Análisis

Y después de Macron qué: el incierto futuro de Francia bajo la sombra de la ultraderecha

Amado Herrero

París —

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París, mayo de 2002, plaza de la República. Jacques Chirac eligió para su discurso de la noche electoral un espacio tradicionalmente ligado a las manifestaciones de izquierda. Un gesto simbólico para llamar a la unidad de fuerzas democráticas ante el ascenso de la extrema derecha, que en aquel año alcanzó por primera vez la segunda vuelta en unas elecciones presidenciales. “A través de una acción fuerte y decidida, a través de la solidaridad de la Nación, a través de la eficacia de los resultados, podremos luchar contra la intolerancia, reducir el extremismo y garantizar la vitalidad de nuestra democracia. Una exigencia que nos incumbe a todos y cada uno de nosotros: en los próximos años, será necesaria la vigilancia y la movilización de todos”, dijo.

Veinte años después, Emmanuel Macron se encuentra en una posición similar, aunque el contexto es más difícil. De entrada, su respaldo en las urnas (58%) fue menor que el de Chirac (82%). Una parte importante de los franceses se oponen de manera frontal a la acción del actual presidente: no solo aquellos que votaron a la extrema derecha, también los que se abstuvieron. Y Macron es consciente. “Ya no soy el candidato de un bando, sino el presidente de todos”, dijo en su discurso de la noche electoral a los pies de la Torre Eiffel. De cómo esas palabras se transformen en actos depende no solo el lugar que su presidencia ocupará en la historia, sino también el futuro político del país.

La limitación de mandatos consecutivos le impedirá presentarse en 2027 –teóricamente podría hacerlo en 2032, aunque no hay ningún precedente de una candidatura a un tercer mandato–. “La verdadera cuestión es saber si el bloque de centro sobrevivirá a Macron”, dice Olivier Guyottot, profesor e investigador en Estrategia y Ciencias políticas en el Instituto de Estudios Económicos y Comerciales Superiores (INSEEC) de Burdeos. “Hemos pasado de un sistema izquierda/derecha a uno con tres bloques: centro, extrema derecha e izquierda/extrema izquierda”.

Los nombramientos en puestos clave y las alianzas que forje durante los próximos años serán un elemento fundamental. “Después de dos primeros ministros procedentes de la derecha (Édouard Philippe y Jean Castex), parece lógico que favorezca una personalidad más progresista y con sensibilidad hacia el medio ambiente, en vista de los resultados de la primera vuelta de las elecciones y del anuncio de que el futuro primer ministro que se encargará de la planificación ecológica”, dice Guyottot.

Édouard Philippe, el mejor situado para su sucesión

Mientras Macron organiza este segundo capítulo de su presidencia, la figura de Édouard Philippe emerge como rival a batir para la sucesión del bloque de centro. Líder destacado en los sondeos de popularidad entre las figuras políticas, sus tres años como jefe de Gobierno bajo la presidencia de Macron contribuyeron a crear una imagen de rigor y firmeza. Adalid del equilibrio presupuestario y de la reducción de la deuda, fue uno de los grandes impulsores de las reformas durante el primer mandato del presidente, una imagen puesta a prueba durante la crisis de los chalecos amarillos, que hicieron de la limitación de la velocidad en las carreteras nacionales –medida especialmente defendida por Philippe– uno de los grandes objetivos de sus protestas.

Actual alcalde de la ciudad portuaria de Le Havre, en Normandía, Philippe tuvo como mentor a Alain Juppé, figura de la derecha moderada. Como él, Juppé fue primer ministro (1995-1997) en tiempo de reformas y también fue el principal favorito para ganar unas elecciones presidenciales, las de 2017 –aunque finalmente fue batido por François Fillon en las primarias–. Con un perfil moderado, pero más a la derecha que el de Macron, a Philippe le será mucho más difícil conseguir el apoyo de figuras de centro izquierda, pese a la presencia de antiguos socialistas y ecologistas en el Gobierno que presidió.

Además, la relación entre Macron y su antiguo primer ministro es un misterio. La prensa francesa habla regularmente de tensión y de cierta rivalidad, pero lo cierto es que el balance de su colaboración fue positivo para ambos. “Líder de una mayoría parlamentaria más presidencialista que nunca, Philippe aplicó el programa de Macron durante más de tres años, a pesar de proceder de una familia política diferente”, dice la profesora de comunicación de la Universidad Sorbona Isabelle Le Breton-Falézan, en un artículo publicado en La Tribune. “Sin embargo, esta actuación puede verse debilitada por dos factores: su vulnerabilidad institucional y la dificultad para asumir abiertamente sus ambiciones políticas”.

Desde que dejó el Hôtel de Matignon –residencia oficial del primer ministro–, ya colocó la primera piedra de su estrategia hacia la presidencia: la creación de un partido independiente asociado a la mayoría presidencial, que llamó Horizontes. “Fue un primer ministro extremadamente leal. Ahora sigo siendo leal, pero también soy un hombre completamente libre”, dijo hace unos meses.

