Cine

El documental póstumo del cineasta asesinado en Mariúpol conmociona en Cannes

Javier Zurro

Cannes (Francia) —

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El 19 de marzo, poco menos de un mes después de que comenzara la invasión rusa de Ucrania, el documentalista lituano Mantas Kvedaravicius y su pareja, Hanna Bilobrova, llegaron a Mariúpol para contar la situación de la gente que se había quedado atrapada bajo los incesantes bombardeos. Llegaron con suministros e intentaron llegar al teatro de la ciudad, donde decenas de personas se refugiaban de los ataques rusos. Unos días antes el teatro fue bombardeado y destruido, dejando a los ucranianos en la calle buscando un nuevo lugar donde cobijarse. Encontraron espacio en una iglesia metodista en ruinas. Fue allí donde llegaron los dos cineastas y descubrieron a casi 40 personas que sobrevivían en un acto de resistencia en medio del horror.

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Un par de semanas después, el 2 de abril, Mantas Kvedaravicius fue abatido por soldados rusos y moría en el acto. Desde aquel día, Hanna Bilobrova vagó por la ciudad derruida y todavía bombardeada para buscar el cuerpo de su pareja para sacarlo del país. Junto a él consiguió huir con las imágenes que habían grabado en aquellos días en los que convivieron en el sótano de una iglesia que se convirtió en un extraño hogar para ellos.

Las imágenes grabadas por Kvedaravicius se presentaron en el Festival de Cannes, donde la proyección de su documental Mariupolis 2 en un pase especial se convirtió en uno de los momentos más emotivos y duros de esta edición. La película se terminó de editar tres días antes del certamen y conmocionó por su retrato realista de cómo es la vida bajo las bombas. No hay en la mirada del director un retrato sensacionalista que busque los testimonios truculentos. No hay declaraciones a cámara, ni subrayados. Tampoco música para emocionar. Su cámara se convierte en un habitante más de esa iglesia.

No es un documental de guerra al uso, porque no muestra lo que todo el mundo espera: la muerte en primer plano. Lo que hace es meterte en un día a día en el que las 24 horas se pasan bajo un sonido constante y atronador: el de las bombas. Desde el primer segundo del documental es la única banda sonora. Es por el nivel del ruido por lo que se sabe si la bomba está cayendo cerca o lejos. Ese sonido constante produce un estado de irritación y miedo constante. Un estado de alerta ya que en cualquier momento puede pasar lo que ya vieron en sus vecinos y familiares.

Vemos cómo cocinan y vemos lo que normalmente no se muestra. Sin electricidad ni provisiones la supervivencia se hace cada vez más difícil. Hacen fuego al aire libre, cocinan sopa con las pocas verduras y papas que tienen y comparten todo en una solidaridad que unió a muchos desconocidos. Mientras el guiso se hace todos se ponen a cubierto. El ruido de las bombas sigue sonando.

Es un retrato cotidiano que también muestra cómo estos ucranianos en tierra de nadie se habituaron a convivir con la muerte. De vez en cuando deben salir fuera de su refugio, y ahí es donde se observan con claridad todas las consecuencias de la guerra. A los lados de las calles devastadas hay cuerpos tendidos. Da igual que Mantas Kvedaravicius no los muestre de forma explícita. Se ven. De hecho, son los muertos los que se convierten de forma involuntaria en proveedores de materias primas. Cuando la expedición sale y ve un cuerpo se acercan a ver si tenía pilas, batería o comida. Cualquier cosa vale para aguantar. Hay tumbas improvisadas en patios de lo que antes fueron casas. Casi todas tienen las flores secas, porque nadie se quedó a honrar a los fallecidos.

Hay también testimonios de la gente que se quedó atrapada en esa iglesia que resiste entre los escombros. Surgen entre conversaciones triviales, pero es en esos momentos cuando la desesperanza aparece en un hombre que vio morir a su esposa y bombardear su casa y que se niega a salir y huir porque no tiene a dónde ir. También el de quien ya soñaba con su jubilación tras 32 años trabajando y vio cómo su vivienda y todas sus pertenencias fueron asoladas por una guerra que no entiende. 

La ciudad que ellos conocían ahora es ruinas y humo. No hay ruido de coches ni de gente, solo el de las bombas que se han convertido en el único sonido que oyen. Mariupolis 2 es un testimonio en primera persona de aquellos que tampoco tienen la atención de las noticias. Un documental que termina con el rostro de su creador y recordando la fecha de su muerte. Un homenaje a todos aquellos que arriesgan su vida por contar lo que ocurre en esta guerra.

JZ

El 19 de marzo, poco menos de un mes después de que comenzara la invasión rusa de Ucrania, el documentalista lituano Mantas Kvedaravicius y su pareja, Hanna Bilobrova, llegaron a Mariúpol para contar la situación de la gente que se había quedado atrapada bajo los incesantes bombardeos. Llegaron con suministros e intentaron llegar al teatro de la ciudad, donde decenas de personas se refugiaban de los ataques rusos. Unos días antes el teatro fue bombardeado y destruido, dejando a los ucranianos en la calle buscando un nuevo lugar donde cobijarse. Encontraron espacio en una iglesia metodista en ruinas. Fue allí donde llegaron los dos cineastas y descubrieron a casi 40 personas que sobrevivían en un acto de resistencia en medio del horror.

