instrucción mosaica significaba que podían matar sin ser asesinos. Estaban quebrantando el quinto mandamiento anunciado formalmente poco antes (Éxodo 20), pero sus acciones mortales estaban sujetas a una ley superior, una forma de ley religiosa de emergencia. Parece que los levitas que empuñaban la espada actuaban como sucesores de los verdugos sagrados de la época prehistórica, cuyas huellas sobrescritas en varios pasajes del Antiguo Testamento han sido descifradas recientemente, aunque sean hipotéticas.