La viabilidad de su proyecto depende de la implantación y de los recursos que logre Horizontes, en términos de circunscripciones, financiación y representantes. Esa es una de las razones por las que la negociación con el resto de formaciones alrededor de Renacimiento –el nuevo nombre del partido presidencial, antes llamado La República en Marcha– y los múltiples micropartidos asociados están siendo tan difíciles.

“La creación de Horizontes este otoño refuerza la delgada línea de fractura sobre la que Édouard Philippe ha estado caminando durante al menos dos años: la lealtad a Emmanuel Macron y la proyección personal hacia el futuro”, dice Le Breton-Falézan.

Otros aspirantes

El antiguo inquilino de Matignon no es el único que ambiciona un destino presidencial. Aunque la prioridad de Macron es sacar adelante sus reformas, sabe que debe jugar un papel fundamental en su sucesión.

“Es verdad que Édouard Philippe es el mejor situado, pero no es un macronista”, dice Olivier Guyottot. “Un hombre como Julien Denormandie, que es uno de los fieles desde el principio, podría corresponder más a la figura de un sucesor designado. Aunque lo cierto es que aún es muy pronto y van a pasar muchas cosas. De hecho, no creo que Macron tenga una idea clara sobre su sucesión”.

Denormandie forma parte del equipo de Macron desde su etapa como ministro de Economía de François Hollande. Es uno de los creadores de LREM, actualmente ocupa la cartera de Agricultura y su nombre suena entre los candidatos a suceder a Castex como primer ministro.

Otras figuras con ambiciones presidenciales incluyen al ministro de Economía, Bruno Le Maire. Como Édouard Philippe, viene de la derecha gaullista (si Juppé fue el mentor de Philippe, Dominique de Villepin lo fue de Le Maire) y también goza de una cierta popularidad, al ser el ejecutor de la política de ayudas públicas puesta en marcha durante la pandemia y que ha quedado inscrita en el imaginario colectivo con la frase “cueste lo que cueste” pronunciada por Macron.

También circula el nombre del veterano presidente del partido MoDem, François Bayrou, candidato centrista en tres presidenciales, que sacrificó sus ambiciones en 2017 para apoyar a Macron, y que ahora no descarta una nueva candidatura dentro de cinco años. O el polémico ministro del Interior, Gérald Darmanin. Y, aunque el nombre de la ministra de Trabajo, Élisabeth Borne, suena con insistencia para ocupar el cargo de primera ministra –es probable que Macron desvele su decisión sobre el puesto en los próximos días–, lo cierto es que ninguna mujer figura en las quinielas para suceder al actual jefe de Estado como líder de su partido.

Legado institucional

En 2017, Emmanuel Macron se convirtió en el jefe de Estado francés más joven en más de dos siglos. Con la voluntad declarada de “transformar, no de reformar”, quiso construirse una imagen de hombre providencial para un país en crisis. Pero, cinco años después, muchos franceses no piden un héroe, sino un sistema más justo que reduzca las desigualdades.

“La sucesión de crisis desde los años 70 condujo a la fractura de las sociedades, a la primacía del capital, al desmoronamiento de los servicios públicos en nombre de la eficacia”, dijo el cineasta Raoul Peck en una entrevista con el semanario Le1. “Así que buscamos explicaciones en la actualidad, acusamos al presidente de turno, o a las minorías, sin querer entender que vivimos las consecuencias de un proceso de varias décadas. Eso significa dejar vía libre a los populistas, con explicaciones simples a problemas complejos y la retórica de ellos contra nosotros”.

Macron reconoció que la reforma institucional, democrática y ecológica se impone como una necesidad. También el diálogo social. Pero después de un primer intento fallido de revisión constitucional en 2018, el presidente sabe que es una tarea compleja. De momento su primer paso ha sido la proposición de una “comisión transpartidaria” que agrupe “todas las sensibilidades de la vida política francesa”.

A partir de ahí, durante la campaña, el candidato fue avanzando “a título personal” algunas de sus ideas sobre lo que necesita el país. Por ejemplo, ha afirmado que le gustaría volver a un mandato presidencial de siete años, como era el caso hasta 2002. Es, según ha dicho, “partidario de la representación proporcional” para las elecciones legislativas, en lugar de la actual elección directa por circunscripción, con el fin de evitar las “mayorías sobrevaloradas” y garantizar una mejor representación de los ciudadanos, para que “las sensibilidades no se expresen fuera del ámbito democrático”.

Eso significaría, casi con toda seguridad, un importante aumento de la presencia de la extrema derecha en el Parlamento, frenada actualmente por el sistema de elección a doble vuelta. Podría servir para que el partido de Le Pen se siente a la mesa de negociación, pero hay más dudas sobre la capacidad de Macron de dialogar con el tercero en las presidenciales, Jean-Luc Mélenchon, que cuestionó la legitimidad del ganador, al que calificó como “el presidente peor elegido de la Quinta República”, debido a la alta tasa de abstención (28,01%). De momento el Elíseo avanza la hipótesis de una propuesta de referéndum al final de la comisión. Aunque las negociaciones, como el mandato, no han hecho más que comenzar.

AH