Entrevista

Silvia Pérez Cruz: “Me gustaría no tener que contar que compongo, arreglo y produzco mis discos”

Laura García Higueras

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Silvia Pérez Cruz acompañó en sus redes la fecha de publicación de su nuevo disco, Toda la vida, un día, con la siguiente aclaración: “Compuesto, arreglado y producido por mi persona”. El volumen, que ha visto la luz este viernes, funciona como un recorrido por la vida desde la infancia a lo que ha calificado como el 'renacimiento', una etapa más allá de la muerte, que relaciona con “los momentos en los que todo sigue pese a que pienses que se está acabando el mundo y no. Hay una ventana. Y, desde ahí, saberse reinventar”.

La cantante y artista catalana, ganadora del Premio Nacional de las Músicas Actuales 2022, reconoce a este periódico que preferiría no tener que reivindicar su implicación en todas las fases de sus proyectos. “Si no lo cuentas, se presupone que lo ha hecho un hombre”, lamenta, “me gustaría que, por lo menos, se preguntara”. Pero esto no es lo único que la artista aprovecha para poner en valor, también “la belleza de todas las edades” y de la palabra, a la que dedica uno de los temas del trabajo discográfico, Nombrar es imposible.

“Nombrar es olvidar, y hoy quiero recordar que no hay ni bien ni mal. Ni blanco ni negro. Ni arriba ni abajo. Ni lados ni costados. Ni hueco ni profundo. Ni límites ni centro. Ni género posible que toque algo del mundo”, reza su letra. Pérez Cruz despliega una vez más su personal y versátil estilo, en un disco que cuenta con colaboraciones con nombres como Natalia Lafourcade y Salvador Sobral.

Toda la vida, un día está articulado en torno a cinco movimientos: La flor, La inmensidad, Mi jardín, El peso y Renacimiento. ¿Por qué ha elegido esta estructura?

Componiendo me di cuenta de que quería que el hilo conductor del disco lo convirtiera en toda una vida entera. Eso me permitía ordenarlo en movimientos, como se hacía en la música clásica, y así explicar cada etapa: la infancia, la juventud, la madurez, la vejez y el renacimiento, porque quería que fuera circular.

Eso también se traduce a nivel musical. La infancia la he hecho más confortable sonoramente, como un abrazo, con cuerdas. En la juventud hay otras sonoridades, sintetizadores, autotune. Esa búsqueda de cuando quieres conocer cosas distintas, alejarte de lo que tú eres. La madurez tiene que ver con cuidar las personas que te hacen bien sin necesitar mucho más. Lo he expresado con dúos, con Natalia Lafourcade y Juan Quintero. La vejez me ha permitido trabajar la lentitud, el peso. Es esa edad donde uno ya tiene todo un saber y habla con el estómago. Una sensación de lentitud para cuidar lo que nos rodea. El renacimiento lo he expresado más rítmico, más alegre, con percusión y voces. Es más una declaración de intenciones, de saber reinventarse, tirar para adelante. De cada final, sale un principio.

El disco funciona como un recorrido por la vida pero, ¿es también una celebración de todas las edades?

Hay una reivindicación de la belleza de todas las edades. Vivimos un momento en el que nos fijamos mucho en la juventud, pero no solo en la juventud, sino en un momento en concreto, una juventud muy temprana. Veo a amigos míos jóvenes que se sienten mayores mucho antes de tiempo, que sienten que se les ha pasado el arroz con 26 y digo: “Algo falla”.

Por otro lado, nos estamos perdiendo a artistas de 40, 50, 60 que justamente han llegado a una madurez de discurso que es muy importante. Sobre todo porque, si todo va bien, pasaremos por ahí y necesitamos tener referentes de todas esas miradas. Me gustaría que se crearan equipos de todas las edades. Poder sumarle a la genuinidad, rapidez y brillo del joven el peso y la sabiduría del viejo. El mirar maduro. Nos estamos perdiendo muchas cosas porque estamos centrados en lo fugaz, en los espectacular, pero además con una vida muy corta que nos da una ansiedad que no es buena. Hay que cuidar todas las etapas y recuperar el ritmo de las cosas.

¿Esto es algo que ha cambiado con el tiempo? ¿Son ahora peores tiempos para los artistas más mayores?

No lo sé. Supongo que el ser humano vive mucho en su momento. Somos muy egocéntricos, estamos muy centrados en la edad que tenemos y no tenemos perspectiva. Cuando vas creciendo vas ampliando esa mirada. Me interesa mucho el peso de la vejez. Me ha inspirado y me inspira muchísimo.

Veo una desconexión muy grande. Igual a mí se me ha educado sabiendo ver la belleza de todas las edades de todas las personas, pero creo que nos atrapa mucho la juventud. Ese momento que es solo un momento. Y que se ha ido acortando. Ahora la gente joven se siente más vieja antes y eso es un problema. Lo bonito es la gente que tiene setenta y tiene una mirada de niño, que el alma está joven.

Ahora la gente joven se siente antes más vieja

Aludiendo a la letra del tema Aterrado, ¿quiénes son los “aterrados a los que asusta la inmensidad del campo”?

Todos. La letra es un poema de William Carlos Williams que me enseñó la bailarina Elena Córdoba después de contarle cómo me sentía en el confinamiento. Veía el paisaje como revolucionado, nos sentía pequeñitos y me abrumaba. Llegó la primavera y empecé a ver que las flores salían una a una. Y pensé que si a veces piensas en la inmensidad, te pierdes. El truco para ir tirando es ordenarla flor a flor.

Esto se puede trasladar a varios momentos. A veces tienes un problema que parece que no vas a poder con él y, si te fijas, en realidad son varios. Eso te permite masticarlo. Me gusta mucho cómo contaba esta historia y, además, me servía para explicar la infancia como flor, la juventud como inmensidad. Y esas flores, al igual que el arte, como amparo de belleza para ordenar ese vértigo que da la inmensidad del paisaje.