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Un par de semanas después, el 2 de abril, Mantas Kvedaravicius fue abatido por soldados rusos y moría en el acto. Desde aquel día, Hanna Bilobrova vagó por la ciudad derruida y todavía bombardeada para buscar el cuerpo de su pareja para sacarlo del país. Junto a él consiguió huir con las imágenes que habían grabado en aquellos días en los que convivieron en el sótano de una iglesia que se convirtió en un extraño hogar para ellos.

Las imágenes grabadas por Kvedaravicius se presentaron en el Festival de Cannes, donde la proyección de su documental Mariupolis 2 en un pase especial se convirtió en uno de los momentos más emotivos y duros de esta edición. La película se terminó de editar tres días antes del certamen y conmocionó por su retrato realista de cómo es la vida bajo las bombas. No hay en la mirada del director un retrato sensacionalista que busque los testimonios truculentos. No hay declaraciones a cámara, ni subrayados. Tampoco música para emocionar. Su cámara se convierte en un habitante más de esa iglesia.

No es un documental de guerra al uso, porque no muestra lo que todo el mundo espera: la muerte en primer plano. Lo que hace es meterte en un día a día en el que las 24 horas se pasan bajo un sonido constante y atronador: el de las bombas. Desde el primer segundo del documental es la única banda sonora. Es por el nivel del ruido por lo que se sabe si la bomba está cayendo cerca o lejos. Ese sonido constante produce un estado de irritación y miedo constante. Un estado de alerta ya que en cualquier momento puede pasar lo que ya vieron en sus vecinos y familiares.

Vemos cómo cocinan y vemos lo que normalmente no se muestra. Sin electricidad ni provisiones la supervivencia se hace cada vez más difícil. Hacen fuego al aire libre, cocinan sopa con las pocas verduras y papas que tienen y comparten todo en una solidaridad que unió a muchos desconocidos. Mientras el guiso se hace todos se ponen a cubierto. El ruido de las bombas sigue sonando.

Es un retrato cotidiano que también muestra cómo estos ucranianos en tierra de nadie se habituaron a convivir con la muerte. De vez en cuando deben salir fuera de su refugio, y ahí es donde se observan con claridad todas las consecuencias de la guerra. A los lados de las calles devastadas hay cuerpos tendidos. Da igual que Mantas Kvedaravicius no los muestre de forma explícita. Se ven. De hecho, son los muertos los que se convierten de forma involuntaria en proveedores de materias primas. Cuando la expedición sale y ve un cuerpo se acercan a ver si tenía pilas, batería o comida. Cualquier cosa vale para aguantar. Hay tumbas improvisadas en patios de lo que antes fueron casas. Casi todas tienen las flores secas, porque nadie se quedó a honrar a los fallecidos.

Hay también testimonios de la gente que se quedó atrapada en esa iglesia que resiste entre los escombros. Surgen entre conversaciones triviales, pero es en esos momentos cuando la desesperanza aparece en un hombre que vio morir a su esposa y bombardear su casa y que se niega a salir y huir porque no tiene a dónde ir. También el de quien ya soñaba con su jubilación tras 32 años trabajando y vio cómo su vivienda y todas sus pertenencias fueron asoladas por una guerra que no entiende. 

La ciudad que ellos conocían ahora es ruinas y humo. No hay ruido de coches ni de gente, solo el de las bombas que se han convertido en el único sonido que oyen. Mariupolis 2 es un testimonio en primera persona de aquellos que tampoco tienen la atención de las noticias. Un documental que termina con el rostro de su creador y recordando la fecha de su muerte. Un homenaje a todos aquellos que arriesgan su vida por contar lo que ocurre en esta guerra.

JZ

El 19 de marzo, poco menos de un mes después de que comenzara la invasión rusa de Ucrania, el documentalista lituano Mantas Kvedaravicius y su pareja, Hanna Bilobrova, llegaron a Mariúpol para contar la situación de la gente que se había quedado atrapada bajo los incesantes bombardeos. Llegaron con suministros e intentaron llegar al teatro de la ciudad, donde decenas de personas se refugiaban de los ataques rusos. Unos días antes el teatro fue bombardeado y destruido, dejando a los ucranianos en la calle buscando un nuevo lugar donde cobijarse. Encontraron espacio en una iglesia metodista en ruinas. Fue allí donde llegaron los dos cineastas y descubrieron a casi 40 personas que sobrevivían en un acto de resistencia en medio del horror.

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Un par de semanas después, el 2 de abril, Mantas Kvedaravicius fue abatido por soldados rusos y moría en el acto. Desde aquel día, Hanna Bilobrova vagó por la ciudad derruida y todavía bombardeada para buscar el cuerpo de su pareja para sacarlo del país. Junto a él consiguió huir con las imágenes que habían grabado en aquellos días en los que convivieron en el sótano de una iglesia que se convirtió en un extraño hogar para ellos.