La arquera de Las Leonas Perfil

Belén Succi, la “vaga” que emociona a la Argentina cada vez que se saca el casco

Sentada sobre las tablas del fondo del arco que acaba de defender, Belén Succi llora. Se agarra la cabeza, se sacude el pelo y llora con los ojos pero también con la pera, con el pecho, con los brazos tendidos al lado del cuerpo. Mete la cara -y el desconsuelo- en el pecho de la réferi que se acercó a contenerla y, enseguida, en el abrazo de cada una de sus compañeras, que le palmean la espalda, le acarician la cara, le dicen algo al oído, lloran a la par. Sentada sobre las tablas que los goles de las jugadoras de Países Bajos hicieron sonar tres veces, Succi, con su nombre escrito en la historia grande de Las Leonas, no puede parar de llorar: acaba de perder la final olímpica, acaba de ganar la medalla plateada, acaba de terminar, tal vez, su último partido en el Seleccionado al que representa hace quince años.

Para verle la cara a Belén Succi hay que agarrarla casi siempre en medio de alguna emoción. El casco que la protege de posibles bochazos o palazos resguarda no sólo su integridad física, sino también sus expresiones. Así que las formas más frecuentes de verla de verdad, libre de armadura, son cuando aprieta los dientes apenas empieza a sonar el Himno y los ojos se le ponen vidriosos a la altura de “o juremos con gloria morir”, o cuando se saca la protección y grita “vamos, la concha de la lora”, eufórica porque acaba de atajar el penal que define un campeonato, o cuando una victoria contundente -como en cuartos de final contra Alemania- o una derrota angustiante -como la de este viernes- la ponen a llorar.

Tal vez eso, lo de verle la cara cuando algo de lo que representar a la Argentina le hace sentir está bien a mano, la haya convertido en una especie de referente emocional de Las Leonas, al menos para quienes siguieron sus partidos en horarios -literalmente- japoneses. Hay terreno fértil para esas jefaturas espirituales en un país que recuerda goles, atajadas, dobles y triples, pero también recuerda la mirada de Maradona insultando a los italianos en el Estadio Olímpico de Roma, las palabras de Mascherano augurándole a Chiquito Romero que estaba a punto de convertirse en héroe, y los ojos conmovidos y conmovedores de Paula Pareto, clavados en la bandera celeste y blanco que, gracias a su judo, ocupó el lugar más alto del salón el día que se llevó el oro en Río 2016.

“Que la camiseta sangre por estos colores”, les dijo Belén a sus compañeras en la arenga previa al partido por cuartos de final de este campeonato. Inmediatamente después Las Leonas jugaron su mejor partido en Tokio. Delfina Merino, otra histórica del equipo, dijo al final del cruce con Alemania: “Belén es el 50% del equipo. Los días que ataja así -no le habían hecho ningún gol, había tapado varios disparos- es imposible ganarnos”.

Succi ocupa el arco y ningún otro puesto de la cancha “por vaga”. Así lo contó en una entrevista: cuando era chica, en sus años de formación en el Club Atlético de San Isidro, practicaba no sólo hockey, sino también handball y natación. “Hacer tanto deporte me desgastaba, me cansaba mucho, así que fui al arco por vaga, para moverme menos”, dijo en 2019 a la TV Pública. Para ese entonces ya acumulaba un bronce olímpico (el de Beijing 2008), el título mundial que el hockey de mujeres ganó en Rosario en 2010, seis Champions Trophy, cuatro reconocimientos como mejor arquera de ese certamen y una Copa Panamericana. Vaga y todo.

Ocupa el arco, también, porque cada vez que sale a la cancha tiene delante suyo un desafío que todavía la motiva: “Es divertida la presión de dejar el arco en cero”, le dijo también a la TV Pública. Pero sabe que esa custodia, eso de ser la última responsable de que el rival no consiga lo que salió a buscar a la cancha, también tiene un costo: “El trabajo del arquero es mucho más mental que físico. Pura cabeza. Vos tal vez no tocás una sola bocha en todo el partido, te hicieron un gol y no pudiste hacer nada de nada para dar vuelta eso. Hay que trabajar para que la cabeza se banque esa impotencia,  orque no que es la que nos hace llorar muchas veces cuando el partido termina”, describió Succi, que además de arquera del Seleccionado ataja en la Primera de River y da clases de Educación Física en los campos de deportes municipales de San Isidro y en una escuela privada, y que cada vez que puede pasea en longboard.

