QUÉ VER

Poniendo la mano sobre el corazón, a los 14

El reciente estreno Corazones jóvenes, que permanece en cartel en el cine Cosmos, ha sido comparado a primera vista con films como Llámame por tu nombre (2017), de Luca Guadagnino, o Close (2022), de Lukas Dhont. Sin embargo, otro es el enfoque y otro el tratamiento que prefiere, con toda premeditación y buena fe, el realizador Anthony Schatteman: arriesgándose a que lo tilden de apelar a las convenciones hollywoodenses, opta por darle a esta historia de amor adolescente entre dos varones de 14, la oportunidad de tener sus momentos de felicidad, de ser aceptados, valorados. Y en el caso de Elías, el protagonista, de empezar por asumirse y perder así la vergüenza y el temor que tanto lo han mortificado en su etapa de crisis, de negación de su identidad profunda que ha descubierto de pronto, cuando lo alcanza una de las flechas que le asignó Cupido…

El enamoramiento es mutuo, hay que decirlo, con la diferencia de que el vecino de al lado, de la misma edad, llega de Bruselas a ese pueblito rural de Flandes y prestamente pone de manifiesto que tiene otra mentalidad exenta de prejuicios: cuando el romance aún no se ha evidenciado, a la pregunta de Elías sobre si ha estado enamorado alguna vez, Alexandre, tan fresco y sin rodeos le responde que sí, que le sucedió el año anterior con un compañero.

Ha habido quienes, desde sus reseñas, le reprocharon al director por haber idealizado la situación de Elías y Alexander, dentro de su familia y en la comunidad escolar del secundario, donde todo parece encauzarse con benevolente llaneza. Quizás estos objetores no se enteraron de que Schatteman ha narrado en su primer film una historia de fuerte tinte autobiográfico. Porque cuando aún no soñaba con hacer cine, AS vivió en un pueblito exactamente igual al que se ve en Corazones jóvenes, fue al mismo colegio que aparece en la cinta; después de sufrir a solas pensando que iba a ser rechazado, se sintió puesto en valor y comprendido inicialmente por su madre, tuvo su primer amor con una buena dosis de dicha. “Estoy muy orgulloso de mi familia”, declaraba el realizador el año pasado en una entrevista. “Quería trasmitir en un film esas diferentes emociones que atravesé. Cuando tenía 13, me hacía preguntas sobre mi identidad. Preguntas que no se planteaban ni en mi casa ni en el colegio, tampoco en los libros que leía. No entendía por qué no había ninguna ficción sobre dos chicos que se enamoraban entre sí. Y años más tarde hice la película que me habría gustado ver en esa época”.

El proyecto de Corazones… empezó a gestarse en 2020, y al hacer su propia encuesta personal consultando a padres y madres de adolescentes “me di cuenta de que, para muchos, incluso en una ciudad como Bruselas, era un tabú considerar la mínima posibilidad de que sus hijos o hijas pudiesen ser homosexuales”. Razón de más, pues, para seguir adelante con sus planes.

Con sencillez, sin efectismos, centrándose en el personaje de Elías, en la primera mitad bloqueado en un penoso silencio que solo se convierte en risas y disfrute cuando está a solas con Alexandre jugando en el agua, andando en bicicleta, o visitando con su nuevo amigo a su querido abuelo granjero. Y muy especialmente cuando viajan juntos a pasar el día en Bruselas, visitan el cabaret del tío de Alex, tan afectuoso como su mujer; y Elías asiste al ensayo de una drag queen que entona con fruición J’aime la vie, y al chico se le empieza a abrir otro mundo, el de la diversidad en el arte.

Otro hallazgo del film resulta el personaje del abuelo -que ha perdido a su amada mujer de toda la vida hace poco y la extraña “cada minuto”- capaz de advertir la inquietud de Elías, llevarlo a una pequeña vacación a Ardenas y allí, en la amplitud del verde y la montaña, lograr que el chaval se abra, todavía temeroso del qué dirán, y señalarle: “Deberías alegrarte de poder experimentar esos sentimientos”. Pero la escena culminante de emoción catártica tendrá lugar más tarde, en el coche, en el diálogo de Elías -sorprendente actuación de Lou Gossens, sin antecedentes en el oficio- con su madre que sabe confortarlo: “Cariño, no tenés nada que cambiar. No importa de quién te enamores, estamos aquí”.

Sí, probablemente ese final, que apenas es un principio, con la bandada de adolescentes en bicicleta, todos juntos ahora, tenga su cuota de romantización. Pero después de tanta película en la historia del cine donde las personas gay terminaban mal, pagaban con la desdicha o la tragedia por su condición, ¿no vale que en su cierre Corazones jóvenes les dé una oportunidad de ser felices? 

MS/MG