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¡Enhorabuena! Jodie Foster por partida doble en HBO: su último e imperdible film y una serie de culto

Acaso nunca sabremos con exactitud qué quieren significar los críticos –de acá y de afuera– cuando dicen con frecuencia, a favor, que la dirección de una película es “elegante” (según el diccionario: que revela gracia, distinción, buen gusto) … Pero lo que sí se puede adjetivar sin necesidad de explicaciones, es el regio tapado que lleva airosa Jodie Foster por las calles de París en el reciente estreno Vida privada, por HBO: elegantísimo. Al igual que el arreglo de la sala donde atiende a sus pacientes, donde cuadros, muebles, adornos, lámparas dan cuenta del buen gusto refinado de esta psiquiatra y psicoanalista; no faltando muy al pasar algún objeto que lleva a deducir su condición de judía.

Foster es, pues, la doctora Lilian Steiner, estadounidense afincada en París hace años, quizás desde que se casó con el oftalmólogo Gabriel Haddad (interpretado por el gran actor Daniel Auteuil) y tuvieron un hijo. Quizás, quizás, quizás. Pero no desesperemos, porque esta comedia negra, psi, policial, con un posible rejuntarse de la expareja, no se molesta en darnos explicaciones que considera superfluas para internarnos en el laberinto mental de esta madura profesional. Estructurada, distante, rígida, pedante, aparentemente muy segura en su andar por senderos que se bifurcan, se trifurcan en varios porvenires posibles, hasta llegar a determinados desenlaces que detonarán nuevos puntos de partida. De este modo, además de las influencias –confesadas– de la directora Rebecca Zlotowski (Allen, Lynch, Fellini, el film Gaslighting, etcétera), daría cierta curiosidad saber si leyó a Borges o a escritores/as afectados/as por. Como quiera que sea, el camino sinuoso de Lilian Steiner, signado por escaleras y puertas y espejos, va hacia el derrumbe de su máscara hierática; hacia el ablande, la humanización.

Llorando sin saber llorar, para hacer reír

Una paciente de Lilian Steiner ha faltado a tres sesiones por un motivo serio: se ha suicidado. La noticia desestabiliza a la doctora, que concurre al velorio donde, cuando intenta destapar una foto en un estante, una mujer la detiene: “¡Vas a despertar al Dibuk!”. O sea, el alma errante de alguien que murió y que está intentando colarse en un cuerpo humano vivo. La foto de marras –vale estar sobre aviso– es la de la tía Perla, una presencia importante más tarde en un ensueño y –posteriormente– fuera de campo. La psi es echada a los gritos de la reunión por el reciente viudo, que la acusa de haber medicado mal a la finada. Lilian parte ofendida, la cabeza en alto, no sin dejar de grabarse en la escalera formulando su diagnóstico en jerga.

Pero antes de enterarse de la muerte de Paula Cohen, Lilian Steiner se ha topado con un paciente sentado en la escalera frente a la puerta de su departamento, fuera de horario. El hombre insiste en hablar con ella, le enrostra que lo trató durante ocho años para dejar de fumar, y no logró su objetivo. En cambio, fue a una hipnoterapeuta y con apenas una sesión, chau pucho, chau encendedor. Deja algo de dinero en una caja y le dispara sarcástico: “¡Me liberé de usted!”.

La psi, que no ha parado de lagrimear desde que estuvo en el velorio, se acerca al cementerio a la hora del entierro de Paula. Gente gimoteando, claro. Alguien le pide un pañuelo, ella saca de su bolso varios paquetitos que se van repartiendo de mano en mano entre los presentes. El viudo la avista y la quiere comer cruda con los ojos. Ella se va, el gesto altivo para no variar. En el momento de la distribución de pañuelos, algo empieza a sonar a humor negro en la pantalla, ya que los paquetitos se multiplican como los famosos peces y panes del evangelio, aunque aquí se trata de una ceremonia judía y –dato al margen– quien hace de rabino es el propio padre de la directora, Michel Zlotowski.

La doctora va al consultorio de su adorable ex, que le revisa los ojos. Atento, él quiere saber la causa porque “nunca te vi llorar, te queda bien”. Y ella le responde con una frase que dijo Daniel Auteuil hace 40 años, en el film Manón de las fuentes: “No soy yo la que llora, son mis ojos”.