Se hizo leona a los 21 años, en un campeonato en Chile. Esa exposición desde tan joven, dijo alguna vez, pudo haber sido un desgaste: “Las arqueras generalmente llegan a atajar regularmente en la Selección a los 26 ó 27 años, esa es la edad ideal”, sostuvo. Sus años en el equipo nacional tuvieron un parate justo cuando su protagonismo en el arco ya era indiscutido: en 2012, cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos de Londres, Succi supo que estaba embarazada.

“Fue un trago difícil de pasar. Le deseo lo mejor como futura madre pero para nosotras como equipo fue duro. Goofy -así apodaban a Belén- como arquera es una bestia y la verdad es que nos dejó en un brete complicado. Entiendo que todas queremos ser madres pero esto se planea. Los deportistas se van cuidando para jugar los torneos más importantes”. Las palabras fueron de Luciana Aymar, máxima leyenda de Las Leonas, al conocerse la noticia. También dijo: “Podría haber esperado tres meses más”.

El Seleccionado volvió de la capital inglesa con la medalla plateada, Belén tuvo a su hijo Bautista -que hoy tiene ocho años y que pasea en bicicleta al lado del longboard de su mamá-, y a los quince días de parir volvió a entrenarse al gimnasio. A los cuatro meses ya entrenaba con Las Leonas y, en 2013, dijo sobre esa vuelta: “Mis compañeras me recibieron bien al volver”. En 2014, la tarde que Aymar se despidió con gloria del Seleccionado, Las Leonas ganaron el Champions Trophy después de que Succi atajara tres de cuatro penales en la definición ante Australia. El “vamos, la concha de la lora” es de ese partido.

“Brasil fue un golpe muy duro”, contó Belén después de que Las Leonas quedaran eliminadas en Cuartos de Final de Río 2016. “No sabía si seguir jugando o no. Mi hijo me vio mal durante un mes. Pero enseguida pensé: ‘Yo no me voy a retirar así. Hasta que no vea a Las Leonas de nuevo ahí arriba me va a costar irme’”.

La pandemia la encontró equipada para entrenar en casa: se había armado una especie de gimnasio durante el puerperio, y a las pesas y la cinta de correr sumó una bicicleta que le mandó el Seleccionado. “Me levantaba a las 6 de la mañana y entrenaba sin hacer ningún ruido porque mi hijo dormía”. Después tocaba acompañar a Bautista en su cursada virtual de segundo grado, y dar clases, y seguir entrenando -y darle de comer y sacar a pasear al caniche que vive con ellos dos-.

Este viernes, Las Leonas enfrentaron a Países Bajos, el rival más difícil según contestó Succi en un ping pong de esos de respuestas cortitas y al pie. Belén gritó el juramento de con gloria morir y atajó algunas bochas. Tres corners cortos -ese gran invento del hockey- de las naranjas se metieron en su arco. Argentina embocó sólo uno. Después de llorar sin consuelo, se dejó colgar la medalla de plata y sonrió con todos los dientes. El Seleccionado que representa desde hace una década y media estaba de nuevo subido al podio olímpico y ella tenía ese trofeo para llevarle a Bautista: como lo más difícil de seguir girando con Las Leonas es despedirse de él antes de cada viaje, le había prometido una medalla. “Es la medalla de la vida, por la perseverancia que tuvimos cuando entrenamos juntos en pandemia”, le dijo, delante de las cámaras de televisión.

Su armadura de intentar de que el arco quede en cero ya estaba guardada en un bolso. ¿Cuánto pesará cargarla durante tanto tiempo? ¿Cuánto alivio provocará sacarse todo eso de encima? ¿Cuánto vértigo dará pensar en no volver a ponérsela nunca?

JR