¿En el tema Ayuda se comenta que “desvelar la memoria, consuela”? ¿Se le está haciendo de menos?

La canción adapta un poema muy conocido en Argentina de Martín Fierro. La elegí porque me pareció una maravilla y, sobre todo, porque pide ayuda. Saber pedir ayuda es uno de los grandes saberes. Es tener la humildad de decir: “Necesito ayuda”. Un paso fuerte en la madurez. Sobre la memoria, sí que tenemos menos y la memoria es importante para construir encima y no repetir errores. Hay que practicarla. No para ser una melancólica y vivir en el pasado, sino para construir un presente y un futuro más amable.

Mi última canción triste reza “busco, escribo y persigo que cuiden mi corazón, mi cerebro y mi canción. Que no somos de juguete”. ¿Cuánto de cuidados o descuidados se sienten los artistas?

Ya va siendo hora de que se entienda la importancia del arte a nivel social. Es un espacio donde uno se reencuentra, recuerda lo que quiere ser, lo que no quiere ser. Es vida, es calidad de vida. Hay gente a la que no le interesa que hagamos este trabajo. Pero a nivel de salud... He ido a cantar a hospitales, geriátricos, psiquiátricos, cárceles; y la potencia que tiene la música para quitar dolor, sentirte libre, olvidarte de tu cuerpo y de tus dolores durante un tiempo tiene un valor incalculable.

El arte se entiende como un capricho, un lujo; y es algo que nos cuida profundamente. En otros países, como en Francia, lo cuidan mucho más. Me emociona que cuiden al artista entendiendo que la búsqueda que está haciendo a partir de una poesía, de otra visión, también se está reflejando. Hay memoria, deja constancia de cosas que pasan. Es salida, es fiesta. Pasan muchas cosas más allá del entretenimiento.

¿Por qué no se hace más por aprovechar el bien que hace?

No lo sé. Hay gente que lo podría contar más a nivel social, cultural, político. Hay también un dinero, una ayuda que se tiene que dar. Tanto a nivel educativo en las escuelas, como locales donde pueda ocurrir. Es algo político pero no sé donde nace. No sé si de que este país, por cómo valora el arte, lo entiende más como fiesta.

Un antropólogo haría un análisis súper interesante pero es verdad que el arte se cuida diferente en cada país. Tiene que haber alguna razón que lo explique. Por supuesto, creo que aquí se podría cuidar más. Yo me siento cuidada pero me consta que no siempre es así. La mayoría de mis amigos son artistas, y no es fácil.

Este disco es un viaje por la vida, que no acaba con la muerte, sino con Renacimiento. ¿Qué periodo es este?

No estoy hablando de nada religioso. Es algo filosófico que tiene que ver con que a veces hay momentos en los que como que todo sigue. De este final nace un principio. Desde las muertes más pequeñas dentro de una vida, de decir “se ha muerto esta parte de mí”, “esta etapa ya se ha acabado”, “esta relación se ha acabado”; que a veces piensas que se acaba el mundo y no. Aquí hay una ventana. Y desde eso, saberse reinventar, seguir.

Surgió gracias a mi hija. Cuando les expliqué a ella y a mi madre que quería ordenar el disco en una vida, les dije que había una nana que quería poner en el principio. Y me dijo: “¿Por qué no al final?”. Pensé: “¡Qué sabia!”. Si ponemos la nana al final explica mucho mejor que todo es circular igual que el ciclo del agua, que la naturaleza. Y que a pesar de que nos muramos, habrá gente que nazca y, mientras uno está vivo, seguir buscando, seguir renaciendo.

Hace unos días publicas un tuit anunciando tu disco con el siguiente mensaje: “Compuesto, arreglado y producido por mi persona”. ¿Es algo que tiene reivindicar a día de hoy?

Sí. Y no me gusta. A mí me encanta lo que hago. Me siento muy valorada como intérprete cantando. Lo agradezco y me siento muy libre. Es brutal poder hacer eso. Pero es verdad que hay todo un trabajo que en mi caso, y en el de muchas mujeres, que está ahí; y que si no lo cuentas, se presupone que lo ha hecho un hombre. Que no lo has hecho tú.

Es por eso que ahora lo cuento más, pero en realidad me gustaría no tener que hacerlo. Me gustaría que, por lo menos, se preguntara. Que no se diera por supuesto. Me da pena reivindicar porque no quiero llevarlo a un discurso así, pero hace falta. Igual todos tenemos que reflexionar y decir: “¿Por qué siempre pienso que seguramente la parte de la musa, de la inspiración y la emoción será la mujer; y el pensador y el creador será el hombre”. Puede ser al revés. Puede ser varias cosas. Abrir esa mirada y preguntar.

La canción Nombrar es imposible es en cierto modo una ola a la palabra. En el contexto actual, ¿se usa más para hundir y reñir, que para ayudar y denunciar?

Dicen que somos un país muy envidioso. Puede ser, aunque se están denunciando muchas cosas y estoy muy orgullosa de estas generaciones que me hacen pensar mucho. Este año he aprendido mucho de muchas mujeres. Noto un trabajo en cadena. Como si alguien hace algo y está resonando a ti. Es un aprendizaje colectivo que me emociona muchísimo.

Se están revisando muchas cosas. Muchísimas. Y en esos casos sí se está usando muy bien la palabra. Pero en otros se está usando de una manera muy superficial. A veces no hay respeto por la belleza de la palabra en sí artísticamente. Cada uno puede elegir pero hay una artesanía con la palabra que es bonito no perder.

VÍDEO: Nando Ochando, Irene González.