Descreída y todo, Lilian, con las lágrimas rodando, va a ver a la hipnoterapeuta -que también hace constelaciones familiares- que le nombró su paciente emancipado. Y antes de que la psi pueda aceptar, la induce a un sueño guiado donde ella se ve en un teatro como una joven chelista en los años 40, durante la Ocupación. Forma parte de una orquesta donde toca Paula, la paciente que se mató, y en un palco se puede ver fugazmente a la tía Perla, ya muy mayor. En la sala, hay muchos nazis, a los que les gustaba la música clásica. La cámara, de refilón, enfoca una partitura de las Canciones para Niños Difuntos (Kindertotenlieder) , de Mahler, compositor judío. Kinder, niños en alemán, es el apellido de la citada tía…

Cuando Lilian vuelve en sí, ha dejado de llorar. La terapeuta le comenta que Freud abandonó la hipnosis porque la curación resultaba muy rápida. Lilian encuentra un tanto antisemita esa observación. La mujer la frena secamente.

Bueno, hasta aquí los primeros tramos de Vie Privée (A Private Life, según HBO), la tercera película que Jodie Foster filma en Francia, país que ama y donde es muy apreciada. Solicitada por la prestigiosa directora Rebecca Zlotowiski, aprobó el guion que se convertiría en una cinta colmada de giros y piruetas que modifican una y otra vez la investigación de la estirada doctora, convencida de que su paciente Paula ha sido asesinada, y que llega hasta a revolver basura ajena. “Es lo que hago en la vida”, le dice a su paciente (por paciencia) ex.

De manera que la película te lleva y te trae, te intriga y nunca termina de despejar del todo las pistas que va sembrando como al voleo. Una puede imaginar a la directora y a sus coguionistas Anne Berest y Gaêlle Macé divirtiéndose a lo loco al escribir el libreto, plantando una laguna acá y otra más allá. Sazonando con un toque de pimienta noire y otro de screwball comedy, una sospecha de vodevil y otra de melodrama en tanto que el thriller seguía avanzando en los papeles.

Zlotowiski se da el lujo de apelar a dos cuerpos bien maduros –una, sesentañera: el otro, setentañero– irradiando erotismo en un ascensor después de emborracharse un poco. Y resultan tan creíbles que hubo un crítico francés que se refirió en su reseña a “la pareja más sexy del cine de 2025”.

No en vano los títulos se abren con Talking Heads haciendo Psychokiller (“No puedo afrontar la realidad, estoy en tensión, no puedo relajarme, ni dormir…”), y el transcurrir de esta Vida privada es acompañado por las incitantes castañuelas del compositor Rob. Para culminar con la Canción de Cuna de Brahms desde una cajita de música este festival de sobresalientes actuaciones con la bella, bellísima Jodie Foster, su rostro verdadero con líneas de vida bien ganadas, actuando genialmente y hablando francés de corrido. Salvo las maldiciones, que las suelta en inglés. De ella dice la realizadora: “No conozco otra actriz que exprese el trayecto de un pensamiento o el momento de una revelación de manera tan legible en su rostro: la cámara puede filmar su inteligencia en marcha, a gran velocidad”.

Dos heroínas investigando en serio

Los ocho científicos primero desaparecidos sin dejar rastro, luego hallados gracias a Rose, una de las mujeres sabias de Ennis, el pueblo donde sucede la acción de la serie True Detective 4 (2024, en cartel HBO), en plena noche polar, estaban entregados con alma y vida a la búsqueda del ADN de un microorganismo que podría detener el deterioro celular, en la estación TSalai. La muy misteriosa desaparición de este grupo, sorprendido en escenas de la vida corriente, según quedó grabado por las cámaras, quizás se enlace con el bárbaro crimen, hace 6 años de Annie K, joven autóctona, activista ambiental.

A cargo de la investigación, la curtida detective Danvers –impresionante Jodie Foster–, asistida por el joven Peter Prior. En su oficina se presenta la policía Evangelina Navarro, con toda la energía de Kalie Reis, que había trabajado en el caso de Annie K, que quedó sin esclarecer. Pronto, más allá de sus diferencias temperamentales y culturales, Danvers y Navarro se unen valientemente en busca de la verdad de la atroz muerte de la activista, de las actividades y el inexplicable final de los científicos.

Por si faltaba algún detalle para aquilatar la mirada de género de la excelente directora mexicana Issa López, también guionista, la primera intervención de Navarro es por un caso de violencia doméstica. Y el siguiente tiene que ver con un femicidio, la víctima previamente muy maltratada por la pareja.

Al margen de lo extraño, lo sorprendente, lo prodigioso que rondan por doquier, de las orfandades reales y las adopciones simbólicas, de sufrir por Danvers y Navarro en esa cueva laberíntica siempre al borde de algún precipicio, de momento de tragedia griega en que una persona debe elegir entre matar a su padre o dejar que este mate a la madre… Al margen de todo eso y más aún, hay que presenciar momentos de elevada emoción como el de la cremación de un ser muy querido, o ese beso tan amorosamente dado en la mano que se va a escabullir. Fantásticas siempre Navarro y Danvers dejando todo, pero todo y saliendo a los piques cuando el deber, la conciencia, la vocación las reclaman.